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'Killers', asesinos del cine

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Los primeros referentes que me han venido a la memoria después de ver ‘Killers’ (id, 2010, Robert Luketic) han sido ‘Charada’ (‘Charade’, 1963, Stanley Donen) y ‘Mentiras arriesgadas’ (‘True Lies’, 1994, James Cameron). De acuerdo que sobre la primera el presente film planea un poco al principio; es más bien una miniversión del film protagonizado por Arnold Schwarznegger sin tanto presupuesto, por lo tanto sin efectos visuales sorprendentes, y cómo no, muchas menos peleas, persecuciones y explosiones. Sin embargo, ambas referencias nos valen para darnos cuenta de hasta dónde ha llegado la comedia romántica de acción, si es que tal género existe como tal dada la dichosa manía de querer etiquetarlo todo.

El film de Donen juega en otra liga evidentemente, con un suspense que le acercaba a Hitchcock —Donen repetiría idéntico ejercicio en ‘Arabesco’ (‘Arabesque’, 1966)— y una elegancia que unía el hacer de su director con la presencia de Cary Grant y Audrey Hepburn. El film de Cameron, que se trata de un remake de un film francés —‘Dos espías en mi cama’ (‘La totale!’, 1991, Claude Zidi)— es un divertido despliegue de excesos que parodia entre otras cosas la saga de James Bond. El film de Luketic carece de la personalidad de los dos films citados. En realidad carece de todo.

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‘Killers’ narra la vida de un tipo llamado Spencer, asesino profesional que en cumplimiento de una misión conoce a la mujer de sus sueños de la que evidentemente se enamora. Decidido a dejar su pasado atrás comienza una nueva vida con Jen, con la que se casa. Tres años después, cuando todo parecía olvidado, personas cercanas al matrimonio intentan matar a Spencer, a cuya cabeza han puesto un precio. Al ex-asesino no le queda más remedio que intentar averiguar quién intenta matarle y por qué. Una trama de lo más sencilla que podría haber dado para una decente película de acción o suspense.

Por supuesto a su director y productores no les interesa hacer una buena película, sólo les interesa hacer caja con un producto al mero y exclusivo servicio de sus dos estrellas principales, Asthon Kutcher —no en vano, productor del evento— y Katherine Heigl. El primero, dadas sus cualidades interpretativas, sólo puede lucir músculos y ahí ninguna queja; ella intentando ser graciosa todo el rato, y ambos con la misma química que hay entre un caracol y una plancha. Si asistimos al cine a deleitarnos con la presencia de estos dos, supongo que todos deberíamos estar satisfechos. Pero para los que esperamos algo más que un desfile de cuerpazos —para eso tenemos las revistas— no hubiera estado nada mal que hubieran tenido un mínimo de dignidad.

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‘Killers’ pretende seguir el consabido esquema de comedia —que a estas alturas parece que estos guiones están escritos por un ordenador que realiza pequeños cambios en cada film— pero ni siquiera llega a eso. Incomprensiblemente Lutevic alarga el inicio, tras la presentación de los personajes, hasta una hora de duración. Eterno. En este tramo en la película no pasa absolutamente nada más que el ver al matrimonio viviendo el insulso día a día. El film parece explotar en un batiburrillo de escenas de acción mal filmadas que se agolpan en la segunda mitad, sin la más mínima gracia ni sentido del espectáculo. Al final, un previsible giro de guión arrebata a la película de su clímax y se opta por una resolución muy simple y para toda la familia.

Y por si fuera poco el tener que soportar durante todo su metraje la presencia de dos intérpretes tan limitados como Kutcher y Heigl, recitando diálogos insulsos donde los haya, también tenemos que someternos a algo que suele hacerse mucho en este tipo de películas: desaprovechar a sus solventes secundarios. En este caso le ha tocado a Catherine O´Hara y Tom Selleck, cuyos personajes daban para muchísimo más, sobre todo el segundo, cuya relación con el de Kutcher recuerda un poco a la de Robert De Niro y Ben Stiller en ‘Los padres de ella’ (‘Meet the Parents’, 2000, Jay Roach).

No hay absolutamente nada que se pueda salvar de ‘Killers’, una película cuyo única pretensión es la de entretener y no consigue ni eso. Al contrario, es precisamente por este tipo de films por los que el cine de acción —aquí con altas dosis de comedia romántica, recordemos— está tan injustamente infravalorado.

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