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'Intruders', cinehueco

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Cierra los ojos, cuenta hasta cinco, y verás que ha desaparecido.

Cuatro años han tenido que pasar para ver un nuevo largometraje del tinerfeño Juan Carlos Fresnadillo, un cineasta que parece que se toma las cosas con mucha calma, después de darse a conocer con el cortometraje ‘Esposados’ en 1996 (nominado al Oscar) solo ha filmado tres películas, y ninguna redonda, un bagaje algo pobre para el que es considerado como uno de los mayores talentos de nuestro país. Su último trabajo es un relato que mezcla terror y drama familiar titulado ‘Intruders’, en nuestras carteleras desde este fin de semana después de ser presentado en los festivales de San Sebastián, Toronto y Sitges. En los tres hizo ruido (por los actores, sobre todo Clive Owen) pero en ninguno entusiasmó, y no es de extrañar.

Gracias al intenso entretenimiento que supuso la sorprendente ’28 semanas después’ (‘28 Weeks Later’, 2007), había muchas esperanzas puestas en el nuevo trabajo de Fresnadillo, convertido en uno de esos pocos cineastas españoles (junto a Alejandro Amenábar, Nacho Vigalondo o Rodrigo Cortés) que genera tanto interés como renombrados directores de la potente industria norteamericana (al menos entre los que sentimos pasión por el cine). Quizá por eso en las reacciones que está provocando ‘Intruders’ hay mucha decepción y, aun así, un intento por proteger al realizador tinerfeño, como si los méritos de la película fuesen suyos y los defectos irremediables o culpa de otros. Por mi parte, lo que he visto es una película fallida, una idea interesante que no se ha sabido desarrollar. ¿Con esto quiero decir que debemos olvidarnos de Fresnadillo? Ni mucho menos. Simplemente, su tercer película es un tropiezo. A ver si hay más suerte con la cuarta, más que nada porque odio aburrirme en una sala de cine.

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Nicolás Casariego y Jaime Marques firman el guion de la película, que narra dos historias de forma paralela, una que sucede en Madrid y otra en Londres. Por un lado tenemos a Juan (Izán Corchero), un niño de 7 años que cada noche imagina que un terrorífico intruso, al que llama Carahueca, entra en su habitación para llevárselo; su madre, Luisa (Pilar López de Ayala), está desesperada y recurre al padre Antonio (Daniel Brühl) para intentar resolver el problema del pequeño Juan. Por otra parte, la adolescente Mia… Farrow (Ella Purnell) descubre un viejo cuento que también habla de Carahueca, un monstruo obsesionado con robar un rostro, y desde entonces empieza a verlo cada vez que se mete en la cama, escondido en su armario a la espera de que se apaguen las luces. Sus padres, John (Owen) y Sue (Carice van Houten), intentan calmarla y explicarle que solo está teniendo pesadillas. Pero una noche, después de presenciar un accidente laboral, John también empieza a ver a Carahueca…

El problema es que no hay más. Es un cúmulo de secuencias construidas en torno a la repetitiva aparición de Carahueca, construidas más o menos de la misma manera: no pasa nada que solo son pesadillas, todos a dormir, está cayendo agua del techo, ahí está el monstruo, el niño/a se asusta mucho, el monstruo se acerca más, empiezan los gritos, viene el madre o la padre, todo vuelve a la normalidad. Y así una y otra vez. Son dos historias muy simples y similares que se estiran demasiado, hasta que pierden interés. La película, que a veces parece un sucedáneo de la marca Shyamalan, no hace más que dar vueltas sobre las mismas situaciones, reincidir en los mismos elementos, repetir las mismas escenas (¿cuántas veces se repite el plano de la madre o el padre despertándose por los gritos?), tratando infructuosamente de mantener el suspense hasta que, al final, deciden revelarlo todo y completar el puzle.

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En todas las historias que cobran sentido tras un giro final, hay que tener mucho cuidado evitando que el espectador se adelante a la resolución, ya sea ocultando información de manera coherente o desviando la atención de lo fundamental introduciendo elementos de distracción, mientras se van deslizando pistas sutiles, que además de aportar sentido al desenlace, haciéndolo tan asombroso como lógico, animan a repasar la película, a volver de nuevo con otra perspectiva. Lo que no se debe hacer es engañar burdamente al público con el único propósito de impactarle en los minutos finales, como pasa en ‘Intruders’, jugando de manera caprichosa con lo que son y lo que saben los personajes (en momentos determinados se vuelven contradictorios y olvidadizos) o recurriendo a trampas visuales que pierden sentido cuando se descubre la verdad (situarnos en un lugar donde se supone que hay alguien escondido, mirando, cuando realmente no hay nadie), porque la única respuesta a eso es el rechazo.

Para colmo, ya desvelado el nexo de unión de las dos tramas (se adivina rápidamente si uno se lo propone), y quedan completamente al descubierto los engaños y las incoherencias, nos calzan una explicación con la que se repite prácticamente una secuencia entera que no hacía falta volver a ver, y luego nos subrayan la explicación con diálogos, para rematar la faena con una escena-epílogo que es un absoluto disparate (punto de vista aleatorio, visualmente mediocre, emocionalmente absurda). Dicho esto, hay que ser justo y reconocer que Fresnadillo compone algunas escenas muy potentes (Carahueca colándose por la ventana), a veces arruinadas por los pobres efectos visuales, que el trabajo fotográfico y musical es impecable, y que los actores cumplen en general; destacan las interpretaciones de los chavales, mientras que Brühl patina con un personaje que no parece necesario (en especial después del magnífico cameo de Héctor Alterio). Las buenas ideas y los momentos inspirados no salvan el conjunto, pero lo hacen más llevadero, y quizá eso baste para el espectador menos exigente.

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