El tempo de la narración en lo cinematográfico es algo muy preciado que los mejores cineastas trastocan a voluntad y con ambiciones concretas. Para el espectador desubicado, estos ejercicios se aprecian como un intento de fastidiar deliberadamente, ya que el cine convencional nos anima a esperar aceleración que intuimos como “buen ritmo”.
Esto es especialmente notorio en los thrillers, donde a menudo hay que emplear el término de “cocido a fuego lento” casi como disculpa de que no ofrezcan emociones continuas y a menudo efímeras. Estamos acostumbrados a esperar determinada agilidad de estos géneros, pero eso es mala observación por nuestra parte. Es ahí donde una película como ‘Érase una vez en Anatolia’ (’Bir zamanlar Anadolu'da’) nos desafía e invita a considerar que hemos estado mirando mal las cosas todo este tiempo.
Observando el abismo
Por supuesto, no puede esperarse otra cosa de este thriller que contemplación, longitud y atmósferas elongadas cuando se observa en los créditos a un maestro del cine lento o trascendental como Nuri Bilge Ceylan. Su película posiblemente más épica, por duración y por observación de lo humano, que se puede ver en streaming a través de Filmin.
Una comitiva compuesta por varios agentes de policía, un médico forense y un fiscal conducen por las estepas del campo de Turquía en búsqueda de un cadáver. Acompañado del asesino y de su cómplice, que estaban demasiado borrachos para poder acordarse donde enterraron el cuerpo en la inmensidad de la noche, se inicia una travesía ardua y frustrante.
Los misterios no son intrincados o llenos de recovecos que justifiquen la duración de dos horas y media de la película. Es todo bastante simple en su apariencia, quedando increíblemente extendido por conversaciones triviales, historias compartidas que contienen más de lo que aparente y muchos trayectos por la oscuridad de parajes casi desérticos.
‘Érase una vez en Anatolia’: la verdad que estremece
Ceylan parece buscar la exasperación con su mirada paciente, pero dejando claro que las cosas son más sencillas de lo que son es como revela las verdades cortantes de su historia. Cualquier rincón podría contener un cadáver, cualquier momento podría ser el último en un poblado cada vez más envejecido y casi destinado al olvido. La poesía contenida del cine lento despliega una angustia existencial muy fría, pero igualmente estremecedora.
En ‘Érase una vez en Anatolia’ lo desgarrador emerge lentamente, y la esperanza se apaga progresivamente cómo las pocas luces que nos dejan observar tímidamente lo que sucede. La búsqueda infructuosa de la verdad desmorona poco a poco a gente que convive diariamente con el crimen y las peores facetas de lo humano, hasta el punto donde ya no se puede observar la cara del otro. Ceylan rasca siempre más de lo que aparenta, aunque decida explayarse en las atmósferas que otros considerarían que matarían el ritmo.
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