He visto el documental de Netflix donde un hombre se hace amigo de un pulpo, y he encontrado una de las historias de amor y amistad más hermosas de los últimos años
Críticas

He visto el documental de Netflix donde un hombre se hace amigo de un pulpo, y he encontrado una de las historias de amor y amistad más hermosas de los últimos años

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Dentro de la innumerable cantidad de discusiones acaloradas que se pueden tener sobre temas relacionados con el séptimo arte, puede que una de las más imperecederas sea la que trata de encontrar cuál es la función principal de un largometraje de cara al respetable. En lo que a mi respecta, esta pregunta tiene una respuesta clara, concisa y que no entiende de etiquetas: el gran objetivo del cine no es otro que emocionar.

Existen ciertos prejuicios carentes de todo fundamento, arraigados en la mente de parte de la sociedad por ciencia infusa, que invitan a dibujar barreras imaginarias entre ficción y documental. En última instancia, lo único que diferencia ambos tipos de producciones —que no géneros— es tan sólo el uso de la realidad como base para contar historias; siendo su principal nexo de unión la simple y llana emoción.

Después de haber caído rendido ante sus 85 maravillosos minutos de metraje, y tras haber llorado a lágrima viva con su atípica relación de amistad entre un octópodo y un ser humano, puedo afirmar sin miedo a equivocarme que 'Lo que el pulpo me enseñó' es un documental destinado a romper cualquier prejuicio frente a la no ficción centrada en el mundo de la naturaleza; todo ello a base de ternura, encanto y una narrativa casi perfecta y digna de Óscar. Puedes verlo en Netflix.

Descubrimientos inesperados y lágrimas a borbotones

My Octopus Teacher

Del mismo modo que el cineasta Craig Foster encontró una suerte de salvación a sus frustraciones existenciales en un lugar tan atípico como un bosque de algas sudafricano, 'Lo que el pulpo me enseñó' me ha brindado, sin esperarlo en absoluto, una de las experiencias más cálidas, cercanas y conmovedoras que me han ofrecido la pequeña y la gran pantalla en mucho, mucho tiempo.

Resulta complicado describir la inmensa cantidad de sensaciones que transmite este debut de Pippa Ehrlich y James Reed —que ya exploró el mundo submarino en el hermoso mediometraje 'Jago: A Life Underwater'—, y encorsetarlo dentro de un género concreto. Y es que su tierno relato de amor entre dos mundos, a priori, incompatibles, discurre hábilmente entre su cariz estrictamente divulgativo y una vis emocional que exprime hasta la última gota de los arquetipos propios de este tipo de argumentos.

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Si ambas caras del documental logran fluir paralelamente de un modo tan orgánico es gracias a una narrativa excepcional. 'Lo que el pulpo me enseñó' encierra tras la aparente simplicidad de su trama un magnífico ejercicio de guión y, sobre todo, de montaje, con un sentido de la urgencia y el conflicto envidiable, y con una progresión dramática que intercala pasajes calmados —en ocasiones, casi poéticos— con secuencias en las que la tensión y el suspense encogen el corazón gracias al férreo vínculo que establecemos con Foster y la adorable criatura coprotagonista.

Al mismo y deslumbrante nivel lucen unos aspectos formales presididos por el trabajo del director de fotografía Roger Horrocks, responsable de la miniserie 'Planeta Azul II'; cuyas tomas submarinas nos llevan de la mano a través de las profundidades sudafricanas mientras nos presenta a sus peculiares habitantes y consigue convertir en algo mágico el simple contacto entre entre un tentáculo y una mano humana. Si a esto le sumamos una banda sonora de Kevin Smuts que potencia, pero no remarca, y una voz en off suave, afectada y sin artificios, el envoltorio no podría ser más idóneo.

Es comprensible que, después de haberme dejado acurrucado en el sofá con los ojos rojos e hinchados tras haber tocado sin tomar atajos mi fibra sensible, no tenga más que buenas palabras para 'Lo que el pulpo me enseñó'. Aunque su libreto pueda pecar de obvio en algunos de sus puntos de inflexión, y a pesar de que su estructura esté claramente calculada al milímetro en la sala de edición, esta pequeña joya lo tiene casi todo para cautivar hasta al espectador más escéptico.

Pero, por encima de todo, puede que su mayor logro, en última instancia, termine siendo su condición de prueba fehaciente de que no existe distinción alguna entre ficción y documental. En el fondo, sólo hay cine, y en este caso, es extraordinario.

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