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Stanley Kubrick: 'El resplandor'

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Tras el rotundo fracaso, algo que se equilibró con el paso de los años gracias al mercado casero, de ‘Barry Lyndon’ (id, 1975), Stanley Kubrick se propuso realizar un film taquillero al precio que fuese. Su particular oportunidad para ello la encontró en la adaptación de la novela de un joven escritor con sus mismas iniciales, Stephen King, de quien el director de ‘Lolita’ (id, 1962) no había leído nada, pero sí había visto la película de Brian De Palma ‘Carrie’ (id, 1976) —no sólo una de las mejores adaptaciones de un libro de King que existen, sino también una de las mejores películas de su director—. Echando mano de la escritora Diane Johnson, Kubrick escribió el guión dejando fuera a King, quien siempre manifestó su rechazo hacia la película. El escritor decía que Kubrick no entendía las reglas del género del terror.

Resulta curioso que años después King recuperase los derechos de la novela para producir y escribir una adaptación televisiva, enormemente fiel al libro, dirigida por Mick Garris y con Rebecca De Mornay en su reparto, y que no resiste la comparación con el original. Tal y como aseguraba Kubrick, King parece escribir sobre una idea, la retoca un poco y envía el material a la editorial sin más. Una forma bastante certera de opinar sobre las cualidades de King como escritor de literatura de terror. En cualquier caso, ‘El resplandor’ (‘The Shining’, 1980) ha pasado a la historia del cine como una de esas adaptaciones que mejoran con creces el material original.

A estas alturas hablar sobre el argumento de ‘El resplandor’ puede resultar hasta innecesario. Jack Torrance, maestro de escuela aspirante a escritor, decide aceptar un trabajo de mantenimiento en el hotel Overlook de Colorado durante seis meses. Hasta allí se trasladará con su mujer e hijo, y aprovechará el aislamiento para escribir un libro. Una historia con tres personajes centrales y todo un mundo de horror subconsciente que saldrá a su encuentro. Bajo esa pequeña premisa que parece inofensiva a primera vista se haya uno de los estudios más fascinantes que existen sobre el terror en sí mismo, sobre los miedos que acosan al ser humano. Tal y como decía H.P Lovecraft, y también Edgar Allan Poe, el miedo es una de las emociones más antiguas de la humanidad, y el miedo a lo desconocido es uno de los sentimientos más atrayentes para el ser humano. ‘El resplandor’ es la prueba patente de ello.

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Para dirigir el que ha sido definido varias veces como el primer film épico de terror, Kubrick hizo gala una vez más de su conocida tendencia al perfeccionismo. El rodaje empezó en 1978 y se alargó durante 14 meses hasta poco antes de su estreno a finales de mayo de 1980. Semanas y semanas fotografiando hoteles que sirviesen de inspiración, utilización de los mejores equipos de iluminación —aunque no suele decirse, en ‘El resplandor’ se utilizaron técnica parecidas a las de ‘Barry Lyndon‘—, y cómo no, búsqueda de un reparto perfecto al que someter a duras jornadas de trabajo. Jack Nicholson fue la primera opción de Kubrick, pues era el actor que él quería para su malogrado proyecto sobre Napoleón. En cuanto al niño Danny Lloyd, fue elegido entre 5.000 candidatos a los que grabaron en vídeo, y tampoco se libró de las manías de Kubrick al dirigir. Tanto que muchos aseguran que Lloyd no volvió a interpretar una película en cine debido a su experiencia en el rodaje de ‘El resplandor’.

Precisamente son Jack y Danny los personajes clave del relato. Y he de decir aquí que los distintos montajes conocidos alteran sobremanera la percepción que se tiene sobre ellos. En Estados Unidos la película dura cerca de dos horas y media —es el montaje que un servidor ha visto recientemente—, y fuera de dicho país la película no llega a las dos horas. El propio Kubrick así lo quiso, según él por ciertos problemas de ritmo. En España siempre vimos el montaje recortado, hasta que hace poco se exhibió el otro en el Festival de Sitges. En DVD sólo puede adquirirse en los USA, y recomiendo encarecidamente a todo amante de esta película que se haga con él. Resulta simple y llanamente incomprensible el recorte de Kubrick, pues en contra de lo que él pensaba, las escenas eliminadas para la explotación internacional del film no afectaban al ritmo de ninguna manera. Al contrario. Si cabe enriquecen mucho más un film de múltiples lecturas, haciendo hincapié sobre el personaje de Danny y desvelando matices ocultos sobre la relación del niño con su padre.

Entre las escenas que no se han visto por estos lares tenemos la visita de una pediatra a casa de los Torrance antes de que éstos partan para el hotel, debido a un accidente que Danny ha tenido en el baño. En dicha secuencia, larga e inquietante, sabemos dos cosas que nos intranquilizan. Por un lado, conocemos el episodio de maltrato de Jack a su hijo por boca de Wendy (Shelley Duvall), y también la existencia de Tony, el amigo imaginario de Danny, y el enorme poder que tiene sobre éste. El resto son escenas pequeñas repartidas por la película, por ejemplo, aquella en la que vemos que un televisor emite la película ‘Verano del 42’ (‘Summer of 42’, Robert Mulliagn, 1971), algo que parece meramente anecdótico. O la impactante escena de Wendy pasando por el gran salón lleno de esqueletos, y que en cierto modo subraya el juego de espejos que establece el film.

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Y es que en ‘El resplandor’ casi siempre vemos las dos caras de una misma moneda. O expresado de otro modo, asistimos a una historia donde la dualidad es la única explicación que tendremos, huyendo de lo racional, que es una de las notables diferencias de la película con respecto al libro, donde la maldad residía en un hotel construido sobre un cementerio que actuaba sobre sus ocupantes. Danny y Tony por un lado, llegando el segundo a tomar conciencia —el resplandor del título, poder que comparte con el personaje de Halloran (un convincente Scatman Crothers) y que en cierto instante oirá la llamada de auxilio de Danny—; las dos niñas que se le aparecen a Danny en uno de sus viajes en triciclo por los pasillos del hotel; la mujer, joven y anciana, de la habitación 237, en cuya puerta puede verse en un momento dado la palabra murder (asesinoasesinato) escrita al revés; y cómo no, los dos Jacks del relato, el escritor de temperamento difícil, y el que siempre ha estado allí en el hotel, y que no es más que la representación maligna de todo ser humano. El lado oscuro que se sentirá libre gracias a la incomunicación, al alcohol y a un aislamiento que le hará enfrentarse a lo único que tiene cerca, su familia.

Pero Kubrick va mucho más allá en su exploración del terror, enfrentando la historia de la película a la propia historia del ser humano y la memoria de éste. El resplandor de Danny es algo así como un aviso sobre algo horrible que ha ocurrido y que podría volver a ocurrir. Es por ello que Danny intenta protegerse junto a su madre de Jack, quien también ha sido testigo de la visita del pasado en la habitación 237, pero al contrario que su hijo, no lo toma como una advertencia, sino que sucumbe ante el poder de atracción del mal, sólo por querer ser reconocido —quizá por su poco talento como escritor— dentro del universo fantasmagórico que inunda el hotel. Ha ignorado la historia, por lo tanto está destinado a repetirla, en este caso, lo que el anterior conserje —Graddy, cuya espeluznante conversación con Jack en los lavabos anticipa el peor cine de David Lynch, al igual que Lloyd, el barman— hizo con su familia.

‘El resplandor’ es otra de esas películas a las que el paso del tiempo no ha afectado ni lo más mínimo, sino todo lo contrario. A cada nuevo visionado se descubren en ella matices y elementos que abren nuevas puertas a su sentido, y ahí radica su grandeza, que ésta nunca termina de explicarse racionalmente pues huye del mal tan extendido en el cine de terror: el querer explicarlo todo con pelos y señales. El resto lo hacen la portentosa interpretación de un Jack Nicholson totalmente pasado de rosca, y que por primera vez le queda de miedo, la exquisita banda sonora con temas de Bela Bartok o Györgi Ligeti y arreglos, una vez más, de Wendy Carlos, y por supuesto, el elegante uso de la steadycam —invento de Garrett Brown— que sobre lo que Kubrick definió como una alfombra mágica, nos deslizamos hasta el mismísimo centro del terror, aquel que habita dentro de nosotros.

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