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'El último samurái', el paraíso que nunca existió

'El último samurái', el paraíso que nunca existió
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“Por quinientos pavos al mes mataré a quien usted quiera. Pero tenga una cosa muy presente: a usted le mataría gratis”.

-Nathan Algren (Tom Cruise)

Que a Tom Cruise sólo le falta el Oscar (preferiblemente, el de mejor actor en papel principal) para descansar tranquilo, es algo que todos sabemos desde hace unos cuantos años. Concretamente desde ‘Jerry Maguire’ (Cameron Crowe, 1996), floja peliculita en la que lo más destacable era una maravillosa Renée Zellweger y en la que Cruise se pasaba de rosca ostensiblemente, pidiendo a gritos el premio. Y que no le va a ser fácil conseguirlo con su trayectoria actual, es algo que también sospechamos todos. Lo más cerca que estuvo de conseguirlo, me parece, fue gracias a su memorable papel de ‘Magnolia’ (Paul Thomas Anderson, 1999), aunque como actor de reparto (todos eran “de reparto” en esa magistral historia coral). Desgraciadamente para él, el gran Michael Caine de ‘Las normas de la casa de la sidra’ (Lasse Hallström, 1999) se lo arrebató, y aunque probablemente con uno de reparto no se habría conformado, tendrá que seguir “fabricándose” sus oportunidades.

Uno de sus intentos más descarados, esforzados y me parece a mí que más desaprovechados, es el de ‘El último samurái’ (Edward Zwick, 2003), en la que da vida a un capitán del ejército de Estados Unidos que en 1876 ha de viajar a Japón por motivos económicos, y cuyo encuentro con ese lejano y extraño país le cambiará la vida, enamorándose de una cultura y unas costumbres en un principio completamente desconocidas y sorprendentes para él. Y cuando digo desaprovechados, es para que el lector no crea que voy a machacar esta película de forma salvaje, pues en realidad mi intención es explicar de qué forma muchos de los elementos presentes en la historia e incluso en la puesta en escena, no acaban de ser explotados al máximo. Lo que es una verdadera lástima, porque sobre el papel el proyecto tenía muchas posibilidades que acaban quedándose en un filme digno, pero convencional y sin garra.

Tampoco es que el director Edward Zwick (Chicago, 1952) sea un gran artesano. Se queda en correcto mercenario y poco más. Desde luego, los hay que lo hacen peor que él, pero también es cierto que su cine termina revelándose impersonal y sin gran interés. Ni ‘Glory’ (1989), ni desde luego ‘Leyendas de pasión’ (1994), ni mucho menos ‘Blood Diamond’ (2006), son películas de un director de fuste. Conoce el medio, maneja bien los resortes, los aplica con un cierto oficio, y poco más. En este caso filma con algo más de pasión, en momentos muy puntuales que comentaré un poco más abajo, y su intención es clara: homenajear un cierto cine de aventuras que encuentra en la colosal figura de Akira Kurosawa su referente más directo. Pero una vez más fracasa a la hora de identificarse, y de lograr que nos identifiquemos, con su personaje protagonista, cuyo punto de vista es central en todo el relato. Un personaje protagonista realmente muy interesante en sí mismo, pero cuya peripecia vital en esta película no acaba de emocionarnos.

Un atormentado asesino, asesinado por trucos de guión

Porque, ¿para qué nos cuentan el terrible pasado de carnicero de Nathan Algren al servicio del estado? ¿Para qué hacen referencia a la masacre de nativos americanos perpetrada por el ejército de Estados Unidos? Evidentemente, para establecer un paralelismo entre esa cultura y la japonesa, pero está contado tan de pasada, con tanta desgana, que queda en mera anécdota. Así mismo, uno de los mejores momentos en la película es cuando Cruise manifiesta su admiración por esa cultura ancestral sometida a genocidio. ¿De qué sirve, si la escena está contemplada como explicativa, cuando en realidad es la razón por la que Algren se interesa por las costumbres japonesas? Este importante condicionante emocional es tratado como un simple truco de guión y, al menos para mí, es el núcleo del drama, el motivo del despertar de Algren, su esperanza de redención. Es como si Cruise, y su personaje, pidieran a gritos otra película, más metraje, otra concepción de la historia.

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Esta película demuestra que no es tan sencillo vincular emocionalmente lo épico con lo anímico, tal como algunas obras maestras puedan aparentar. Zwick procura, con bastante mala fortuna y con caídas enormes de ritmo, regalarnos una lujosa reconstrucción de una convulsa época en Japón mientras nos narra las vicisitudes de varios personajes, y le fallan las fuerzas. Zambullirse en Japón en medio de la crucial Rebelión Satsuma, que se opuso de manera frontal y sangrienta a la era Meiji, porque consideraban que los inminentes cambios culturales y tecnológicos destruirían el país, es un tema muy resbaladizo, moral, social y narrativamente, y Zwick no es ningún Coppola. Salva la película con dignidad, pero además termina cayendo en un error de bulto, consistente en idealizar las costumbres ancestrales japonesas como si la época feudal hubiera sido un paraíso de perfección inmaculada. Error en el que jamás se dejó atrapar Kurosawa, que mientras ensalzaba ciertos valores (los más positivos) era capaz de criticar otros (los más violentos, machistas y opresores) sin perder coherencia.

En esencia, que no basta con querer, a veces no se puede imitar a los grandes. Eso sí, Zwick se rodea de gente realmente brillante. Empezando por el operador John Toll, uno de los pocos en ganar dos Oscar consecutivos, y que aquí firma un buen trabajo. Siguiendo por Hans Zimmer, que ofrece una música espectacular y llena de emoción. Y terminando por el excelente diseño de producción de Christopher Burian-Mohr, Jess Gonchor, Kim Sinclair y Gretchen Rau, que realmente crearon en Nueva Zelanda y en algunas localizaciones de Japón un pasado crepuscular lleno de detalles y muy elaborado. Todos ellos dan lo mejor de sí mismos, al igual que el reparto japonés, liderado por el siempre imponente Ken Watanabe, y con los grandes Hiroyuki Sanada, Shin Koyamada o Masashi Odate. Sin embargo este grupo de actores apenas tiene nada con lo que trabajar, porque el relato está demasiado al servicio del personaje de Tom Cruise, y ni siquiera con él se llega a ninguna parte.

Conclusión: algunas buenas escenas

Mi secuencia favorita creo que es formidable: la paliza que recibe Algren nada más llegar al bucólico pueblo japonés. Habiendo caído prisionero, algunos de los hombres, con el feroz Ujio (Sanada) a la cabeza, le demuestran lo patético y vulnerable que es frente a ellos, aún armándose con un bokken (un sable hecho de madera). Una y otra vez, es derribado, y una y otra vez se levanta, con una fuerza de voluntad que raya en lo suicida. No se puede decir más de un personaje sin utilizar palabras, ni diálogos explicativos. Existen otras buenas secuencias como la del diálogo (reproducido en parte arriba del todo) entre Algren y su empleador, o cuando entra en el hogar japonés sin quitarse las botas y poniendo el suelo perdido de barro. Por ahí andaba una película que podía haber sido, quizá, formidable, y que se queda en una irregular aventura, demasiado idealizada y previsible.

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