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'El hombre de Mackintosh', Paul Newman, espía sin glamour

'El hombre de Mackintosh', Paul Newman, espía sin glamour
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El mundo del espionaje en el cine ha sido retratado principalmente de dos formas; una con la vertiente espectacular al estilo de James Bond y las cien mil imitaciones que le salieron a tan famoso personaje; y otra la totalmente contraria, la realista, con mucho menos glamour. No hace falta mencionar títulos enmarcados en el primer grupo; en el segundo podemos encontrarnos con muestras tan inolvidables como ‘El espía que surgió del frío’ o esta ‘El hombre de Mackintosh’, films que respiran atmósferas como las retratadas en las novelas de John Le Carré o Graham Greene, por poner dos ejemplos.

Es John Huston, probablemente el director que mejor retrató a los perdedores, el responsable del film, contando con Paul Newman como la principal estrella, justo un años después de dirigirle en ‘El juez de la horca’, western que repasaba la leyenda del juez Roy Bean desde un tono claramente decadente y crepuscular. Una pizca de ambos elementos hay en ‘El hombre de Mackintosh’.

La película narra el intento por parte de la Inteligencia Británica para descubrir a un traidor entre los suyos. Para ello se elaborará un minucioso plan, en el que Jospeh Rearden, un conocido y experimentado agente se hará pasar por quien no es, un ladrón de joyas, que será encarcelado para poder infiltrarse en un peligroso grupo y desenmascarar al traidor. Un guión de un primerizo Walter Hill, que adaptaba la novela de Desmond Bagley y ya tenía sus primeros escarceos con la violencia.

‘El hombre de Mackintosh’ es en su campo actoral una reunión de talentos provenientes de distintos lugares. Para empezar Paul Newman es norteamericano, y la experiencia con Huston en ‘El juez de la horca’ debió ser tan gratificante que no debió pensárselo dos veces antes de volver a trabajar con él. Lo que consigue Newman es absolutamente deslumbrante; siendo un millón de veces más guapo que Sean Connery, Roger Moore y Pierce Brosnan juntos, logra parecer una persona completamente normal que pasa desapercibida, un espía sin el estilo ni la clase de los mencionados. Es su Joseph Rearden un hombre callado, concentrado en su trabajo, con efímeros momentos para el relax (ambos evidentemente con una mujer, y nada de supercuerpazos como en los films de 007); de pasado secreto y lleno de misterio, el personaje encuentra en un actor de la talla de Newman el transmisor perfecto para su esencia. James Mason, de origen inglés, con una presencia impresionante, realiza una concisa y estimulante interpretación de su personaje, el frío, calculador y poco fiable George Wheeler. Como componente femenino, la muy europea Dominique Sanda, de origen francés, que lejos de tener sensualidad y belleza, logra transmitir cierto atractivo, aunque considero que es uno de los puntos más flojos del film. A pesar del vital peso del personaje, sin el cual la película no tendría demasiado sentido, la actriz no está a la altura de las circunstancias, resultando demasiado fría e inexpresiva para ello.

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Todos ellos impecablemente filmados por un Huston en una de las mejores épocas creativas de su carrera, la década de los 70, en la que también podemos encontrar la que para el que esto firma es su mejor película, ‘El hombre que pudo reinar’, o el devastador relato ‘Fat City’. El director no mima a sus personajes como otros lo harían, los aleja de convencionalismos y concesiones, filma la dureza de ser espía, un trabajo poco conocido y con multitud de riesgos, evidentemente. Y a través de su cámara, Huston nos muestra ese desconocido mundo como algo no agradable, demasiado sucio, y casi sin importancia. Los espías de ‘El hombre de Mackintosh’ no recibirán ningún tipo de condecoración o reconocimiento, eligieron ser lo que son, personas normales y corrientes como todas los demás, pero que por culpa de su trabajo, están condenados al olvido más inmediato.

En el momento de su estreno tuvo muchos problemas ya que por su ambiguo final, de una fuerza sorprendente por su sequedad y por reunir en un mínimo instante toda una serie de sentimientos encontrados, la película fue tildada de reaccionaria, encendiendo algunas conciencias que no sabían ni de lo que hablaban (algo que suele pasar cuando aparece una película con un mínimo de polémica). Vista hoy día, uno puede comprobar que las voces que se levantaron en su contra emitieron vocablos de más. Analizando su desenlace podemos llegar a entender absolutamente todas las decisiones y motivaciones que cada uno de los distintos personajes toma. Sólo uno de ellos es el que lleva la voz cantante por encima de los demás. Y lo hace en una conclusión lógica aunque totalmente inesperada, que para nada significa que el film sea de ideología reaccionaria. Ante el dolor personal por la pérdida de un ser querido en horribles circunstancias, no caben excusas de tipo político. Huston no justifica la muerte final, simplemente expresa el dolor de un ser humano, que le lleva a cometer una estupidez, abandonando el lugar para perderse en la noche que siempre envolvió a la gente que nadie conoce. Y es el espectador quien juzga sus acciones, mientras asume el espléndido trabajo mostrado por Huston, de una amarga y triste melancolía, como siempre.

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