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'Entrevista con el vampiro', el monstruo de las dos espaldas

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Un periodista (Christian Slater) recibe la llamada de Louis de Pointe du Lac (Brad Pitt) en medio de la noche. Y no, no es un conde de una película de época, aunque casi, porque es un vampiro (¡uno de verdad y legendario!) que les contará el peculiar viaje que vivió junto a Lestat (Tom Cruise) y su extraña “adoptada” vampira, Claudia (Kirsten Dunst). A través de ellos, se nos contarán las crónicas vampíricas.

Siempre he apreciado las películas de Neil Jordan. Me encanta ‘Juego de lágrimas’ (The Crying Game, 1992), pero, sobre todo, me encanta ‘En compañía de lobos’ (The company of the Wolves, 1984) que es tan enfermiza, tan retorcida y tan psicoanalítica que la considero directamente inconcebible en el actual panorama industrial, pero también en el de entonces pues ¿quién iba a filmar una película episódica con lecturas tan perversas del mito de Caperucita Roja que hubieran hecho las delicias de Bruno Bettelheim?

Bettelheim ha escrito un libro conocido entre la gente del tema, el “psicoanálisis de los cuentos de hadas” y esta versión explícita de las relaciones (carnales) de la Caperucita (en su pubertad, como señala el rojo) y el Lobo (en otra pubertad, más, uhm, salvaje) me dejaron trastocado en su momento. En todo caso ¿es Jordan un director rarísimo del que ojalá viéramos más películas? Lo es, lo es y ‘Desayuno en Plutón’ (Breakfast on Pluto, 2005) demuestra que no ha perdido su forma (del todo).


Bien, presentado al director, pasemos a la película. Esta es una adaptación del libro de Anne Rice, del mismo título, por cierto, y que fue un éxito desde su publicación en Estados Unidos en el año 1976. Anne Rice completó su trilogía y hasta pasó de ser una libertina romántica y decadentista a darse a los credos religiosos (¡y volver al cristianismo!). El asunto es que su best seller cumplió la función y rescató al vampiro como último eslabón del amor y la sexualidad victorianas y, lo que a veces equívocamente, es atribuido al Drácula coppoliano fue, en realidad, fruto de Anne Rice, la primera que puso de moda un vampiro que era un amante inmortal y que rescataba, por supuesto, materiales lejanos.: desde la condesa Bathory al legado de las películas de la Hammer pasando por el romanticismo desatado de los ingleses como Byron.

Bien. Como la vida no es sencilla, ni el tiempo es lineal, la versión cinematográfica de la novela de Rice se hizo ¿adivináis? debido al éxito del ‘Drácula de Bram Stoker’ (Bram Stoker’s Dracula, 1992) de Francis Ford Coppola que, en su momento, fue un éxito de crítica y público y creó una especie de corriente de remakes de mitos del terror pero además les dio un insólito ademán de respetabilidad. Los despistados pensarán que Stoker tiene algo que ver, pero su novela original en nada se parece a la versión de Coppola, más allá de líneas argumentales vagamente similares, la novela original hacía énfasis en el aspecto menos romántico y más vil del personaje.

¿Y entonces? Pues Anne Rice, que creó una moda, tuvo que esperar a que fuera una película, que no adaptaba su novela, para tener su propia adaptación. ¿No os resulta curioso? Bien, así son las influencias y así son las decisiones que respectan a la industria del cine, más cara y con ello más lenta de producir que otros medios. Rice, por otra parte, firma el libreto, con lo cual se explica lo fiel que es a su propio material y también lo bien que entiende el cine, como sabéis un medio muy distinto a la novela.

Rice escribió esta película con Alain Delon en mente (En el papel del Louis que interpreta Pitt), lo cual me parece, francamente, una idea deliciosa.: ¿no es Delon, ese diablo frívolo que solía matar a pleno sol y se paseaba como un samurai, un actor perfecto para ser un vampiro? ¿No es acaso su belleza, con esos rasgos suaves y sus inquebrantables ojos, lo más parecido a un vampiro aristocrático? Yo creo que sí.

Jordan opta por otro camino, y es un camino hollywoodiense, pero no en su vertiente calamitosa, sino más barroca y exitosa. Largos movimientos de cámara usando la grúa, absolutamente acertado diseño de producción del ya de por sí bestial Dante Ferretti, un admirable trabajo lumínico de Philippe Rousselot con gran talento para iluminar sets y dar uso al chiaroscuro y sacar un partido pictórico al sur estadounidense, representado con un gusto insólito. El talento de los implicados brilla, pero Jordan y Rice dan a Kirsten Dunst un papel ambiguo, y se atreven a dibujar una infante vampírica con pulsiones sexuales que devienen, en realidad, el romanticismo de amar y no saberse correspondido o, incluso peor, necesitado.

La película termina con una coda metaficcional.: es decir, se nos habla del papel del cine dentro de la propia película. Es cierto que ya había referencias al cine en la versión vampírica de Coppola, pero este poético y hermoso final de Jordan bien se dirige a otro destino.: las imágenes, también su transcurrir en el que vamos del blanco y negro al color y superponemos nuestra manera de soñar amaneceres, hablan al vampiro como una epifanía final. ¿No es hermoso?


Shakespeare, un verdadero genio que viene a la mente tras ver este romántico y decadente paseo por el amor inmortal, definió una vez al sexo como ese “monstruo de las dos espaldas”. El vampirismo de Rice no es un vampirismo de dominación, o incluso de una pulsión romántica no resuelta como el Gary Oldman que pierde a Winona Ryder, es, también, el mismo deseo: se reproduce y perdura, y sus paseantes, estos vampiros, son prisioneros en busca de este monstruo de las dos espaldas en distintos objetos de deseo, amantes que se van perdiendo.

Por ser inesperadamente profunda, por ser tremendamente bella, por ser enigmática, por entretener en sus más de dos horas de duración, juzgo y considero a esta película mi favorita del subgénero vampírico, pero, al margen de preferencias, una de las mejores y de las más excéntricas y sensuales. Por cierto, hay una película enloquecida de Neil Jordan que me encanta y nadie recuerda: ‘El hotel de los fantasmas’ (High Spirits, 1984), de los ochenta, cuando el cine se permitía mezclar fantástico y terror como si fueran compañeros de cuna y dejar que la imaginación dinamitara los tópicos con salidas de tono maravillosas. Otro día nos dedicamos a ella.

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