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'Sólo ellos', sólo Clive Owen

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‘Sólo ellos’ (‘The Boys Are Back’, Scott Hicks, 2009) es una película al completo servicio de Clive Owen, quien también ha ejercido funciones de productor ejecutivo. Y ha elegido para estrenarse en dichas funciones una película cuyo tráiler no le hace demasiada justicia —como casi todos, por exceso o por defecto—, pues parece el típico melodrama bienintencionado para que los espectadores sufran un poquito mientras tiran de cleenex. No voy a decir que la película se aparte demasiado de la tónica general de un género en el que cada vez es más difícil ver algo honesto, pero sí contiene los suficientes atractivos como para no meterla en el mismo saco que muchos dramones actuales.

Uno de esos atractivos es sin duda su actor principal, Clive Owen. El actor de origen británico es uno de los mejores de su generación, y a veces me da la sensación de que es minusvalorado en beneficio de otros que me niego a nombrar. Lamentablemente en España y gracias al doblaje, muchos no pueden disfrutar de la gran versatilidad de este actor, cuya voz es uno de sus máximos atractivos, quizá el mayor. Le hemos visto en película de todo tipo, y en las de acción se pone de relieve un hecho que cada día parece más incontestable, que Owen sería un perfecto James Bond. Pero mientras soñamos tenemos que disfrutarlo en película como ‘Sólo ellos’ que están diseñadas para su lucimiento.

El argumento no es nada del otro mundo, en realidad no es nada original. Tomando como base la novela de Simon Carr, la película narra la historia de un hombre, Joe Carr, felizmente casado, con un hijo pequeño y un buen trabajo. Un día su mujer enferma de cáncer y muere; el mundo de Joe se viene abajo y al mismo tiempo recibe la visita de un hijo adolescente de un anterior matrimonio, un joven con el que nunca tuvo una buena relación. En un mundo de anarquía creado por ellos mismos tratarán de superar sus problemas.

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Scott Hicks, director de ‘Sólo ellos’, había conseguido fama mundial con ‘Shine’ (id, 1996) —para el que esto suscribe, su mejor película—, film australiano que consiguió alzarse con importantes nominaciones a los Oscars. ‘Mientras nieva sobre los cedros’ (‘Snow Falling on Cedars’, 1999) fue su debut en Hollywood, un film bastante irregular al que siguieron la interesante ‘Corazones en la Atlántida’ (‘Hearts in Atlantis’, 2001) y ‘Sin reservas’ (‘No Reservations’, 2007), remake de la estupenda película italiana alemana ‘Deliciosa Marta’. No hace falta fijarse mucho para comprobar que la trayectoria de Hicks ha ido bajando en interés por lo que a priori un título como ‘Sólo ellos’ no las tenía todas consigo.

No nos engañemos. ‘Sólo ellos’ es un drama hecho para enternecer al personal con una trama más bien simple, pero hay en ella unas claras intenciones de apartarse de lo de siempre. Así es de agradecer que en el film no se carguen las tintas en temas tan espinosos como el de la enfermedades terminales que tantos y tantos melodramas manipuladores han utilizado como excusa. Ese pasaje en el film, detonador del tema central del film, está tratado sin ningún artificio ni maniqueísmo, una tónica que Hicks procura conversar en el resto del relato. En su contra juega el hecho de sugerir tramas secundarias que no van más allá de la mera exposición.

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‘Sólo ellos’ es el retrato de reconstrucción del ser humano en tres puntos de su vida a partir de la pérdida de un ser querido. El hombre adulto que se queda sin la persona a la que ama, el niño que lejos de entender qué es la muerte se ve de repente sin madre, y el adolescente con serios problemas de identidad y adaptación. En este aspecto el film juega muy bien sus cartas e incluso se permite algunos toques de humor negro. Curiosamente las apariciones de personajes femeninos —la suegra de Joe o una mujer de la que podría enamorarse— debilitan el relato, un relato de hombres, un padre con sus dos hijos construyendo de nuevo su mundo, en el que no hay mujeres a pesar de que ha sido precisamente la muerte de una mujer la que les ha puesto en esa situación. No deja de tener su punto irónico

El excelente grupo musical Sigur Rós —el director de la película viajó hasta Islandia para convencerlos— y el ex-componente de Dire Straits, Hal Lindes, bañan muy adecuadamente con su música una película que en todo momento evita un naufragio de lágrimas, aunque caiga en mostrarnos algunas típicas postales de película, atardeceres al lado del mar, o mientras un coche se pierde en el horizonte. Imágenes éstas demasiado sobadas en los últimos años del género. Todo ello es compensado con un mínimo de sensibilidad, que no sensiblería, por parte de Hicks y un trabajo de Clive Owen lleno de garra. ¿En estos tiempos? Más que suficiente.

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