Desde que la gente que entiende el cine exclusivamente como un negocio pasó a dominar la industria, las visiones personales han quedado a un lado, con la preocupación puesta en que las películas repitan tópicos que funcionan y vayan dirigidas a tanto público como sea posible (los famosos cuatro cuadrantes) para maximizar los beneficios. Pero claro, Carlo Padial no ha hecho ni caso porque no le interesa un carajo.
Y la prueba está en su última obra, 'Pizza Movies', porque pocas películas se han estrenado en los últimos años más de nicho y entregadas al amor de la creación por mero cariño. Un quién es quién del humor underground hispano en el que tienen cabida desde secundarios de Venga Monjas hasta el siempre incómodo Miguel Noguera y a la que parece darle absolutamente igual lo que pienses sobre ella. Por suerte.
Una pizza Tom Cruise y una Psicosis
Cuando la gente habla del tipo de cine "que ya no se hace", pocas veces se refiere a películas como 'Pizza Movies', pero ojalá lo hiciera. Porque esta es una película de creadores que necesitan contar una historia tontuela con sus amigos, por el mero placer de hacerlo. En tiempos donde hasta los TikToks tienen una base de "A ver si lo peto", es un gusto ver a personas con imaginación desbordante dándolo todo en una rebelión audiovisual sin complejos.
Dice Berto Romero que lo verdaderamente revolucionario de esta película es mostrar a una pareja que se quiere, pero no estoy de acuerdo: la verdadera revolución es haberla hecho, diga lo que diga la lógica del mercado audiovisual. Es una pieza de artesanía cómica que recuerda a los primeros tiempos de YouTube o 'La hora chanante': obras de autor en los márgenes que gozaban de libertad absoluta precisamente porque al mercado no le importaba lo más mínimo lo que estuvieran haciendo.
Esto lo que uno esperaría de una película de Padial guionizada junto a Carlos de Diego y Desirée de Fez con Berto Romero y Judit Martín: la más accesible de la filmografía del director, pero también la más tierna, divertida y acertada. Es un experimento que sale bien porque todas las piezas caen en el sitio correcto, desde la delicadeza de una pareja que se apoya sin remilgos hasta esa apuesta loca por el drama judicial con Spike Lee de por medio. Es humor nacido de las entrañas del Internet de hace 15 años que emana el mismo cariño, solo que madurado por el tiempo y la sensatez.
¿Quién tiene tiempo libre? Los críticos de cine
Es cierto que en esta mezcolanza casi nostálgica creada por personas que añoran un tipo de audiovisual hecho desde el corazón y la perspicacia (y que ahora parece totalmente desplazado por tonterías al estilo de Mr. Beast), no todo funciona por igual. Por ejemplo, la subtrama del hijo de la pareja, autista y obsesionado con el Jenga y los bongos, nunca acaba de despegar y hacia el final parece un estorbo que el guion no sabe cómo quitarse de encima. Lo mismo ocurre con sus últimas escenas, algo apresuradas y decepcionantes, que no consiguen cerrar el guion con el mismo estilo desenfadado y sin complejos que el resto de la película.
Son pequeños obstáculos que no empañan 'Pizza Movies', una obra que, sorprendentemente, entiende el Internet moderno como ninguna otra película, convirtiendo el negocio en un éxito basado en el puro ridículo, con catastróficos y virales anuncios en Instagram que entienden el ragebait y muestran que no importa si lo que haces es bueno o malo: para triunfar, solo tienes que destacar entre los demás. Si es haciendo pizzas feas (que de feas no tienen nada, por cierto, son auténticas genialidades creadas por Asier Sanz), pues que así sea. Hazte viral, por el motivo que sea. El resto viene solo.
Pero, además, 'Pizza Movies' esconde un hilarante retrato de la crítica de cine que toca demasiado cerca como para no apreciarlo y una muestra más de que Berto funciona mejor como actor cuanta más química tenga con sus compañeros de reparto. Aunque personalmente creo que su verdadera maestría está tras las cámaras, es perfectamente consciente de que, sin él, esta película nunca se habría llegado a hacer, y es lo suficientemente generoso como para dar los mejores gags a una Judit Martín excelsa, a la que es imposible no acabar queriendo cuando termina el metraje.
Esta es una de las sorpresas más gratificantes del año, la muestra de que el cine español aún tiene cabida para propuestas locas, propias, de nicho, baratas y repletas de colegas. Ahora bien, si alguien abre el negocio de verdad, que vaya mandando una Godzilla y una Marilyn Monroe. Prometo tocar el piano con el mismo batín que Miguel Noguera.
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