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Stanley Kubrick: 'Eyes Wide Shut'

Stanley Kubrick: 'Eyes Wide Shut'
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‘Eyes Wide Shut’ (id, Stanley Kubrick, 1999) cierra, para bien o para mal, la filmografía de un director que ha levantado tantas pasiones como odios —uno de mis juegos de cabrón favoritos es oír argumentos de unos y de otros, y comprobar en ocasiones como los utilizados por sus detractores tienen mucho más peso que los usados por sus defensores—, pero que tiene su lugar en la historia del Cine, le guste o no a esos exquisitos cinéfilos que no comulgan con uno de los cineastas más importantes que ha habido. Aún recuerdo el revuelo que se montó cuando nos enteramos de que Kubrick estaba metido de lleno en la adaptación del libro de Arthur Schnitzler ‘Relato soñado’, en el que se hablaba de las relaciones maritales a través del miedo de los celos, las fantasías sexuales y la infidelidad.

Kubrick quiso actualizar la historia, situándola en el Nueva York actual, con los muy de moda Tom Cruise y Nicole Kidman —matrimonio en aquellos años— como protagonistas principales, luciendo algo más que sus cualidades interpretativas, sobre todo Kidman. Así resultó que muchos esperaban a un Kubrick cuasi pornográfico —el teaser con los dos actores frente al espejo mientras suena la caliente ‘Baby Did a Bad Bad Thing’ de Chris Isaak invitaba a pensar en ello—, cuando precisamente la intención del director era no banalizar temas tan importantes en las relaciones como el sexo, la confianza y sobre todo las fantasías sexuales. A pesar de que creo que se quedó corto en algunas cuestiones, el resultado es una estimable película, que posee además, casi irónicamente, uno de los finales más certeros y coherentes de su filmografía.

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La historia de ‘Eyes Wide Shut’ da comienzo con el matrimonio formado por el doctor Bill Harford (Tom Cruise) y su esposa Alice (Nicole Kidman), cuando acuden a la suntuosa fiesta organizada por un amigo de Bill, Victor Ziegler (Sydney Pollack). Mientras Bill conversa con dos atractivas mujeres que se le insinúan y más tarde atiende una urgencia de Victor, Alice baila con un desconocido que intenta seducirla hablándole sobre el aburrimiento en el matrimonio, el deseo y demás temas de índole sexual. Esa peculiar noche se convertirá en todo un descubrimiento para la pareja, sobre todo para Bill, cuando una vez en casa y bajo el humo de un porro de marihuana —excelente desinhibidor sexual y también oral— éste escucha atento una sorprendente confesión de su mujer. Un tiempo atrás Alice deseó tanto a un hombre que si éste se lo hubiera pedido lo habría abandonado todo por él.

A partir de ese instante, absolutamente demoledor, y en el que queda clara la superioridad de Nicole Kidman sobre Tom Cruise a nivel interpretativo, ‘Eyes Wide Shut’ bucea a través de los miedos y temores de Bill, al que la idea de su mujer con otro hombre le obsesiona hasta límites que no puede controlar. Es precisamente el tramo más recordado en general del film, el bloque intermedio de los tres actos tan habituales en el cine de Kubrick. Pero para quien esto firma, el verdadero interés de la cinta radica curiosamente en el primer y tercer bloque. Está claro que a la mayoría de espectadores les llamó la atención la famosa secuencia de la orgía, que personalmente no veo tan fascinante como el resto del film. Además, en ese segundo tramo, esa especie de descenso a los infiernos de Bill, hay instantes —una sorprendente declaración de amor o el episodio con el vendedor de disfraces y su hija— que resultan interesantes por representar la oculta presencia en todos lados de secretos inconfesables, de fantasías tal vez reales, tal vez no. Pero dichos instantes afectan más de lo debido al ritmo del film, aunque Kubrick controle el tempo en cada uno de ellos.

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Así pues el primer bloque que concluye con la mencionada confesión, marca ya el fuerte carácter onírico de la película, que alcanza su mayor exponente en la impresionante secuencia de la fiesta, con ecos del Ophüls más elegante, como el de ‘La ronda’ (La Ronde’, 1950) —también una adaptación de una obra de Schnitzler—, en la que Kubrick con sus espectaculares travellings y un uso inteligente de la iluminación —deslumbrante debut de Larry Smith en el cine—, muestra casi otro mundo lleno de figuras espectrales que se personifican en sedientas y coquetas top models o elegantes hombres maduros que acosan a su víctima con la delicadeza y estilo de un noble vampiro europeo. El carácter irreal de las acciones paralelas de Bill y Alice darán paso a la puerta que abrirá el descenso al infierno de los celos y las inseguridades de Bill, y más tarde un regreso a la normalidad, no sin fatales consecuencias.

Ese retorno a la normalidad por parte de Bill, y en el que Kubrick juega al suspense como si fuera Polanski —un hombre sigue a Bill por la calle ante la insistente presencia de un piano que forma parte de una banda sonora perfecta, quizá la más perfecta de toda la filmografía de su director—, mucho más interesante y revelador que la estancia en el infierno —la orgía—, y aunque la famosa secuencia alrededor de la mesa de billar entre Bill y Victor confunde más que aclara —ésa es la intención, tal vez—, esa parte tiene la suficiente fuerza dejando clara la salvación del matrimonio a través de la aceptación de las fantasías y lo peligrosas que pueden llegar a ser. El epílogo, esa inquietante secuencia en unos almacenes, no puede ser mejor broche de oro, con ese “follar” final que es toda una declaración de intenciones por parte de un director al que siempre se acusó de frío. Una de las necesidades básicas del ser humano como solución a los problemas creados por la mente. Y cuánta razón tiene Kubrick con su certero y sincero final. Las cosas irían mejor si folláramos más.

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Como siempre Kubrick tardó bastante en filmar su película, repitiendo tomas una y otra vez debido a su tendencia al perfeccionismo. La sustitución de Harvey Keitel por Sydney Pollack, debida a que el primero abandonó el rodaje esperando demasiado tiempo que Kubrick le llamase para filmar su primera escena y no pudo eludir otros compromisos, es quizá la única inconveniencia que surgió en un rodaje laborioso y del que todos guardan un gran recuerdo. Stanley Kubrick murió antes de ver estrenada la que consideraba la mejor película de su filmografía, y Cruise se encargó personalmente de que el montaje del director no se alterase. La gran ironía del asunto fue que Kubrick, un director que casi nunca gozó de bombazos taquilleros —sus películas alcanzaron fama y prestigio con el paso del tiempo— obtuvo un fulgurante número uno de taquilla en muchos de los países en los que se estrenó, superando en algunos al gran hit de aquel año: ‘La amenaza fantasma’ (‘The Phanton Menace’, George Lucas’, 1999)

Dos años más tarde, uno de los máximos admiradores de Kubrick, por petición expresa de la familia del mismo, dejó todos los proyectos en los que estaba metido para dedicarse por completo a uno de los proyectos más acariciados por el realizador durante años: ‘A.I.’.

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