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Ingmar Bergman: 'Un verano con Mónica', primera obra maestra del director

Ingmar Bergman: 'Un verano con Mónica', primera obra maestra del director
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"Harriet Andersson es uno de los genios cinematográficos. Uno sólo encuentra algunos raros ejemplares resplandecientes en los tortuosos caminos de la jungla cinematográfica." - Ingmar Bergman (Imágenes)

Entre los grandes creadores cinematográficos, no hay una sola carrera parecida en sus inicios. Los ocasos de las diferentes filmografías sí que llegan a asemejarse un poco más (tal como contamos cierta vez), por los imperativos comerciales, por similar temática otoñal, por la serenidad o la complejidad de una mirada que alcanza cierta plenitud, o por muchos factores más. Pero no todo el mundo comienza con 'Ciudadano Kane' ('Citizen Kane', Orson Welles, 1941), o con 'Los 400 golpes' ('Les quatre cents coups', François Truffaut, 1959). Algunos cineastas tardan décadas en demostrar su talento, o su genio. En el caso de Bergman le llevó menos de diez años, y una docena de películas, y a partir de entonces su nombre sería inscrito con letras de oro en la lista de los directores que despuntaron en los años cincuenta en el viejo continente. Creo que aunque no hubiera dirigido nada más en su vida, la enorme influencia de esta película en las vanguardias europeas, no siempre asumida como tal, y su inmensa labor teatral, habrían bastado para garantizarle un lugar de privilegio en la memoria cultural y artística de mediados de siglo.

Por suerte, no fue así. Y Bergman aún habría de superarse, aunque sin duda 'Un verano con Mónica' ('Sommaren med Monika', 1953) se puede colocar sin ningún problema entre sus obras maestras, y la primera de todas ellas, a la edad de treinta y cuatro años. Siendo, además, una de las películas europeas más famosas de todos los tiempos, es conveniente, a la hora de comentarla, dejar un poco de lado el fervor que despertó en la crítica francesa más vitalista (y más ávida de demostrar la audacia del cine europeo frente al academicismo norteamericano), y el enorme éxito que conoció en las salas de medio continente y parte del extranjero, mayormente motivado por la imponente presencia de la Andersson y la célebre secuencia de altísimo erotismo (para la época, ahora parece hasta angelical) de la que se ha escrito casi tanto como de la secuencia de la ducha de 'Psicosis' (íd, Alfred Hitchcock, 1960). A fin de cuentas todo eso son anécdotas que carecen de interés frente a la enorme fuerza expresiva y alcance poético de un filme irrepetible, una joya del cine que resiste el paso del tiempo de forma admirable, y cuyas ramificaciones morales continúan en plena vigencia hoy día, con toda su luminosa oscuridad.

Creo que el propio Bergman expresa a la perfección las sensaciones que produce esta película cuando explica, acerca de la libertad de su rodaje, que simplemente se largaron al campo y todo surgió con gran rapidez. Todo eso se palpa siempre en la pantalla, se puede casi tocar. Como se puede casi tocar y percibir sensorialmente un entorno bucólico, la espuma de las olas, y el cabello, la boca y la piel de Monika. No es de extrañar que, en una astuta jugada comercial, los distribuidores de la película en Estados Unidos la vendieran como una película erótica, y no tuvieran ningún reparo en promocionarla masivamente con fotos de Harriet Andersson medio desnuda y con las imágenes más indelebles de ella en la playa o en el campo, como si de un simple "exploitation filme" se tratara. Este tipo de "promociones" provocaron esa percepción de cierto espectador estadounidense hacia el cine europeo como exótico o extravagante. Pero incluso puede rastrearse la influencia de 'Un verano con Mónica' en el cine americano de los años sesenta, ya que en esencia es una "road movie" en la que el sexo y la violencia se muestran sin condescendencia hacia el espectador, y en la que el itinerario, con todo su poder sensorial, es muchísimo más importante que sus razones o su final.

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Ligereza e intensidad

En el trenzado de secuencias que compone la parte más sublime de la película (por supuesto, todo el largo fragmento en mitad de ninguna parte), el espectador asiste a una mezcla insuperable de ligereza e intensidad, que jamás juzga a sus patéticos, y a menudo mezquinos, personajes, para darnos la posibilidad de asistir a una aventura de la que consentimos formar parte, pues Bergman sabe bien que estaríamos bien dispuestos a intercambiarnos por ellos, por muy dolorosas que fueran las consecuencias. Y, más sensual que nunca, se vuelca en su labor de puesta en escena y regala una puesta en escena que puede parecer sencilla y hasta improvisada, pero que esconde una autoexigencia extrema, destinada a que esta peripecia sea lo más atractiva posible para el espectador, desde el placer puro que significa degustar de unas imágenes diáfanas, en las que cabe sin ambages la expresión dionisíaca. El éxtasis fugaz de un verano en el que todo es posible, y en el que por lo tanto todo sale mal. Cuando lo mejor del ser humano parece estar a punto de aflorar, la mezquindad, el capricho en forma de amor, el egoísmo extremo lo destruyen todo y convierten a ese episodio vital en un sueño de tintes existencialistas, en el que el amor pierde para que gane la cobardía.

Sin apenas música, y nunca para dirigir las emociones del espectador, la imaginación de Bergman convierte a la secuencia de 'Un verano con Mónica' en pura música. Las emociones y los gestos de sus personajes son una verdadera partitura orquestada por un maestro para el que lo obvio (la trama) es una cortina bajo la que desplegar su visión de la fatalidad amorosa hecha cine. En ese sentido Harriet Andersson, pareja por aquel entonces del director y verdadero núcleo vital de la película, se apropia de la cámara, y entre ambos parece existir una especie de acto amoroso en cada plano, en cada movimiento. Este animal cinematográfico sostiene la tensión subterránea de la película como si respirase, siempre serena y lúcida, inteligentísima a la hora de entender las intenciones invisibles del director, y capaz de ofrecer mucho más, como si fuera poseedora de un secreto que nadie, ni siquiera Bergman, consigue descifrar. Y ahí está la magia de esta película. Su compañero de viaje, Lars Ekborg, aunque impecable, se sabe un apoyo para que brille y deslumbre una actriz que jamás estuvo más sensual y más verdadera, y que más que interpretar se convierte hasta el alma en un personaje al que despreciamos y adoramos a un tiempo.

Es muy difícil explicar la sensación de nerviosismo, la enigmática fuerza oscura de una película que deja exhausto y nos convida a mirarnos en el espejo de la soledad. En comparación con otras obras maestras de Bergman, como 'Gritos y susurros' ('Viskningar och rop', 1972), esta película parece hasta tosca, salvaje, desequilibrada. Pero creo que ahí radica también la razón de su magisterio. La incomprensión disfrazada de pasión de esta pareja, su vitalismo enmascarador de una desesperación sin límites, nos está servida de manera descarnada, algo suavizada por el bellísimo entorno natural en que transcurre gran parte de la historia, expresión metafórica de los sueños perdidos de dos seres a los que la vida les queda grande, y optan por el camino de la felicidad insensata, creyendo poder sentirse al margen de la codicia, de la hipocresía de una sociedad que al final les absorberá y les hará conocer el precio de su libertad. El operador Fischer ejecuta de lejos su trabajo más redondo, en un blanco y negro que nunca se sabe si es bello o tenebroso. Como la historia. Nunca se sabe si es maravillosa o terrible.

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Conclusión a una maravilla imperecedera

Imposible que gran parte del primer Truffaut existiera si esta película no lo hubiera hecho. Gran parte de lo mejor de los siguientes años en el cine europeo, de lo más certero y lúcido, debe su inspiración a una película que debe verse varias veces antes de hacer una road movie de dos amantes insensatos. Bergman llevaba a cabo un ensanchamiento tremendo de su talla artística casi sin proponérselo, sin el menor divismo, siempre agazapado y humilde. Ver 'Un verano con Mónica' es ver un pedacito de la historia del cine que avanza hacia nuevos territorios, siempre respetuoso con el pasado, pero capaz de ignorarlo lo suficiente como para conquistar nuevas formas. Todo un triunfo.

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