'Antes que el diablo sepa que has muerto', magistral tragedia vestida de thriller

'Antes que el diablo sepa que has muerto', magistral tragedia vestida de thriller
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Lo primero que llama la atención de esta soberbia película es que su director, un artesano del celuloide llamado Sidney Lumet, con 83 años ha dado una lección de puro cine, con un vigor, una fuerza y una astucia de alguien con la mitad de su edad. Es todo un ejemplo de saber hacer, no en vano, tiene a sus espaldas cinco décadas de oficio, pero también es, por que no afirmarlo, la obra cumbre de su carrera, en la que nos descubre que más allá de la dureza, de la acción realista, de la sangre y las balas, hay una profunda reflexión sobre el comportamiento del ser humano.

Y, básicamente, es eso en lo que se puede resumir esta estupenda película. Supone un soplo de aire fresco, una pieza magistral con una historia sencilla de fondo, pero contada con una contundencia y una energía que tras un final antológico, uno sólo desea volver a verla.

Lumet no es un artista del cine, siempre se le ha considerado más un gran artesano, que manejaba con solvencia los ingredientes para contar duras historias como en 'Serpico', 'Tarde de perros' o incluso 'Network', en la floreciente década de los 70, pero es capaz de contarnos una tragedia camuflada de thriller, dejando atrás esa impronta pasada, para adaptarse a los tiempos que corren. Lumet prescinde del clásico celuoide y filma esta película en vídeo de alta definición, haciendo "invisible" la cámara y dejando que los actores y sus diálogos sean los encargados de llevar el clima asfixiante de esta tragedia familiar.

Lumet nos cuenta la historia de dos hermanos. Uno fuerte, manipulador, calculador interpretado magistralmente (una vez más) por Philip Seymour Hoffman. Y el otro timorato, visceral, frágil encarnado por Ethan Hawke en uno de sus mejores trabajos. Unidos por la desesperación y una complicada situación económica, se ven inmersos en un plan sencillo para encontrar una salida: atracar la joyería familiar. Pero la codicia les conduce por un peligroso camino, en el que se van encontrando permanentes obstáculos, en cuyo intento de esquivar solo logran acrecentar su depravamiento como única vía de escape.

Uno de los mayores aciertos de la película es su modo narrativo. La escena del atraco es el núcleo sobre el que Lumet nos va añadiendo más información en continuos flashbacks, que nos van descubriendo nuevas perspectivas y que atrapan al espectador a un ritmo asfixiante. A cada escena atrás amplía y diversifica la historia, nos va introduciendo en el alma de los personajes y logra avanzar la narración hipnóticamente. Y es cuando sus protagonistas nos deparan escenas shakesperianas, con soberbios diálogos y profundos silencios que nos van enseñando los verdaderos y oscuros motivos de ambos hermanos, sus pecados, sus debilidades y su fatalidad convertida en lazo de unión al que intentan aferrarse.

Hoffman es un ejecutivo que se odia a sí mismo, se siente un fracasado, con importantes deudas arrastradas por una adicción a la heroína, que evidencia su incapacidad de escapar de sí mismo. Hawke es, supuestamente, el débil, la víctima, separado y con una hija a la que mantener pero sin recursos suficientes. Es otro fracasado, cuya actitud es una buena muestra de que lo asume y en sus dudas intenta buscar la salvación.

En esta tragedia familiar de tintes griegos, también tiene una destacada intervención el padre de ambos, interpretado soberbiamente por Albert Finney que lucha hasta la extenuación por solucionar todo el entuerto, lo que le lleva al filo del abismo. Marisa Tomei, como secundaria está sencillamente brillante, a pesar de que su personaje no está lo suficientemente aprovechado y que nos brinda algunas escenas de alta temperatura (¿la habrá recuperado esta cinta para el futuro?).

Lumet ha sabido sacar lo mejor de cada uno de sus actores y éstos brindan un espectacular trabajo interpretativo, destacando sobremanera Hoffman. Que, a pesar de que ya nos tiene acostumbrado a geniales trabajos, acierta con su personaje en cada aparición, en cada línea de diálogo. Su ligera obesidad, su piel sudorosa, su capacidad de transmitir dolor, irritación, frialdad lo convierte en un villano muy humano que transmite de forma sensacional el sentimiento de odio a uno mismo. Por su parte Ethan Hawke está brillante. Aparece aterrado toda la cinta, con la mandíbula tensa, trabando su forma de hablar y resulta extraordinariamente verídico. Es obvio decir que es de obligado cumplimiento ver la película en versión original para apreciar cada matiz interpretativo.

"El mundo es un mal lugar" es una de las frases esenciales que se afirman en una crucial escena y resume a la perfección el retrato del comportamiento del ser humano que Sidney Lumet nos ha dejado. Impresindible.

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