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Cómic en cine: 'Crying Freeman', de Christophe Gans

Cómic en cine: 'Crying Freeman', de Christophe Gans
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En un especial que hasta ahora ha venido monopolizado por las adaptaciones de cómics estadounidenses, la presencia del manga se ha visto limitada a esas dos fascinantes cintas de animación que fueron 'Nausicaa en el valle del viento' (‘Kaze no Tani no Naushika’, Hayao Miyazaki, 1984) y 'Akira' (‘アキラ’, Katsuhiro Otomo, 1988). Pero claro, tengamos en cuenta que, hasta comienzos de los noventa, la presencia de los cómics nipones en los diferentes mercados editoriales era nula o, como mucho, bastante discreta, y salvo las muchas series de "dibujitos" que el país del sol naciente había conseguido exportar durante finales de los setenta y buena parte de los ochenta, la vasta producción de viñetas que siempre ha ostentado Japón casi no había trascendido sus fronteras.

Todo ello comenzó a cambiar hace dos décadas con el desembarco masivo de una infinidad de títulos que cambiaron por completo el panorama editorial tanto europeo como, en menor medida, el americano, dejándose sentir a ambos lados del charco la clarísima influencia que los modos de narración del arte secuencial nipón, tan diferentes a los francobelgas o los estadounidenses, imprimieron en muchos artistas de la viñeta, dando luz a los estilos "amerimanga" y "euromanga" e instaurando una fiebre que, hoy, veinte años después, resiste contra viento y marea a la fuerte crisis por la que pasa el sector.

'Crying Freeman', el manga

Crying Freeman comic

Focalizado el anterior discurso en nuestro país, es muy fácil señalar el momento en el que todo comenzó a cambiar haciéndolo coincidir con la publicación por parte de Planeta DeAgostini del primer número de la serie blanca de 'Dragon Ball' en mayo de 1992. El anime llevaba ya casi tres años emitiéndose con enorme éxito en las televisiones autonómicas —verlo por las tardes en Canal Sur era todo un ritual antes de ponerme a estudiar— y la jugada de la editorial no pudo ser más oportuna. Había comenzado la fiebre del manga en España y en los meses que siguieron a la aparición de aquella histórica grapa, Planeta comenzó a abarrotar las estanterías de las librerías especializadas, los kioscos de prensa y las papelerías con una hornada de títulos que, de alguna manera, supusieron el primer contacto de muchos lectores con el mundo del cómic.

Y así, entre cabeceras como 'El puño de la estrella del norte' o 'Mai, la chica con poderes' fue como conocimos a 'Crying Freeman', la creación de Kazuo Koike y Ryoichi Ikegami que había sido publicada con gran éxito en Japón entre 1986 y 1988 y que aquí fue editado en ocho volúmenes de 64 páginas. Acostumbrados a las estructuras narrativas del cómic de superhéroes o a los mecanismos del tebeo español y francobelga, la exposición a aquellas viñetas plagadas de líneas cinéticas, violencia descarnada y una nada desdeñable descompresión narrativa se convirtió para muchos, entre los que me puedo contar, en la apertura a una forma muy diferente de entender el noveno arte.

En lo que al cómic respecta, el recuerdo de aquellas lecturas hechas hace más de veinte años devuelve una sensación inequívoca de asomarse a un producto perfectamente estructurado en el que Koike e Ikegami narraban las peripecias de Yo Hinomura, un asesino con conciencia que derrama lágrimas después de cada crimen y que cambiará su vida por el amor de Emu, una joven que le ha visto el rostro y, siguiendo el estricto código de la orden a la que pertenece, debe ser liquidada.

'Crying Freeman', acartonados

Crying Freeman 1

Publicada en Estados Unidos por Viz Media tan sólo un año después de su finalización en Japón, el éxito editorial de 'Crying Freeman' en tierras yanquis hace aún más paradójico que el filme basado en su primer arco argumental y llevado a la gran pantalla en 1995 mediante una co-producción franco-canadiense orquestada por la irregular batuta de Cristophe Gans nunca llegara a ver la luz en los cines de la "tierra de las oportunidades".

Anécdota de estreno al margen, la cinta de Gans, guionizada por él mismo en colaboración con Thierry Cazals y Roger Avary —aunque éste último no aparezca acreditado— sigue en gran medida los patrones marcados por Koike para el primer arco argumental de la serie, separándose de él en fundamentales aspectos que, hasta cierto punto, son justificables bajo una mentalidad comercial oocidental. Para empezar, cuela poco que el protagonista, un letal guerrero nipón, venga interpretado por el hawaiano Marc Dacascos, que por mucho que le ponga empeño a la orientalización de su acento, no resulta creíble en ningún momento —harina de otro costal es su constante cara de palo y la parquedad de sus habilidades interpretativas, que no las físicas.

Crying Freeman 2

Trastocada también la nacionalidad de Emu de nipona a canadiense de ascendencia irlandesa —el apellido O'Hara engaña bien poco— y para ahorrar unos costes de producción que se habrían disparado, la acción de 'Crying Freeman' se traslada a Vancouver, pasando la ciudad de la Columbia Británica por San Francisco y Japón cuando así es necesario en el discurrir de la trama. Por último, los cambios quedan rematados por la inclusión de la detective Forge, interpretada, es un decir, por Rae Dawn Chong y por el cambio de nacionalidad del detective Nitta, que aquí se convierte en Netah en la piel de un sobreactuado Tchéky Karyo.

Desluciendo el avance de la trama y las paupérrimas interpretaciones de todo el elenco sin excepción las ideas originales del manga, lo poco que puede sacarse en claro del visionado de 'Crying Freeman' trasluce de sus secuencias de acción y artes marciales, bastante bien coreografiadas por el propio Gans y con una claridad narrativa que es de agradecer, permitiendo la realización del francés y el montaje apreciar las habilidades de Mark Dacascos.

Con dos versiones coreanas de imagen real previas a la que hoy nos ocupa, es muy evidente —si se ha tenido la oportunidad de verlo, claro— que la mejor versión disponible de 'Crying Freeman' es aquella que Toei Animation hizo entre 1988 y 1994, seis episodios que trasladan de forma precisa un cómic al que alguna editorial debería volver a mirar con ojos tiernos y publicar de nuevo en castellano ahora que tantos años han transcurrido desde que viera la luz en nuestro país por primera y única vez.

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