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'El justiciero': un divertido y gozoso puñetazo en la cara a la corrección política que reina hoy en día
Críticas

'El justiciero': un divertido y gozoso puñetazo en la cara a la corrección política que reina hoy en día

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Actividades cotidianas y, a priori, inocuas como encender la televisión o dar un paseo por los inescrutables caminos de las redes sociales, se ha convertido en los últimos tiempos en prácticas a prueba de los estómagos más resistentes. El reinado de la corrección política más ridícula, la extrema sensibilidad del ofendido y la búsqueda de la palmadita en la espalda del buenista de turno son algunos de los muchos elementos que, además de invitarnos a muchos a tomar un antiácido, nos hacen pensar en la razón que tenía Jorge Manrique al decir aquello de "cualquier tiempo pasado fue mejor".

Lamentablemente, esta tónica ha trascendido a los medios de comunicación y al ciudadano de a pie para instalarse en un mundo del cine que, olvidando en ocasiones su condición artística y probablemente afectado por la presión social del momento, ha suavizado discursos, tonos y contenidos; haciendo que gruñones nostálgicos como el que suscribe miren atrás hacia unos años 70 en los que la palabra libertad se quedaba corta a la hora de crear prácticamente sin filtros.

Para el recuerdo quedan catedrales del terror más cruento, salvaje y visceral como 'La matanza de Texas' o 'La última casa a la izquierda', gloriosas majaderías como la 'Pink Flamingos' de John Waters, criticadas obras de arte de la talla de 'Saló o los 120 días de Sodoma' o las incontables cintas que explotaron el subgénero de los vigilantes iniciado por 'Harry el sucio' y que encontró su máximo exponente en la serie iniciada con 'El justiciero de la ciudad'.

Con el remake del clásico protagonizado por Charles Bronson en 1974 —adaptación a su vez de la novela homónima de Brian Garfield—, Eli Roth y el guionista Joe Carnahan han traído de vuelta casi íntegramente el halo de controversia propio de las producciones de hace cuarenta años; y lo han hecho restándole materia gris a la autoconsciente fórmula para sustituirla con una violencia desmesurada y una ambigüedad moral deliciosamente despreciable en un imperfecto entretenimiento que no se sonroja al ostentar su etiqueta de serie B.

El Justiciero2

Readaptándola a los cánones actuales, la premisa de 'El justiciero' no difiere en exceso de la original, manteniendo los puntos clave y aportando ligeras novedades, como la nada casual variación de la profesión del protagonista, que pasa de ser arquitecto a doctor. Un detalle que la dupla Roth-Carnahan explota como uno de los muchos recursos, tan chabacanos como hilarantes —y nada sutiles— para intentar dar algo de profundidad y solidez a las abominables tesis de la película.

Los niveles de absurdo y delirio ultraconservador que rezuma el filme mientras explora los claroscuros éticos del vigilantismo, ideales para dar forma al sueño húmedo por excelencia del macho alfa yanqui afiliado a la Asociación Nacional del Rifle y orgulloso portador de una gorra con el lema "Make America Great Again", rozan tales límites que, por momentos, hacen dudar acerca de la —creo y espero— desmadrada voluntad satírica del largometraje.

El Justiciero

Por supuesto, entre todas estas soflamas, y dejando de lado la deficiente gestión del suspense de un guión enérgico, pero algo inconsistente a la hora de dar resoluciones convincentes a sus giros y secuencias, el principal reclamo de 'El justiciero' radica en el festival de plomo, sangre, vísceras y macarradas varias capitaneado por un Bruce Willis sexagenario completamente entregado a la causa —y de qué manera—.

Puede que 'El justiciero' no sea, cinematográficamente hablando, una película sobresaliente —ni tan siquiera notable—; su amasijo de clichés, las carencias de su libreto y una dirección un tanto vaga de Roth —a la sombra de un Carnahan, que aporta con su texto prácticamente todo el alma al conjunto— la alejan mucho de ello. No obstante, su importancia va mucho más allá, encontrándose condensada en su capacidad para divertir y arrancar aplausos entre el respetable, y en el necesario revulsivo al vomitivo buenismo que, salvo honrosas excepciones, nos bombardea cada vez con más frecuencia.

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