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'Infiltrados en la universidad', autoconciencia y final

'Infiltrados en la universidad', autoconciencia y final
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Schmidt (Jonah Hill) y Jenko (Channing Tatum) retoman en 'Infiltrados en la Universidad' ('22 Jump Street') los alter egos de Doug y Brad Quaid para resolver un caso de tráfico de estupefacientes que parece exactamente idéntico al que les unió por vez primera... con una excepción. Esta vez parece que el escenario escogido ha sido la universidad y no el instituto.

Secuela de la exitosa 'Infiltrados en clase' (21 Jump Street, 2012), lo que aquí tenemos es una auténtica y genuina muestra de cine auto-consciente. Es decir, una secuela que se sabe innecesaria, excesiva y del todo exagerada, pero a pesar de todo consigue cumplir con todas las expectativas e incluso, en un gesto de honestidad insólita, ser honesta con su calidad.

En muchos aspectos, esta película es el equivalente a 'La Jungla 2: Alerta Roja' (Die Hard 2: Die Harder, 1990) en la que Renny Harlin era el encargado de suplir el mínimo cambio de escenarios por una mayor espectacularidad y un gran sentido de la escala. Estilísticamente, Phil Lord y Chris Miller están menos inspirados que en sus aventuras animadas, eso es completamente obvio y cierto, pero también es verdad que el libreto, a partir de una historia de Michael Bacall y Jonah Hill pone pocas ventajas en el estilo, seguramente porque sus bromas son esencialmente verbales.

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El espectáculo lo aderezan Ice Cube y Wyatt Russell, ambos en roles tremendamente arquetípicos pero entendiendo muy bien cual debe ser la dinámica que pide el espectáculo. Pero siendo positivos, la película ofrece cosas que resultan un tanto sorprendentes respecto a su versión anterior.

Para empezar, la química entre Channing Tatum y Jonah Hill no es que sea la sorpresa sino que se revela como el gran ingrediente con el que concebir la comedia. Atrás quedan los toques impostados, las damiselas en peligro, todas las mujeres aquí tienen fuerza o son inteligentes, no necesitan a los hombres. Las exigencias del subgénero ya no interesan a sus dos protagonistas y todo lo que queda es una magnífica comedia acerca del poder del bromance.

El Bromance (o Romance entre Colegas) es la fuente de algunos de los mejores gags de la película, aunque no de los más recordables. Para mi, son las deliciosas texturas ultra-conscientes, que van desde diálogos mentando al presupuesto hasta avalanchas de surrealismo (¡something cool!) en plenas secuencias de acción. O una apropiación indebida, brillante e inesperada de 'Annie Hall' (id, 1977). O unos títulos de crédito finales absolutamente auto-conscientes, en los que los actores reescriben, paródicamente, el universo de secuelas, sustituciones, derivas de merchandising, posibilidades interactivas que tiene la saga.

Hasta el agotamiento. Y termina. Sería realmente cínico que alguno de esos escenarios sucediera. Porque la película lo que en última instancia no pretende es disimular. Fingirse necesaria. Cambiar de estilo. La película se sabotea a si misma y se dedica a ofrecer la mayor parte de hilaridad sin mecanicismos, llevando al límite sus escasos márgenes de libertad. Y coincido con Mikel en su juicio laudatorio.

Hay algo extrañamente honrado en esta secuela y merece la pena comprobarlo.

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