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Gran Cine de Aventuras: 'Waterworld', el guerrero marino solitario

Gran Cine de Aventuras: 'Waterworld', el guerrero marino solitario
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“¿Quieres un cigarrillo? Nunca se es demasiado joven para empezar” – Diácono (Dennis Hopper)

En los tumultuosos y en cierta forma fascinantes años noventa (en los que hubo de todo, bueno y malo) las aventuras creadas desde Hollywood fueron convirtiéndose en eventos mastodónticos cada vez más caros y dependientes del márketing para asegurarse la inversión y la aceptación del público masivo, aunque en pocos casos se alcanzó un consenso respecto a su alcance y su validez. Uno de los casos más célebres fue el de ‘Waterworld’ (íd, Kevin Reynolds, 1995), cuyo rodaje fue ampliamente publicitado como una cadena de desastres sin fin, y su estreno se vio oscurecido por multitud de prejuicios y comentarios despectivos, la mayoría provenientes de la prensa norteamericana, dedicada a derribar a la superestrella que por aquel entonces era Kevin Costner. Desgraciadamente, los prejuicios con películas bastante dignas y hasta notables se han ido generalizando en los últimos años (y ahora, con internet, muchísimo más) y han provocado un desprecio a todas luces inmerecido hacia obras que seguramente debían haber recibido otro trato, como le ocurre a esta película dirigida por el artesano Kevin Reynolds.

Las “razones” para vilipendiar esta más que interesante película de aventuras fueron tan peregrinas como que era un “Mad Max en el mar”, “una infantil película apocalíptica” o “una muestra del monstruoso ego de su estrella y productor”. Demasiado acostumbrado estoy a que se desprecien películas más que válidas sin emplear absolutamente ningún argumento (mientras se ensalzan sin rubor, y también sin argumentos, otras que no pasan de correctas, o que incluso son aburridísimas), pero debo confesar que acudí al cine sin ninguna esperanza de ver algo decente, y salí más que satisfecho con una aventura violenta, a ratos salvaje, luminosa, por momentos hasta dionisíaca, siempre divertida y con secuencias de acción memorables, que lograba un precario equilibrio entre la ciencia ficción y la fantasía, entre lo adulto y lo juvenil, y que aunque empleaba una serie de arquetipos del cine de aventuras, era capaz de no caer en los tópicos y no se daba demasiadas facilidades a la hora de crear espectáculo y asombro en el espectador. Y yo creo que muchos espectadores supieron agradecer un esfuerzo narrativo de aventuras como éste.

El director Reynolds nunca será un hombre célebre en la industria. A sus casi sesenta años, este tejano no posee una trayectoria demasiado larga, pero es un realizador más que sólido, aunque haya dirigido el peor Robin Hood de la historia (con permiso del horrendo de Ridley Scott). Pero en su ‘Rapa Nui’ (íd, 1994) se percibía a un cineasta con buen ojo, intenso y hasta épico, y en su valiente adaptación de ‘El conde de Montecristo’ (‘The Count of Monte Cristo’, 2002), aunque con sus sombras, daba muestras de su solidez y de su fuerza expresiva para el cine de aventuras. En el proyecto que hoy nos ocupa, parece ser que los problemas fueron muchos y casi insalvables. Al ser una producción con decorados tan enormes, con efectos especiales casi en cada plano, con muchos extras y complicaciones, Reynolds se vio al límite de sus fuerzas, y cuentan que en muchas secuencias hubo de ser ayudado por el propio Costner (aunque las mala lenguas hablan de enemistades y egos…). Sea como fuere, ésta película se sitúa bastante por encima de la media de aventuras, aunque sólo sea por su carácter casi suicida, y por proponer una peripecia sensorial tan vasta.

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Un mundo devastado

Todos conocemos el trasfondo de la película: con el calentamiento global (que incluso en ese momento se veía como una especulación sin base científica, parece mentira) se derriten los polos y el nivel del mar sube drasticamente, inundando gran parte de la superficie terrestre. Así las cosas, con el derrumbe de la civilización y con la necesidad de vivir sobre barcos y ciudades flotantes, la humanidad se ha dispersado en tribus y grupos de bandidos, y se ha reinstaurado la ley del más fuerte. Como premisa inicial, me parece insuperable. Pero es que además, Reynolds, Costner y sus guionistas Peter Rader y David Twohy aprovechan esta idea para establecer una parábola ecologista respecto al mundo real, para hablarnos de la dependencia de nuestra tecnología hacia el petróleo, y para, de paso, desmelenarse en plan gamberro con los Smokers, la banda de forajidos más mugrienta y divertida que conozco, comandada por el villano más trastornado en bastantes años de cine, el inolvidable Diácono (Deacon en el original), una suerte de fusión entre un pirata, idealista, genial orador y líder espiritual, y tirano mefistofélico, parche incluído.

En oposición, claro, el gran héroe, al que se le da el nombre genérico de Mariner. Un tipo solitario, silencioso y hábil, que sobrevive por su cuenta, que nada debe a nadie y que, en su condición de mutante capaz de respirar bajo el agua, se sabe un apestado y un paria eterno en un mundo en que el salitre y la hipocresía (tan parecido al nuestro) lo devora todo. Como en muchos relatos de aventuras, será héroe a su pesar, cuando se descubra a sí mismo mucho menos cínico de lo que creía y capaz de sacrificar su tranquilidad por asegurar la supervivencia de otros seres humanos. Me parece bastante hermosa la relación de amistad que le unirá con la niña Enola (interpretada con gran valentía y astucia por Tina Majorino) y la compleja, sensual y difícil que mantiene con su madre adoptiva Helen (una como siempre sólida e interesante Jeanne Tripplehorn). Creo que Costner le echó bastantes redaños para componer y dar vida a este anti-héroe romántico, en la mejor tradición de aventureros que, como Conan, como Jubei, como Mad Max o Han Solo, terminan involucrándose en los problemas ajenos al margen de su propio beneficio. Aunque eso sí, se llevó muchos palos por esta interpretación y algunos comentarios insultantes y agresivos. No es el mejor héroe de acción pero cumple con eficacia.

Pero definitivamente el rey de la función es el añorado Dennis Hopper, más desaforado y salvaje que nunca, en un bombón de personaje que alterna entre lo grandioso y lo grotesco. Se nota que este genio de la interpretación histriónica se lo pasó en grande interpretando al villano de la función. Además él tiene las mejores frases, los momentos más divertidos y desaforados, y Reynolds le entrega la cámara sin ningún rubor para que se luzca en todo su esplendor. Por lo demás, el director narra con un gran sentido de la épica y la atmósfera, y sabe poner la quinta marcha cuando es necesario, y ofrecer también momentos tenebrosos y hasta románticos. Ayudado por una fotografía espléndida del gran operador Dean Semler (cuya irregular carrera no desmerece su buen gusto y su capacidad para usar el scope) y por un diseño de producción realmente meritorio de Dennis Gassner (diseñador que tiene maravillas en su trayectoria profesional, como ‘Camino a la perdición’ (‘Road to Perdition’, Sam Mendes, 2002) y otras), todos ellos entregados a proporcionarnos un viaje emocionante, con una conclusión agridulce y la sensación de haber visto un proyecto casi único, en lo bueno, que es bastante, y en sus partes más convencionales, que se le perdonan por el tremendo coraje con que está hecha.

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Conclusión

Notable película de aventuras, emocionante, divertida y sorprendente, que no descubre ningún Mediterráneo ni propone cosas descabelladas narrativamente, pero que se ve más que bien las veces que haga falta y que, más de tres lustros después de hecha, soporta el paso del tiempo con entereza y vigor. Para la siguiente entrega de este ciclo, una aventura muy diferente, mucho más intelectual y psicológica, que pasó casi desapercibida en el momento de su estreno.

Ciclo Gran Cine de Aventuras

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