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'Mejor... imposible', el tarado con corazón

'Mejor... imposible', el tarado con corazón
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“No entiendo este local. Me obligan a comprarme una chaqueta pero tú puedes venir de andar por casa. No lo entiendo.”

-Melvin Udall (Jack Nicholson)

Vaya por delante que, precisamente, ‘Mejor…imposlble’ (‘As Good as It Gets’, James L. Brooks, 1997) no es el tipo de película que a mí me atrae. Ni mucho menos. Y si sólo fuera por su final feliz (del que luego hablaremos), su estilo más verbal que visual, su historia de buenos sentimientos y su condición de enésima historia de amor, ni me habría acercado a ella. Pero ‘Mejor…imposible’ es mucho más que una historia de amor o una comedia negra, o un melodrama, y es de esa clase de películas que pueden usarse como arma arrojadiza (retórica, claro) contra todos aquellos que claman contra la desaparición de cierto tipo de comedia dramática de calidad en Estados Unidos, una vez desaparecidos los grandes maestros. Como suele suceder, el talento está ahí, y si esta película se hubiera hecho en los años cincuenta y sesenta creo, sinceramente, que todos la recordaríamos como una de las más importantes comedias clásicas que se han visto.

Si ayer hablábamos, con ‘Barton Fink’ (id, hermanos Coen, 1991), de un escritor en crisis por el pánico a la hoja en blanco, y de los tortuosos caminos de la creatividad, hoy, con ‘Mejor… imposible’, hablamos de un escritor sin la menor crisis de creatividad (por lo que parece, prolífico y de éxito), cuyo mayor problema para escribir son los vecinos que vienen a incomodar con sus problemas. El extremo personaje de Melvin Udall, interpretado por Jack Nicholson, es uno de esos antihéroes a los que últimamente estamos tan acostumbrados en las ficciones norteamericanas, verdadero corazón de un relato inolvidable, que jamás confunde sentimentalismo con verdadera y mundana emoción, que absolutamente siempre se mantiene a la altura de la mirada humana, y que no por investigar en algunas de las miserias de la vida moderna pierde un ápice de luminosidad y verdad.

El director, James L. Brooks, es una de las más activas personalidades, sobre todo en televisión (a la sazón, es una de las mentes que hizo posible el fenómeno de ‘Los Simpsons’), de las últimas décadas en Estados Unidos. Como director de cine, ha hecho pocas películas, y siempre con humildad y oficio. Algunas mejores, otras peores. Ninguna como ‘Mejor… imposible’. Y la huella de esta maravillosa película puede percibirse en no pocas comedias de éxito situadas en Nueva York en los últimos años. Con su primera película, la emotiva ‘La fuerza del cariño’ (‘Terms of Endearment’, 1986), que le dio el Oscar al mejor director, además de otros, ya avisó de que era capaz de hablar de la necesidad o la búsqueda del amor sin caer en las blandenguerías fáciles que son tan propias de otros colegas suyos. De alguna forma, ‘Mejor… imposible’ puede considerarse una versión mucho más irónica, elaborada y perfecta de aquella, con la que además comparte la presencia de un Jack Nicholson que por ambas, una como secundario y otra como principal, se llevó también el Oscar.

Jack Nicholson desatado

Hay dos razones por las que este drama con altas dosis de comedia negra se eleva muy por encima de propuestas similares en tono y ambición: su guión de hierro y su reparto sin fisuras. El guión, escrito al alimón por Brooks y Mark Andrus, que era el autor de la historia original, se zambulle con una lucidez inusitada en las vidas de tres personajes muy diferentes y maravillosamente bien escritos: el obsesivo-compulsivo, misántropo, casi ermitaño Melvin Udall; la camarera, madre soltera de un pequeño asmático y casi siempre enfermo, Carol Connelly; y el pintor homosexual, de doloroso pasado y terrible presente, Simon Bishop. Bishop y Udall son vecinos de edificio, y Udall es habitual comensal en el restaurante en el que trabaja Carol. Lo que altera, sin llegar a trastocar, las vidas del pintor y la camarera, es el comportamiento amoral de Udall, que comienza la película lanzando al vertedero al perro de su vecino Bishop. Un perro adorable, por cierto, que va a resultar un personaje muy importante en la historia. Pero lo que perturba las vidas de la pintora y el camarero son sendos desastres vitales en los que intervendrá, porque no tendrá más remedio (porque finalmente adora al perro y le encanta comer en el restaurante…) que echarles una mano.

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Udall es el Jack Nicholson más desatado en mucho tiempo. Un papel expresamente creado para él, en el que el genio muchas veces incomprendido de Nicholson se siente como pez en el agua. Sólo un actor de su inmenso talento podía dar vida a un personaje tan en el borde del disparate, y hacerlo creíble y emocionante. Udall es un individuo con transtorno de personalidad que dice lo primero que se la pasa por la cabeza. Cosas que a lo mejor diríamos pero que nos callamos por respeto y empatía. Pero también despliega una habilidad asombrosa para tocar los cojones. Antológica la respuesta a una fervorosa lectora suya que le pregunta por su capacidad para escribir sobre mujeres: “pienso en un hombre, y le quito la sensatez y la responsabilidad”. O la provocación racial al personaje de Cuba Gooding Jr., o el desprecio sistemático hacia la orientación sexual de Simon. Melvin es un tipo que no quiere a nadie cerca, por mucho que en el fondo le gusta Carol, y lo deja claro con sus malas maneras y sus respuestas maleducadas.

Lo impresionante es que Helen Hunt y Greg Kinnear son capaces de enfrentarse a esta fuerza de la naturaleza llamada Nicholson, y lo hacen de tú a tú, sin el menor problema, en un trío interpretativo que es una gozada ver y disfrutar en una pantalla, secundados por otros rostros impagables como el nombrado Gooding Jr, Skeet Ulrich, Shirley Knight... Hunt es una de las mejores y más completas actrices en activo, y su papel es duro de interpretar porque era muy difícil no caer en lo melodramático, ya que su camarera, pese a la luz que ella es capaz de otorgarle, es una mujer al límite del cansancio y la desesperación, que además tiene que aguantar al tarado más insoportable de la ciudad (Udall/Nicholson) todos los días. Su drama, el de un hijo precioso que padece de un asma grave, pero que no puede acceder a buenos cuidados porque carecen del dinero para pagarlos, es una crítica brutal a ese chiste que es el sistema sanitario norteamericano, y Hunt es tan creíble en ese papel de madre desbordada, regala a la pantalla tal derroche de belleza, dignidad, vitalidad y frescura que hay que verlo para creerlo.

Y Kinnear, un actor que hasta entonces había hecho muy pocas películas, clava un papel también muy difícil, porque en él se da la mano el patetismo con la reconciliación, el orgullo con el amor fraternal, el perdón, la aceptación, la madurez interior. Por eso este relato de buenos sentimientos, en que las diferencias y los complejos se superan para alcanzar una mejor comprensión del otro, no se queda en la típica cursilería. Se eleva hacia una hermosa representación de la soledad y la capacidad de sacrificio, en una ciudad que es más un crisol de múltiples posibilidades de abrirse a los demás, que una jaula en la que aislarse. Brooks lo narra todo con una convicción desarmante, con sentido del humor, con ritmo, con humildad. Sin grandes aspavientos, de forma serena y comprensiva. La sobria fotografía del siempre eficaz John Bailey, y la elegante música de un Hans Zimmer muy inspirado, hacen el resto.

Conclusión a una película inolvidable

No hay una sola escena que el espectador que no la haya visto pueda anticipar su final, como no hay nada que sobre, ni que falte, en esta preciosidad de comedia dramática, o de drama cómico. O simplemente cine realista, con más vida que la misma realidad, y cuyo abierto final nos deja con una sonrisa de satisfacción que nada tiene que ver con los finales felices, porque sigue siendo parte de la vida misma, y porque seguro que Melvin la vuelve a fastidiar en el futuro.

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