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'Conversaciones con asesinos: Las cintas de Ted Bundy': una escalofriante inmersión en el magnetismo del mal
Críticas

'Conversaciones con asesinos: Las cintas de Ted Bundy': una escalofriante inmersión en el magnetismo del mal

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Hay una parte de mí que se siente profundamente incómoda con el indiscutible magnetismo que los más míticos y publicitados asesinos en serie despiertan en la sociedad (y en mí mismo). La incomodidad se acentúa en casos como el de Ted Bundy, que solo mataba mujeres jóvenes y atractivas, y de las que a menudo abusaba previamente, lo que le da una escalofriante capa atemporal a unos crímenes que se cometieron hace varias décadas. De ese magnetismo y de por qué nos cautiva tanto habla 'Conversaciones con asesinos: Las cintas de Ted Bundy'.

Vivimos un nuevo revival de los documentales basados en crímenes reales, cuya aceptación nunca se ha disipado del todo, pero que viven una nueva edad de oro gracias a éxitos como 'Making a murderer', 'El proyecto Williamson' o 'The Keepers', o a series de ficción con aires documentales como 'Mindhunter'. Era cuestión de tiempo que las historias de los grandes mitos del asesinato en serie recibieran este mismo tratamiento: Netflix ha arrancado con una auténtica superestrella, Ted Bundy, está produciendo una sobre los crímenes de Alcasser y no sería extraño ver cómo estrena en el futuro programas con este mismo tratamiento acercándose a perturbadoros iconos como Ed Gain, Jeffrey Dahmer o John Wayne Gacy.

La novedad que presenta este nuevo documental es la audición por primera vez de una serie de cintas que grabó el periodista Stephen G Michaud con Bundy en el corredor de la muerte, y que publicó extractadas en un libro en 1989. Bundy mató a una treintena de mujeres -el número exacto es desconocido, posiblemente superior- entre 1974 y 1978, y su búsqueda obligó a la coordinación de la policía y el FBI entre varios estados, en un esfuerzo sin precedentes y en una época en la que no existía internet ni había bases de datos de busca y captura. Sus juicios fueron televisados y seguidos por todo el país, y estuvieron llenos de momentos que ya forman parte de los greatest hits de los asesinos en serie norteamericanos, como sus empeños en defenderse a sí mismo.

La serie usa las grabaciones, llenas de mentiras y con un Bundy manipulador y egocéntrico como hilo conductor, y va desgranando el largo historial de crímenes, detenciones, fugas y juicios de Bundy. Prolija y sin giros dramáticos, es una auténtica zambullida en el lado más oscuro de ser humano, confrontando al espectador con un psicópata incapaz de experimentar la más mínima empatía y cuyas motivaciones -su infancia fue moderadamente feliz, no padeció traumas conocidos en ningún momento- son un auténtico misterio, posiblemente también para él mismo.

'Conversaciones con asesinos: Las cintas de Ted Bundy': La estrella oculta de la función

Hay un nombre propio detrás de 'Las cintas de Ted Bundy' que puede pasar desapercibido en un vuelo rápido sobre esta pequeña serie de cuatro episodios: el productor, director y guionista del mismo, Joe Berlinger. Es también el director de un par de piezas de ficción, separadas por décadas y curiosamente significativas. Por una parte, la recién estrenada en Sundance 'Extremely Wicked, Shockingly Evil and Vile', que explora la fascinante relación de Bundy con su pareja durante años, que en un ejercicio de autoengaño desarmante se negó a creer las pruebas que apuntaban a su vileza.

Por otra parte, Berlinger codirigió nada menos que la secuela de 'El proyecto de la bruja de Blair', secuela del brutal clásico del found footage que acaba de cumplir 20 años y que, pese a ser claramente inferior a su predecesora, hace interesantes reflexiones sobre la imagen documental y cómo esta contamina a la ficción. Pero sobre todo, es el responsable de los tres largometrajes documentales 'Paradise Lost' sobre Los Tres de Memphis, un grupo de chavales acusados de unos asesinatos rituales y cuyo mediático juicio estuvo plagado de irregularidades.

Ted Bundy

En ellos ya se veía la intención de Berlinger de reflexionar acerca del papel de los medios en la percepción pública de los criminales, capaces de enjuiciarlos por anticipado, demonizarlos, o en el aso de Bundy, contribuir a generar un aura de fascinación. Un papel que, paradójicamente, esta vez ha jugado la propia Netflix, que ha tenido que declarar públicamente algo obvio (pero no tanto), ante las lúbricas palabras de deseo de cientos de espectadoras que se han visto cautivadas por la maquiavélica mirada del asesino: Ted Bundy no era un donjuán, sino un monstruo peligroso.

Hay críticas que están acusando a 'Las cintas de Ted Bundy' de no tener giros dramáticos o no resultar tan intrigantes como 'Making a murderer', pero eso es precisamente lo que certifica el apego a la realidad de la miniserie de Berlinger. A diferencia del discurso de brocha gorda de ese reciente éxito del true crime, Berlinger hace funcionar su documental entre líneas, como ya hizo en 'Paradise Lost': la banalidad del contenido de las cintas de Bundy, llenas de medias verdades y manipulación, son el auténtico mensaje. El mal puro no tiene cuernos y tridente. Es la vulgaridad encarnada.

'Las cintas de Ted Bundy' saca su fuerza precisamente de lo que muchos críticos han entendido como un error. Creer que la vida está llena de giros dramáticos y revelaciones sorpresa es lo que da fuerza a los asesinos en serie, perfectamente capaces de integrarse como el vecino de al lado. "Siempre saludaba", como se suele decir y como seguro que hacía Bundy con sus vecinos: una lección magistral de camaleonismo homicida.

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