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‘Sieranevada', Almodóvar en el camarote de los hermanos Marx

‘Sieranevada', Almodóvar en el camarote de los hermanos Marx
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Una celebración en familia: un montón de hermanos y cuñados, la matriarca y la tía, una sobrina joven y alocada, el primo de las teorías conspiranoicas, la amiga de toda la vida, la infiltrada y un bebé. Todos ellos en torno a la misma mesa, abarrotada de comida que proviene sin descanso de una cocina diminuta donde un baile de platos, suficientes para alimentar a la tribu durante todo un año, no cesa en busca de cualquier repisa en la que esperar su turno. ¿Suena familiar?

Cristi Puiu trae la disección de la familia rumana en una intensa y fascinante ‘Sieranevada’, Sección Oficial de Cannes hace un año, y ahora en salas españolas.

‘La muerte del señor Lazarescu’ (2005) marcó el inicio de una nueva etapa en el cine rumano y apuntó la que sería la tendencia de la primera década del nuevo siglo de mirar hacia esas cinematografías silenciosas que con el cambio de milenio tanto tenían que decir. Además del despertar de buena parte del mundo occidental respecto a toda una nueva generación de directores asiáticos, otras nuevas formas de hacer cine resurgían en una ya ampliamente exprimida Europa, para nuestro desconocimiento.

El Festival de Cannes entraba a cumplir la función que tantas canas lo han conducido a erigirse como el festival de festivales que es hoy –aunque quizá con la entrada del nuevo siglo de una forma más reveladora que en los últimos años-: sacando a la luz lo mejor de las cinematografías que, de otra forma, el mundo se estaba perdiendo.

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Así Cristi Puiu aparecía como figura del cambio, voz del despertar rumano y cresta de la Nueva Ola. Un Almodóvar del este. Precisamente en su línea más almodovariana, y rodeado de una especie de halo simbólico, el realizador retoma ahora el concepto de la muerte en el punto en que lo dejó el señor Lazarescu hace ya más de una década.

Entre la banalidad y el discurso político

Estableciendo una narración a dos niveles, en ‘Sieranevada’, Puiu sigue a Lary en la celebración del aniversario de la muerte de su padre. Patriarca de una populosa familia de hijos, sobrinos y nietos, marido ejemplar, guía moral y añorado resoluto en conflictos: un santo. Una pátina de romanticismo que, sin embargo, acaba por desvanecerse a medida que indagamos en los fantasmas de la memoria como constructora de historias.

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Así, reunidos en los pocos metros cuadrados de un piso colmena cualquiera, la pequeña tropa familiar ocupa cada centímetro del diminuto y asfixiante espacio hogareño, en un incesante y estruendoso pulular arriba y abajo, donde hasta los mismísimos hermanos Marx se habrían sentido en casa. Remando contra viento y marea ante la adversidad de un sinfín de pequeños obstáculos que retrasan sin remedio una esperada comida.

La banalidad cotidiana de una familia media con cierto nivel educativo y profesiones liberales, cede a un segundo nivel y da paso a la salida a la superficie de la realidad nacional dentro de su contexto político e histórico que, como no podía ser de otra manera, deja su imprenta en el tiempo presente. Así tradición y modernidad chocan inevitablemente en una sociedad en plena evolución que se debate entre el avance a ritmo vertiginoso de nuestra era digital y la preservación de los valores culturales que definen su carácter nacional. Otro signo de la modernidad cinematográfica.

El choque entre progreso y tradición

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Huyendo del cliché de miseria que en ocasiones rodea la obra artística del país, los descendientes del señor Lazarescu, perfectamente actualizados y en el corazón de Europa, se muestran en plena contradicción, enfrentados a la tradición férrea que convierte en tabú las prácticas políticas pasadas y exonera las sociales, al cobijo de los códigos no escritos de la costumbre. Una paradoja que pone en relieve la contradicción del progreso.

Si bien las heridas de un pasado comunista todavía duelen entreabiertas, convertidas en tabú de sobremesa, la perspectiva de una traición amorosa es motivo de discusión pública y sometida a votación popular ante la presencia de reo y verdugo en el foro doméstico. Siempre al amparo de la costumbre, quizá arcaica pero ciertamente arraigada, que convierte lo inexplicable en aceptable. Linchamiento y drama frente a argumentación y racionalidad, todo bajo el mismo techo y en una sola toma.

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Un tira y afloja en plano secuencia

El plano secuencia se convierte así en la clave de un relato coral que se configura como un mosaico de perspectivas sin protagonistas, donde la cámara salta (eje incluido) de una a otra para crear una nueva noción del punto de vista (como unidad múltiple), que posiciona al espectador desde diversos ángulos, casi tantos como personajes tiene el discurso. De esta forma, la narración recae en la cámara, que se desplaza sobre su eje, pero también sobre el espacio, de forma interminable y guiada por su propio movimiento interno. La lente en movimiento y sin cortes configura pues la construcción del relato en su relación de conceptos, por oposición al montaje.

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Una avalancha de pequeños acontecimientos domésticos transforma así una premisa banal en casi tres horas de lucha interna, de tira y afloja, de ir y venir, en un desesperado intento de consumar una comida familiar que nunca llega. En su baile, Puiu juega con la noción de tiempo y duración, congelando un instante de cotidianidad cuya realidad se construye a fragmentos y donde la elipsis contribuye a formar nuestra propia idea del hecho narrado. Como el realizador hiciera seleccionando este pasaje de vida y no otro, en este contexto, tan importante es lo que se cuenta como lo que se deduce.

Así, el fuera de campo actúa casi como personaje, la última pieza del puzle, engañoso atisbo de revelación, fantasma del recuerdo y cómplice de la imaginación. Contribuyendo al enigma de unos personajes poliédricos y complejos, en esa amplia zona gris que los sitúa lejos del blanco y el negro, del bien y del mal. Un trabajo actoral excelente, quizá en parte propiciado por un guión inteligente, que sin embargo sabe a improvisado ante una cámara que baila a su ritmo en una danza que luce entre la coreografía precisa y la más pura y vibrante improvisación.

En busca del retrato veraz de la realidad

Rodada prácticamente en una única localización y casi a modo de reality moderno, -pero al contrario que éste, lejos de todo artificio en su observación del entorno-, el realizador traspasa las fronteras del género televisivo para convertirlo en digno de interés cinematográfico y coloca la refinada cámara de cine dentro de nuestras casas, de una forma claustrofóbica que no es para nada casual.

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Impregnada de un cierto aire naturalista que confiere a la historia tal grado de credibilidad que pone en duda las barreras de la ficción, y eliminado el patetismo almodovariano español, Puiu captura un instante de vida para, a su manera, convertir el film en interesante pieza etnográfica al tiempo que relato universal. Si Almodóvar captaba la esencia del carácter de la familia española caótica, gritona y fiel, Puiu pone en valor a su homónima rumana que, además, en su fascinante trabajo de construcción de personajes confiere a ‘Sieranevada’ un carácter único, propio y difícil de olvidar.

Como todo buen heredero de los nuevos cines, el que encabeza la ya considerada nueva ola rumana firma una obra de carácter humano y social, donde la cámara se sitúa a la altura del hombre, desde una mirada antropomórfica y pegada a la realidad, naturalista y libre de florituras, para transmitir al fin y al cabo la siempre anhelada “verdad” cinematográfica.

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