'The Belko Experiment': un injustamente ignorado cruce entre 'The office' y 'Battle Royale' de James Gunn conectado con 'El escuadrón suicida'
Críticas

'The Belko Experiment': un injustamente ignorado cruce entre 'The office' y 'Battle Royale' de James Gunn conectado con 'El escuadrón suicida'

El terremoto de serie B de ‘El escuadrón Suicida’ ha vuelto a poner el nombre de James Gunn de relieve, un autor surgido del underground que se ha colado en Hollywood y se está saliendo con la suya. Conforme su nombre se hace más y más grande, más urgente se hace revisitar sus trabajos fuera del circuito de las superproducciones, recordando que tiene producciones como guionista que entran de lleno en su universo, como ‘The Belko Experiment’, que adelantaba unas cuantas ideas de su nuevo trabajo.

Tras ‘Tromeo y Julieta’ (Tromeo and Juliet, 1996) y otros proyectos de Troma TV, James Gunn nunca ha abandonado su mirada hacia el terror y, entre remakes de clásicos del cine zombie y su debut con sabor a ‘El terror llama a su puerta’ (1986), aprovechó su éxito con ‘Guardianes de la galaxia’ (2016) para producir un guion suyo controlando todos los aspectos de producción, haciendo de la película un desfile de caras familiares en su nómina, en lo que puede verse como la tropa Gunn, que repiten a menudo, desde Michael Rooker a David Dastmalchian.

Terror en la oficina

Aquí Gunn se acompaña de un magnífico militante del terror que merece siempre recordarse, Greg McLean, que ese mismo año se las arregló para dirigir también ‘Jungle’, apadrinado aquí con la confianza de Gunn para llevar a buen puerto una historia de premisa demencial, un grupo de trabajadores encerrados en su edificio de oficinas con una orden que deben acatar: matar a sus compañeros de trabajo o morir, un pitch que parece una mezcla exploit de ‘Battle Royale’ (Batoru Rowaiaru, 2000) y ‘Trabajo basura’ (Office Space, 1999).

En su día, las altas expectativas, con una idea basada en una sucesión de empleados del mes disparándose a bocajarro, no acabó de cuajar entre el aficionado, pero independientemente de la decepción, ‘The Belko experiment’ era un perfecto ejemplo de survival salvaje lleno de humor negro y crueldad muy misántropa que venía acompañada de una buena ración de sangre hecha con efectos prácticos y corrosivos toques de ironía que van desde planos de perros haciendo pis en momentos clave al uso de la banda sonora.

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Desde luego, no hay nada demasiado sorprendente en lo que propone aquí Gunn. El terror en oficinas dejó unos cuantos títulos esos años, como ‘The Night Watchmen’ (2017) que incluye comedia, gore y vampiros como en la no demasiado estimulante ‘Bloodsucking Bastards’ (2017), mientras que en la, a priori, alocada ‘Mayhem’ (2017), se adoptaba un tono de videojuego por fases con un virus de locura que hacía a los trabajadores volverse locos. Sin embargo, el supuesto a lo ‘Battle Royale’ cambia las intenciones.

El capitalismo es un lobo para el hombre

La diferencia de colocar a los personajes en una oficina en vez de una clase de secundaria es un movimiento involuntariamente maestro para confirmar que, efectivamente, el espacio laboral es tan solo una secuela del instituto, con las mismas envidias, juegos de jerarquía ocultos y mezquindad. Y esto, a diferencia de la película de Joe Lynch, nos da la oportunidad de degustar el corrosivo guion de Gunn, mucho más centrado en el drama de la situación, evitando convertir la sangría en algo festivo, sino en algo desolador y espeluznante dentro de su humor negrísimo.

El guionista se vuelve a mostrar como un gran conocedor del carácter humano más deleznable cuando aflora en una situación de encierro, como hiciera en la increíble ‘Amanecer de los muertos’ (Dawn of the Dead, 2004), pero lo que consigue en medio de su orgía de sangre, gore y tiros en la cabeza, es retratar de forma increíble las dinámicas que existen en el día a día de una oficina, las relaciones de poder y el mundo gris que encierra su glamour externo inherente, que McLean sabe recoger con miradas, lenguaje corporal y relaciones de cristal que estallan en cuanto la situación se tensa.

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‘The Belko Experiment’, como la novela ‘El coleccionista de juguetes’, funciona como un ejercicio de catarsis. Cualquiera que sufra o haya sufrido la vida en una de esas prisiones con forma de mesa de escritorio reconocerá las dinámicas tóxicas, las frases hechas y los falsos constructos de convivencia que se generan en un entorno generado por el capitalismo salvaje moderno. Gunn crea una alegoría sencilla, pero una con un significado satírico tan básico y efectivo como la de ‘El Hoyo’ (2019). Todos somos un número dentro de un entramado más grande.

La conexión latinoamericana con 'El escuadrón suicida'

Su final indica bien la imposibilidad de salir del bucle y resulta quizá la mirada más nihilista a la perspectiva profesional de la economía occidental, obligados a un juego de supervivencia básica que no cambia por mucho traje y corbata o coches de empresa con el que se revistan. Su reflexión de la naturaleza humana se apoya más en Rousseau que en Hobbes, poniendo la diana de la culpa en las grandes corporaciones. No por casualidad la historia tiene lugar en un edificio de una empresa americana en Colombia, acentuando la idea del capitalismo colonizador de EE.UU.

Una idea que retoma sin remilgos en ‘El escuadrón suicida’, en donde los experimentos, con responsabilidad final en los Estados Unidos, tienen lugar en una isla de Panamá. Más concretamente en un edificio también aislado y opaco a la población. En ambas películas hay dejes latinos por doquier, aunque en ‘Belko’ hay una gran selección de versiones de clásicos americanos en Español. Otro detalle en común es que la técnica de dominio y control son implantes cerebrales explosivos idénticos que se activan desde una sala de control televisada dándole a un botón.

The Belko Experiment Trailer 3

‘El escuadrón Suicida’ hace más patente que ‘The Belko Experiment’ es una película puramente Gunn, pero su autoría no debe minusvalorar el buen trabajo de McLean, especialista en un tono de terror ultraviolento que sabe captar perfectamente la experiencia traumática de la muerte sin rebajar el valor lúdico de sus propuestas, un fino equilibrio que convierte el film en una experiencia de exterminio minimalista, tan absurda y negra como el espectáculo de ejecuciones de ‘Chekist’ (1992) y tan macarra como algo de Takashi Miike. Mucho más radical y reivindicable de lo que se quiso ver en su momento, hoy más aún.

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