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Stanley Kubrick: 'Senderos de gloria'

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El patriotismo es el último refugio de los cobardes

Tras el éxito de ‘Atraco perfecto’ (‘The Killing’, 1956), Stanley Kubrick lo tuvo relativamente fácil para llevar a cabo su siguiente proyecto, la adaptación de una novela que le había impresionado de joven, ‘Paths of Glory’ de Humphrey Cobb. Kirk Douglas, una de las estrellas del momento, había quedado impresionado con la última película de Kubrick y mostró su interés por el proyecto, tanto para producirlo como para protagonizarlo. Esto proporcionó a Kubrick la primera oportunidad de contar con actores de primera fila para sus películas, algo que empezó a suceder a partir de su encuentro con Douglas. Más tarde y a raíz de su colaboración en ‘Espartaco’ (‘Spartacus’, 1960) ambos cineastas se llevaron a matar —Douglas siempre habló horrores de Kubrick como persona—, pero de lo que no hay duda es de que la presencia de Kirk Douglas en la carrera de Kubrick fue absolutamente determinante.

El presupuesto de ‘Senderos de gloria’ fue de casi un millón de dólares de la época. No era un gran presupuesto pero sí mucho mayor a lo que Kubrick estaba acostumbrado. Volvió a contar con James B. Harris en la producción —Kubrick siempre sostuvo que la productora de Douglas nunca se metió en el proyecto a pesar de estar acreditada— y con Jim Thompson en la construcción del guión en el que también intervino Calder Willilngham cuya carrera posterior habla por sí sola. El resultado fue el que probablemente sea el guión más conciso de toda la filmografía de su director y uno de los puntos más álgidos de su carrera. Una obra maestra del cine bélico, aunque mejor sería decir antibelicista.

Una historia en tres actos

Como en la mayor parte de su obra, el relato de ‘Senderos de gloria’ está dividido en tres actos bien diferenciados que en esta ocasión, gracias a una prodigiosa cohesión, funcionan como unidad en la que todo queda perfectamente cerrado. Eso queda bien patente por un guión perfecto en el que Kubrick y sus dos ayudantes demostrarían una gran capacidad de síntesis, algo que el director no volvería a conseguir en posteriores realizaciones.

El primer bloque muestra como los soldados de un regimiento francés en primera fila de batalla reciben la orden de tomar una colina impracticable. Tras esa acción imposible se esconde la avaricia de un general que incluso presenciando una derrota anunciada ordena disparar contra sus propios hombres que se retiran ante la imposibilidad de avanzar, orden que es rechazada por el oficial de artillería por la gravedad de la misma. Enfadado, el general ordena un consejo de guerra contra sus hombres incapaz de aceptar que la culpa fue suya.

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El segundo bloque narra la elección al azar de tres hombres del ejército francés para ser juzgados por cobardía ante el enemigo, una acusación tan ridícula como inevitable. La mayor parte de este bloque es un juicio que resulta toda una pantomima, los tres hombres son juzgados a muerte y ejecutados ante la mirada impasiva de sus compañeros y cómo no, del espectador, que a estas alturas tiene un nudo en la garganta que tardará en deshacerse.

El último bloque corresponde a una escena que estuvo a punto de no realizarse y que supone la principal diferencia con el libro. Un tramo en el que a modo de falsa esperanza el general recibe su merecido y una estremecedora secuencia —probablemente uno de los mejores finales de la historia del cine— se centra en las miradas de unos hombres cansados de luchar a las órdenes de dictadores que dan órdenes desde sus cómodos despachos o desde trincheras protegidas.

La cámara, el alma de Kubrick

De todos es sabida la manía de perfeccionista que tenía Stanley Kubrick, quien era capaz de repetir más de 60 veces una toma hasta quedar contento, lo cual provocaba el enfado de muchos de sus actores. Pero de independientemente de que esta forma de trabajo sea mejor o peor —realmente nos importan los resultados—, si de toda su obra tenemos que anotar aquella película en la que el uso de la cámara está muy presente, no sólo como recurso meramente estético, sino como elemento narrativo y dramático, creo que ‘Senderos de gloria’ es el ejemplo máximo de esta cualidad. Y son varios los momentos en los que podemos verlo.

Baste citar los impresionantes travellings que recorren el paseo del general por las trincheras infundiendo un valor de mentira a sus hombres, y más tarde a Dax (Kirk Douglas) antes de salir a una muerte segura. La posterior batalla haría las delicias del Spielberg de ‘Salvar al soldado Ryan’, cámara al hombro y uso del zoom para enfocar las reacciones de Dax, todo ello enlazado con uno de los travellings laterales más impresionantes que se hayan visto. La masacre de los hombres del ejército francés que avanzan ante un enemigo que jamás vemos porque no es necesario, de forma realista y contundente. Pocas películas han retratado el horror del combate con tanta precisión como ésta.

En la escena del juicio Kubrick se vale de un gran salón filmado de forma imponente, aumentando la amenaza que se cierne sobre los tres infelices que son juzgados por cobardía para dar ejemplo al ejército. Un gran tablero de ajedrez en la que se juega sin compasión, y por motivos absolutamente ridículos, con la vida de los tres acusados, meros peones dentro de la dictadura militar. En el momento del discurso del abogado defensor, papel que toma Dax, Kubrick sitúa la cámara detrás de los acusados y con un cuidado barrido de cámara enfoca a Douglas quien recita su inútil discurso teniendo en mente únicamente a sus tres protegidos. Para el fiscal y los jueces la vida de aquéllos no tiene importancia, sólo el honor y la dignidad —mal entendidos— del ejército francés.

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La ya comentada escena final, la del canto de la joven muchacha alemana —interpretada por Christiane Harlan que se convertiría en esposa de Kubrick—, es un prodigio de montaje. A través de primeros y medios planos vemos como un grupo de soldados franceses se divierten en un bar tal vez por última vez antes de salir de nuevo a combatir. El dueño del local presenta a una asustada joven para que interprete una canción. Los soldados como locos silban y gritan alterados por la presencia de una mujer guapa mientras ésta comienza muy débilmente una cancioncilla alemana que poco a poco va convirtiéndose en la principal protagonista. Los soldados se van callando y uno a uno van uniéndose a la muchacha en el canto. Es el dolor de un pueblo hundido y herido que ve el mismo dolor en el enemigo. Primeros planos de algunos de ellos llorando no pueden ser más descriptivos. Dax observa la escena desde afuera, y antes de irse esboza una sonrisa comprendiendo que en el ejército hay espacio para la humanidad, muy pequeño, muy breve.

Un reparto estelar y las consecuencias del mensaje

En el cine de Kubrick es muy fácil encontrarse con excelentes interpretaciones en el elenco de actores y evidentemente ‘Senderos de gloria’ no es la excepción. En todo su reparto, perfecto como pocos, sobresale un terceto de intérpretes, el que componen Kirk Douglas, Adolphe Menjou y George Macready, los tres vértices del triángulo que encierra a todos los personajes. Douglas realiza uno de sus mejores trabajos —realizado en la que posiblemente sea su mejor época como actor—, el del coronel Dax, militar intachable pero que posee una dignidad y sensibilidad que le diferencia del resto de mandos. Como uno de sus superiores le indica es un idealista, y Kubrick lo resalta como la única voz sensata entre los altos cargos franceses. George Macready da vida al General Mireau, que ávido por conseguir un buen puesto manda a sus hombres a la muerte y luego trata de justificarse apelando a la cobardía. Kubrick acentuó una cicatriz que el actor tenía en la cara debido a un accidente, y lo cierto es que los resultados son escalofriantes. Aunque a primera vista pueda parecer que Mireau es el auténtico villano de la función, creo que este papel le corresponde al General Broulard, interpretado por Adolphe Menjou. Sus decisiones y manipulaciones esconden una maldad más imprevisible —y por ello, más temible— que la del General Mireau.

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‘Senderos de gloria’ es abiertamente antimilitar y esto no gustó a demasiada gente. En Francia se sintieron ofendidos por la imagen que se daba del ejército francés y el estreno de la película no tuvo lugar hasta 1975. En países como el nuestro, amante de la democracia y enemigo de la censura, un señor bajito y de bigote prohibió el estreno del film, y éste no se produjo hasta once años después de su muerte.

Es imposible ver ‘Senderos de gloria’ y que algo no se altere por dentro de uno. Remueve conciencias y estampa la verdad en la cara sin concesiones ni florituras de ningún tipo. Kubrick siempre declaró que era una película que hablaba de sentimientos y ésa es precisamente una de sus virtudes. Cine visceral en forma y contenido salido del fondo del alma. Puede que el término “obra maestra” se use a veces con demasiada alegría, pero en el caso de ‘Senderos de gloria’ creo que esas palabras se quedan cortas.

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