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Roger Corman/Edgar Allan Poe (VII): 'La máscara de la muerte roja'
Críticas

Roger Corman/Edgar Allan Poe (VII): 'La máscara de la muerte roja'

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‘La máscara de la muerte roja’ (‘The Masque of the Red Death’, Roger Corman, 1964) es el penúltimo de los films con los que su director adaptaba al escritor de Boston Edgar Allan Poe, y realmente uno de los más curiosos, y tal vez atrevidos, de todo el ciclo. Roger Corman quiso dejarlo para el final para así no sufrir las inevitables comparaciones en su argumento con una de las más importantes obras de Ingmar Bergman, ‘El séptimo sello’ (‘Det sjunde inseglet’, 1957). En ambas la muerte campa a sus anchas arrasando la vida de todo cuanto pisa.

Por temas de impuestos el director filmó la película enteramente en Inglaterra. Parte del elenco técnico es británico, como por ejemplo el director de fotografía Nicolas Roeg, más tarde convertido en director de culto con películas como ‘Performance’ (id, 1970) o ‘Amenaza en la sombra’ (‘Don’t Look Now’, 1973). Su labor es de lo más destacable en un film fascinante que además hereda ciertas formas inglesas tan del gusto de una época en la que el Free Cinema estaba levantando pasiones entre cierto sector del público.

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‘La máscara de la muerte roja’ también se aparta un poco del típico esquema argumental que las películas del ciclo habían tenido hasta ese instante. En prácticamente todas había un castillo solitario, un personaje atormentado, la muerte siempre acechando en forma de maldición, y liberación final, a modo de catarsis, de alguno de los bondadosos personajes del relato. Aquí tenemos un castillo europeo, la peste a la que llaman la muerte roja, y un malvado príncipe, Prospero –el imprescindible Vincent Price−, adorador de Satanás, pervierte, o mata, a todo aquel que entra en su castillo bajo su protección.

Hasta allí se llevará a Francesca –una despistada Jane Asher−, una joven campesina de la que Próspero queda fascinado debido a su inquebrantable fe, y a la que intentará arrastrar a todo un mundo de depravación, dándole a elegir entre la vida de su amante o la de su padre. Perverso juego, lleno de maldad, que complementa, en ese retrato de la degeneración, las secuencias de baile en las que se da rienda suelta a la imaginación más malsana. Corman filma alguna de esas secuencias como si de una obra teatral musical se tratase, con un look muy colorido, muy de los años sesenta, proclives en desenfreno y “libertad”.

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La muerte que a todos llega

Del mismo modo establece un paralelismo entre el lento avance de la “muerte roja”, significado de muerte, y el tiempo que ésta tardará en llegar al castillo, con sugerentes travellings. Primero aquel circular, como las agujas de un reloj, que sigue a Próspero mientras habla del tiempo; casi 360 grados alrededor de los muy aprovechados decorados de ‘Becket’ (id, Peter Glenville, 1964) que muestran que la muerte, algo que tocará a todo el mundo con su manto rojo, es cuestión de tiempo. También la combinación de travellings laterales o siguiendo a varios personajes (Próspero o Francesca) hacia el lugar en el que el príncipe hace culto al diablo, esperando su aparición física.

Una vez más, el colosal Vincent Price hace gala de sus dotes para dar vida a personajes de lo más malvado, alcanzando aquí cotas aún más altas. No hay lugar aquí para el tormento, o el resquicio de bondad. Próspero es un auténtico diablo en tierra, y ni siquiera cuando se encuentre con su propio rostro bajo el manto rojo mostrará signos de debilidad. En ese aspecto la película muestra a sus personajes malvados como algunos de los más retorcidos vistos en el ciclo, y su destino siempre es “olvidado” por la burlona risa de Próspero, caso de Alfredo (Patrick Magee) o la morbosa Julianna, Hazel Court en su último papel importante para el cine.

Como era costumbre en el ciclo, Corman introduce como trama secundaria otro de los relatos del insigne escritor, ‘Hop-Frog’, aquí convertido en historia de amor entre un enano y una bailarina, con venganza incluida, y que sirve para mostrar la bondad escondida en alguno de los pocos personajes que escaparán al abrigo de la muerte roja. Una muerte que no tiene dueño, sólo es uno de los tantos emisarios que transmiten su mensaje allá por donde pasan. Impagable epílogo con varios de esos emisarios, cada uno de un color, hablando de la devastación que han dejado a su paso, mientras prosiguen su camino.

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