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Western: 'Terror en una ciudad de Texas' de Joseph H. Lewis

Western: 'Terror en una ciudad de Texas' de Joseph H. Lewis
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Joseph H. Lewis fue uno de los directores más interesantes de la llamada serie B norteamericana de los años 50, década en la que el séptimo arte comenzó a cambiar poco a poco, para en el siguiente decenio hacerlo de forma radical. Lewis tuvo una larga y fructífera filmografía, llena de westerns y Film Noir sobre todas las cosas, y que concluyó en 1958 con ‘Terror en una ciudad de Texas’ (‘Terror in a Texas Town’), uno de los más originales, emocionantes y demoledores westerns que se realizaron, la última de las obras maestras de su director.

El guion es del insigne Dalton Trumbo, que para la ocasión firmó con el seudónimo de Ben Perry, debido a que fue uno de los llamados Diez de Hollywood, perseguido por el marcathysmo, en uno de los episodios más vergonzosos de la historia estadounidense. Un texto lleno de sutiles ataques sin piedad al sistema, que durante tiempo le tuvo relegado, e incluso encarcelado, y que pone en bandeja a su director un relato lleno de violencia, no podía ser de otra forma, intenso, y con el que muy probablemente sea el duelo más original de la historia del western.

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(From here to the end, Spoilers) ‘Terror en una ciudad de Texas’ da comienzo con lo que será su final, el duelo entre el marino sueco Sven –al que da vida un Sterling Hayden que controla a la perfección los andares robustos y el acento extranjero− y el pistolero, aquí al servicio del sistema representado en la figura del cacique que quiere hacerse con las tierras en las que aparece petróleo, vestido enteramente de negro y cuyo enfrentamiento responderá más a razones personales que al hecho de defender la ley que más le paga.

El resto del film es un largo flashback que nos muestra cómo ambos hombres, uno de ellos armado nada menos que con un arpón, han llegado a esa terrible situación en la que uno de los dos perderá la vida. Sven llega al pueblo de Texas ilusionado con reencontrarse con su padre, afincado allí desde hace años, pero muerto a manos de un asesino contratado con el fin de que abandone sus tierras. No tardará en percibir que en el pueblo hay una especie de código de silencio, motivado por el miedo que les infunde el que gobierna todo el lugar, incluido el sheriff.

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Reminiscencias pues de la situación política que sufría el propio Trumbo en sus carnes, odiado por muchos, y al que la ley perseguí antes que defender. Es sencillamente llamativo, por poderoso, el instante, cercano al final en el que el sheriff (Tyler McVey) descubre el cadáver del hombre que le paga y controla a todo el mundo –impresionante Sebastian Cabot, aportando miles de matices a uno de los villanos de la función−; en ese instante se agacha para coger el fajo de billetes que hay en el suelo y acto seguido tira su placa de sheriff. Sin duda, un detalle de guion por parte de Trumbo realmente ingenioso, y que servía para mostrar esa ley falsa que aún baña nuestros días y que nada tiene que ver con la justicia.

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Diálogos llenos de mala baba, repartiendo a diestro y siniestro con suma inteligencia y en un género que se aprovecha de la fábula para llegar a la verdad, testigo que recogerían directores como Sergio Leone, diez años después y en otro continente para seguir ofreciendo una realidad a través del género cinematográfico por excelencia. Y qué bien mide los tiempos H. Lewis en un film de apenas 80 minutos, excelsa labor de montaje y crescendo dramático para llegar al insólito duelo ya mostrado al inicio –inteligente forma de atrapar la atención del espectador− en el que la planificación hace creíble algo inaudito, el enfrentamiento entre un arponero, con el arpón que representa la venganza por la muerte de su padre, y un revólver. El propio pistolero cava su tumba con sus palabras de provocación.

Provocación que viste un personaje fascinante, al que da vida un pletórico Nedrick Young, quien también participó en el guion, no estando acreditado por ser pertenecer a la maldita lista negra de Hollywood. Su personaje representa el final de una época, un pistolero condenado a la soledad y que acepta su destino sabiendo lo que mejor sabe hacer. Es de imaginar que Nedrick contribuyese a la escritura del personaje vistiéndolo con una interpretación hierática, ocultando lo que siente y mostrando sólo desprecio en el momento de la verdad.

‘Terror en la ciudad de Texas’ concluye de forma seca, con un primer plano del rostro de Sterling Hayden en el suelo, después de haber hecho lo imposible por vencer al asesino de su padre. El rostro de un extranjero en la tierra de las oportunidades, arrastrado por el suelo simplemente para reclamar lo que es suyo por derecho propio. Lo dicho, una obra maestra a la altura del film más conocido de su director, ‘El demonio de las armas’ (‘Gun Crazy’, 1950).

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