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'Doctor Bull', un Ford menor

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Y sigo con las películas menores de grandes filmografías de unos no menos grandes directores, míticos, y sin los que el Cine habría sido otra cosa bien distinta. A los anteriores Raoul Walsh y Henry Hathaway se suma ahora el inigualable John Ford, que aunque no lo parezca tenía películas menores, las cuales abundaban, salvo gloriosas excepciones, en los inicios de su filmografía, hasta la década de los 30, donde ya empezó a destacar sobremanera, y el resto forma parte de la leyenda.

'Doctor Bull' es uno de sus films menos conocidos, y fue realizado en 1933, justo antes de filmar la magnífica 'La Patrulla Perdida'. Su argumento gira en torno al Doctor Bull del título. Su vida en un pequeño pueblo americano donde todos se conocen, y hablan de todo: el Doctor que se ve demasiado tiempo junto a una viuda, el doctor que tiene a su cuidado a un joven inválido de las piernas, casi sin esperanzas, salvo las del propio doctor; el doctor y sus pacientes, los pacientes y su doctor, y de cómo todo está relacionado en ese pequeño pueblo.

Estamos pues ante una de esas historias sencillas que tanto le gustaban contar a Ford, y si era en su Irlanda querida mejor que mejor, aunque éste no es el caso. En ella y a través de sus distintos y múltiples personajes, vamos viendo reflejado lo cotidiano, lo de siempre, el costumbrismo reflejado en ese pequeño pueblo con su amplio abanico de vivencias. Todo ello reflejado en la figura de un hombre, amante de la vida, que se ha resignado a ser aquél al que todos piden ayuda en los momentos difíciles, y que a veces no tiene tiempo para sí mismo. Papel éste interpretado por un extraordinario Will Rogers, actor cómico de la época, enormemente famoso, y que moriría dos años después. Rogers trabajaría dos veces más con el maestro, siendo una de ellas la superior 'Judge Priest', con la que la presente película guarda algún que otro parecido.

Rogers es sin duda el mejor de todo el reparto. El actor olvida aquí sus dotes cómicas, resultando, eso sí, un personaje simpático, y sobre todo, muy entrañable. Es curioso comprobar como su inspirada interpretación choca directamente con la de Vera Allen, que hace de mujer viuda que empieza una relación con el protagonista. La actriz está bastante sosa, y no es de extrañar que ésta fuera su única interpretación en un largometraje, y que después sólo apareciera en alguna serie de televisión de los 50 ó 60. El resto de actores están todos muy convincentes, aunque sin llegar a la altura de Rogers. Eso sí, es divertido ver al eterno secundario Andy Devine haciendo de enfermo hipocondriaco, y que molesta a nuestro personaje a cualquier hora del día y la noche.

A pesar de que la película es entretenida y bastante entrañable de ver, lo cual deja una buena sensación en el cuerpo, realmente al film le falta la fuerza típica de su director en otros títulos de la misma índole. Echo de menos algún momento lírico, de esos que tan bien sabía hacer Ford en sus películas más tranquilas, por así llamarlas. Me vienen a la mente ahora mismo, el film dividido en tres historias, 'La Salidad de la Luna', o '¡Qué Verde Era mi Valle!', aunque ésa ya son palabras más que mayores.

Una correcta película, llena de ese sabor clásico y añejo que sólo ciertos films antiguos poseen, y es porque su director dejó huella en ellos, aunque en este caso pudo haber pisado un poco más fuerte, para que su huella fuese totalmente imborrable. En fin, no importa demasiado, será por películas buenas en la filmografía de Ford.

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