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Críticas a la carta: 'Troya', la poesía épica aplicada a los multicines

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El tiempo de Homero no es oscuro, pues conocemos ya bastantes pormenores de la escritura de la ‘Odisea’ que nos permiten aceptables y verosímiles conjeturas sobre el sentido de muchas de uss palabras, pero sí demasiado poco inteligible, aunque su obra ocupa un lugar tan central y tan perdurable que resulta difícil hablar de distancia. El sentido fundamental, sin embargo, lo dan las otras lecturas, las posteriores, y son esas las que han ejercido de guía para entrar en su legado, que con exageraciones perdonables calificaría de eterno. En todo caso, sus libros hablan de un tiempo y de unos hechos, de un mundo y de una cultura, y su forma de concebir la narrativa es más bien antagónica, pues para empezar se trata de un poema épico, género extinguido y solamente posible entre los poetas más audaces o más eruditos (y pueden haber malos y prescindibles intentos en tal trabajo), y después su idea de la narración y el concepto de autor entra en lugares muy diferentes a los hoy concebidos.

Wolfgang Petersen es en cierta medida el perfecto funcionario de Hollywood: auspiciado por el éxito internacional de ‘El Submarino’, termina en un Hollywood de los ochenta donde filmó títulos curiosos y evoluciona al ritmo más tedioso de los noventa, reduciendo su actividad la década siguiente. En cierta medida el Hollywood contemporáneo es una extraña suma de talentos variables, productores y cineasta y guionista. El que firma el guión es David Benioff , decisión como mínimo inusual o decididamente extraña para enfrentarse al material de Homero, maxime cuando venía de un libreto tan excelente como el de ‘La última noche’ de Spike Lee y que se pasaba a un material apriorísticamente distinto, casi opuesto. El resultado, pues, propone un extraño resumen/recuento histórico de una de las obras maestras de la cultura occidental, todo ello traducido para una audiencia más acostumbrada al “lo que hacemos en vida, tiene su eco en la eternidad” (o sea, el himno bakala) de ‘Gladiator’ que a la sutileza.


¿Cuál sería la mejor manera de contar el fracaso de esta película? No habría que culpar al éxito de las épicas de Ridley Scott y Peter Jackson como películas cuasi fundadoras del subgénero de la épica multisalas, con su imprescindible batalla de una masa de soldados convenientemente digitalizada y sus frases/grito antes de una batalla, pues era previsible que una aventura por la mitología griega se hiciera posible tras los fructíferos resultados habidos en Roma y en la Tierra Media. Y, siendo justos, ‘Troya’ es una película más que aceptable, incluso levemente mejorada en su montaje del director, con una fluidez narrativa mejorada en algunas escenas (aunque los cambios sean reducidos, funcionan), pero, con todo, algo la impide destacar y no es la esperable dosis de música, escenas de transición, trazados dramáticos. Petersen parece brillar cómodamente en los dos primeros actos, dando muestras de espectáculo razonable y bien rodado en sus escenas de batalla cuerpo a cuerpo.

El problema de la película es, como decía, un problema de guión. Benioff es incapaz de un gran tercer acto y Petersen parece agotado cuando ocurre el momento más emblemático (la entrada del caballo) como para aplicar el eficaz tratamiento grandilocuente desarrollado en los dos primeros actos. Sumen a eso una de las peores elecciones de cásting de todos los tiempos, el Ulises/Odiseo de Sean Bean, incapaz de expresar ingenio, entidad y distancia, algo lógico cuando los pesos dramáticos de la historia (principales y secundarios) han tenido actores de tamaño peso.


Porque si algo hace de esta película un viaje por encima de la media, un tesoro aparatoso con momentos de plenitud cinematográfica, es la impresionante veracidad de actores como Peter O’Toole, otorgando un patetismo descomunal a su fracasado rey Príamo, un inigualable Eric Bana dotando de gracejos heroicos y nobles a su Héctor (responsable de un pueblo humillado, acaso insalvable), el hercúleo y divino y gozosamente liberado Brad Pitt como el bestial Aquiles, un sorprendente Brendan Gleeson como el salvaje Menelao….y, por supuesto, la acertada elección de Orlando Bloom y Diane Kruger como pareja que causa el conflicto, dando ambos actuaciones acordes no ya con la fuente sino desafiando una lectura demasiado arquetípica del conflicto.

En esos momentos, o en el duelo de Héctor contra Aquiles y su posterior muerte, ‘Troya’ parece ser una reescritura intensa de un clásico, una más que aceptable síntesis que hubiera merecido mejores conclusiones. Con todo, es, quizá, el título que mayor rotundidad y menos impostura haya aplicado a sus personajes y el que más ha acercado conflictos dramáticos verdaderamente interesantes al público. Así que dicho queda, con toda su asombrosa irregularidad, esta película llena de convicción a sus personajes algo que si que parece una gesta épica en el blockbuster reciente.

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