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'Mil maneras de morder el polvo', otra comedia romántica más

'Mil maneras de morder el polvo', otra comedia romántica más
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Seth MacFarlane tiene su lugar en la historia de la televisión con la serie ‘Padre de familia’ (‘Family Guy’, 1999- ), donde el humor irreverente y políticamente incorrecto está a la orden del día. Pero el cine es otro cantar, otro medio en el que los recursos televisivos muchas veces no funcionan, y así lo ha demostrado con esa bobada de título ‘Ted’ (id, 2012) en la que el humor grueso de caca, culo, pedo, pis bañaba una historia, además ñoña y conservadora hasta decir basta. Su paso por la ceremonia de los Oscars dejó bien claro que MacFarlane no es tan atrevido como parece.

Cuando se anunció que su segunda película como director, en la que además amenazaba con aparecer también como actor, pertenecía al género el western, servidor se echó a temblar temeroso de que el género de géneros fuese violado por MacFarlane y sus supuestas gracias. Aunque no llega a parecerme completamente una pérdida de tiempo, y gustándome más que su film anterior, lo cierto es que aquí el elemento del género es lo de menos. Es un western como podría haber sido una película de ciencia-ficción. Al fin y al cabo el tono es de comedia romántica pura y dura.

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La intención de MacFarlane de traer a las audiencias actuales un género que está moribundo desde hace décadas, al menos desde una perspectiva de producción, no es `para nada criticable en un sentido negativo. Bienvenida sea una nueva muestra del género; el problema está, una vez más, en su pobre puesta en escena, que revela a MacFarlane como un director pésimo, y en esa historia sobre chico al que deja chica y para recuperarla sigue los consejos de una nueva chica que se prenda de él. ¿Alguien duda lo más mínimo de cómo se sucederán las cosas en la trama?

Lo mejor para mí de ‘Mil maneras de morder el polvo’ (‘A Million Ways to Die in the West’, 2014) está en los pequeños detalles que se separan de la trama central, como por ejemplo la odiosa visión que tiene el protagonista del lejano Oeste, al que pone a parir en un discurso con bastante sentido del humor, apoyándose en gags, quizá algo reiterativos pero efectivos, como el del alcalde del pueblo, o los peligros mortales de una feria. Al lado de ellos, el único personaje con algo de interés es el protagonizado por Neil Patrick Harris, en un personaje no muy diferente de su Barney televisivo.

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Los secundarios y los cameos

También encuentro cierta gracia en la descripción de la pareja secundaria formada por Giovanni Ribisi y Sarah Silverman, que le da la vuelta al tema de la confianza y el sexo en una relación; pero no son más que soplos de aire fresco en medio de una comedia, una vez más, demasiado larga para lo que cuenta. Como chiste para reírte en un bar con los amigotes, uno de esos días en los que el cerebro, en caso de tenerlo, se deja aparcado, pues puede tener hasta su razón de ser, argumento que se suele utilizar para defender este tipo de memeces.

Pero en realidad es una película. Una en la que sale una bellísima Charlize Theron, prestando todo su físico para aportar su granito al universo femenino en un género en el que predominan los hombres. Eso sí, de nula química con MacFarlane, quien se pasea todo el film poniendo caras y gritando. Como tercero en discordia, un Liam Neeson al que es imposible creerse como el villano de la función por mucho empeño que le ponga. Incluso el enfrentamiento final, supuesto clímax del relato, carece de la gracia o intensidad necesaria.

(Spoilers) ‘Mil maneras de morder el polvo’ tiene, en la tradición de muchas comedias, bastantes cameos en su metraje, algunos de ellos muy difíciles de localizar, caso de Ewan McGregor, por ejemplo. Pero hay uno que justificaría de por sí toda la película, que repito, tiene una gracia aislada. Me refiero, cómo no, a la inesperada, pero muy lógica, aparición de Christopher Lloyd como Doc Brown, realizando experimentos en un granero en el que podemos ver el famoso Delorean. Toda una declaración de intenciones por parte de su director, que en el marco del western —el pasado— narra una historia romántica moderna hasta en los diálogos —el presente—.

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