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'Corazones de Hierro', el sonido y el estupor

'Corazones de Hierro', el sonido y el estupor
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Durante la guerra de Vietnam, el joven soldado Eriksson (Michael J. Fox) es salvado de morir por su sargento (Sean Penn). Cuando éste y su unidad, decidan raptar a una inocente vietnamita (Thuy Thu Le) y violarla durante el camino a una misión, Eriksson deberá tomar partido ético en un clima de violencia y traición total.

¡Qué película tan terrible y horrible de Brian DePalma! Por supuesto, es un halago, porque ése es el argumento de la incomprensiblemente titulada 'Corazones de hierro' (Casualties of War, 1987), melodramático nombre para el mucho más preciso "Víctimas de la guerra" que también puede interpretarse como "Bajas de la guerra". Aunque, bien mirado, es una película bien melodramática pero habla de muchas cosas - entre ellas el espanto, la falta de piedad, la vileza - pero ninguna hace referencia, siquiera simbólica, al corazón de hierro del título.

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De DePalma solamente podemos esperar gran cine incomprendido, o mejor dicho, solamente apreciado por unos pocos que ahora se vuelven multitud. Pero incluso entre quienes lo tienen en estima, existe una tendencia, en mi opinión equivocada y muy relacionada con el prestigio que si han alcanzado, por diferentes medios y en momentos no menos distintos, Francis Ford Coppola, Martin Scorsese y Steven Spielberg.

Dicho prestigio, sostiene un argumento insondablemente viejo y lamentable que diría que DePalma es todo estilo pero nunca ha logrado filmar una gran película o una película tan seria como las de aquellos. Lo que quiero decir es que pareciera que DePalma fuera el hacedor de unos cuantos (E inolvidables) thrillers llenos de erotismo y vitalidad, pero no es en mi opinión eso lo que lo distingue.

Lo que distingue a DePalma es la mirada. La de sus personajes, con qué frecuencia el centro de sus películas, y la suya propia, cargada de lucidez y, sí, mucha política. Porque es política, y no otra cosa, lo que hay en la sombría, brutal y perfecta 'Impacto' (Blow Out, 1981) y es política lo que hay en este tremebundo relato de Vietnam.

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Se quejaba, con cierta y bienvenida crítica airada, el maestro de críticos Jonathan Rosenbaum, en su reseña positiva, de que la película no sea, efectivamente, pacifista. Bien, tiene razón, pero es algo más importante, es una película sobre dos personajes enfrentados en el mismo lado de la contienda en la que la vejación es solamente una más (y no una concreta, específica, que señala y marca una vida).

DePalma reserva las simplezas a los secundarios, como bien detecta Rosenbaum, pero y hete aquí lo interesante, tanto visual como narrativa como guionísticamente todos los complejos matices están reservados para los antagónicos antihéroes de la película.

Desde principios de los ochenta, DePalma empieza a rodar, de un modo constante y con mayor sofisticación conceptual y energía, películas sobre mujeres y hombres que ven y callan y quieren saber o quieren entender. La prostituta encarnada por Nancy Allen en 'Vestida para matar' (Dressed to kill, 1980) presencia algo y solamente es a través de un mirón (Keith Gordon) que resuelve su misterio.

De modo casi opuesto, John Travolta en 'Impacto' no ve: Escucha, y es a partir de los sonidos que tiene que entender. Y en un juego, en última instancia barroco e inspirado, el pobre voyeur de 'Doble Cuerpo' (Body Double, 1984) cree ver donde apenas vislumbra.

Al soldado de esta película le sucede algo en apariencia bien distinto. Escoge no ver, se da la vuelta. Ya no quiere mirar. No quiere mirar porque sabe: sabe que a sus espaldas están violando a una mujer inocente y frágil. ¡Y con qué súbita elegancia rueda DePalma el horror! Justo cuando el acto se repite, escoge dos elipsis y la profundidad de campo: el horror que su antihéroe ha escogido no ver.

Entonces, Eriksson quiere saber, pero no lo que ha sucedido sino como gestiona su conciencia moral. Es por esto que se trata de una de las películas en verdad más sofisticadas de su director.: no porque, ay, sea esta una "de guerra" y las anteriores "de intriga", sino porque lo que aquí está en juego es la propia conciencia de un individuo en una situación en donde, precisamente, hacer gala de ella es, al mismo tiempo, una ridiculez, algo decididamente impráctico y cuya denuncia es considerada irrelevante por todo el aparato militar.

Buscando formas de piedad y justicia, Eriksson trata de comprender cómo funcionan las cosas. Articulada como pesadilla, la película contiene una preciosa banda sonora de Ennio Morricone, con sus típicas y familiares recurrencias sonoras, en este caso un tema dedicado a la vietnamita que reaparece cada vez que el horror emerge, una vez más. Qué bien está Morricone con los cineastas de toma larga, sea DePalma o sea Sergio Leone.

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Pero al evidente e interesante clima moral de Eriksson no contrapone un villano sencillo. El sargento, encarnado por un sobrenatural Sean Penn, es un loco patético que ha perdido todo el sentido. Lejos de amparar su locura como razón de barbarie, DePalma nos obliga a mirarlo, progresivamente desnortado, con sus ráfagas de saberse torturador y saberse bastardo y el resultado es tremendamente incómodo. Tampoco el público puede ser inclemente con el mal que encarna él, pues le hemos visto presenciar la muerte de un compañero en su rotundidad, una muerte con la que se define una condición diaria (de más asesinato y locura).

La película, además, contiene los clímax y momentum de intriga y suspense que caracterizan al director y que funcionan como pequeñas piezas de cámara. Los dos ataques al protagonista son tremendos, y en multitud de ocasiones, DePalma cambia de punto de vista: nos coloca en la mirada de Eriksson, del antagonista y hasta de un sacerdote metodista también en el Ejército.

Todo ello, además, muy bien estructurado: la película comienza y termina como lo que fue, una pesadilla. Así justifica la escena más hermosa, extraña y perdurable de la película. La vejada y casi destruida vietnamita camina llena de sangre por una vía del tren. Es un escape fútil porque sus captores están disparando contra los villanos del Vietcong. El malvado sargento grita ¡se escapa! y todos la disparan, ante la mirada atónita de Eriksson.

Es un instante de extraña belleza, de vida abriéndose paso, lastimosa y corajosa, en medio de una insensatez en la que todo se deprecia y en la que lo innombrable se traduce siempre en brutos, horrendos y reconocibles actos antes que las palabras que luego usaremos, porque la infamia, la atrocidad y la miseria suceden antes de poder expresarlas y a veces, ni así logramos medir su alcance nunca.

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Cuando una mujer, que vagamente recuerda a la deshonrada, le dice a J. Fox pero la pesadlla ha terminado ¿no? Nuestra mirada está sacudida, intuyendo que la pesadilla y su paz serán solo un alivio temporal en un porvenir lleno de ecos, perpetuos, de la muerte y su estupor.

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