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'The Matrix', buenas ideas masacradas por una dirección calamitosa

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Vosotros sois la plaga…y nosotros la cura

-Agente Smith

La ciencia ficción (o, más exactamente, la ficción científica, que es una traducción más exacta y no un anglicismo), cuenta entre su cinematografía con pocas obras excepcionales, quizá porque domeñar sus códigos, su misma esencia, y al mismo tiempo crear algo original, personal, es algo extremadamente difícil, que muy pocos grandes artistas han podido convertir en algo único. Ahora bien, maravillas como ‘Hijos de los hombres’, ‘The Terminator’, ‘El planeta de los simios’, ‘Stalker’, ‘Metrópolis’ o ‘Soylent Green’ demuestran hasta donde puede llegar esta forma de poesía en su función de radiografía del presente y en la de profetizar el futuro.

Quizá sea necesario estar hecho de una pasta especial, además de la vasta cultura y observación analítica para cuajar un gran título de ficción científica. También creo que es necesaria una honradez a prueba de divismos y de búsquedas de éxitos económicos, y una gran dignidad artística para ir hasta el final. Dudo mucho que los ínclitos hermanos Wachowski reúnan ni una sola de estas condiciones, sino más bien algunas otras, directamente opuestas.

Realidades alternativas y profecías

Resulta muy interesante constatar hasta qué punto todos los relatos estructurados según la convención de “la búsqueda del héroe” repiten un cierto esquema hasta la saciedad. Esquema que tan solo un talento como George Lucas pudo fusionar con gran belleza en la fundacional ‘Star Wars’, y que en 1999 fue transcrito con algunas ideas interesantes por los proverbiales hermanos en un guión con bastantes posibilidades, recurriendo, eso sí, al clásico cuento de realidades alternativas. Pero vamos por partes.

La cosa empieza bastante bien, aunque tampoco sea nada excepcional. Una fugitiva de la justicia, aparentemente, es acorralada por la policía en un edificio, y después perseguida por los agentes, y por unos individuos con el aspecto clásico de pertenecer al FBI (aunque pronto veremos que esto no es así). Tras una persecución no demasiado lograda, aunque digna, por varias azoteas, la chica realiza un salto imposible entre dos edificios, para después lanzarse, casi volando, por una ventana. Uno de los supuestos federales realiza un salto similar para alcanzarla. La secuencia termina con la chica desapareciendo en el último segundo antes de ser aplastada por un camión (conducido, claro, por estos supuestos federales), mientras intenta “escapar” efectuando una llamada telefónica.

Digamos que este arranque promete una atmósfera, unos códigos y un frenesí que nos mantiene atentos a lo que sucede, a ver a dónde nos llevan los directores. El siguiente bloque es bastante peor. Nos presentan a una especie de hacker que durante el día tiene un puesto en una empresa informática. Neo (anagrama facilón de One, el único o elegido) está interpretado con absoluta falta de recursos por el paupérrimo actor Keanu Reeves. La cosa empieza a hacer aguas. Desde su aparición, es completamente imposible experimentar la mínima empatía por este individuo. Pero le vemos encontrarse con Trinity (una desaprovechada Carrie Anne-Moss, una actriz casi siempre muy interesante), tras un guiño al cuento de Lewis Carroll “Alicia en el país de las maravillas” (esos guiños se irán sucediendo durante la primera parte de la película). En su oficina, tiene lugar la primera secuencia absurda de una película que, incomprensiblemente, patina con la desidia de los cuentos mal armados: un tal Morfeo, al que Neo no conoce, le llama a su oficina y le insta a salir de allí porque sabe que vienen a buscarle. Neo, de manera risible, se pone en tensión tras escuchar las advertencias de un desconocido y hasta llega a intentar hacerle caso, saltando del edificio.

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Soy consciente de que esto representa una primera prueba de fe para Neo, en teoría el elegido de una profecía que asegura que él salvará el mundo. Y también que, al fracasar (como Luke en Dagobah) comienza su aprendizaje hacia la comprensión de sus capacidades. Pero mientras Skywalker (interpretado con gran convicción por el siempre denostado Mark Hamill) queda creíble cayendo en sus miedos y sufriendo un doloroso fracaso, Neo, por una mala escritura y una peor dirección, queda ridículo, imposible de creer.

Regresa un personaje bastante interesante, el agente Smith, interpretado con gran fuerza por un estupendo Hugo Weaving (sin duda entre lo mejor de la película) para intentar adherirse a Neo, a lo que el elegido se niega. Detalles como este indican que los hermanos W. iban escribiendo sobre la marcha, pues guarda poca coherencia argumental que Smith intente primero ganarse a Neo, para luego pasarse tres películas buscando la forma de destruirle, más aún cuando incluso es capaz de borrarle para siempre la memoria.

Pero Neo tiene un destino y Morfeo (un inaguantable, pasadísimo, risible, Lawrence Fishburne, que a menudo demuestra su talento, no aquí) logra “despertarle”. En una secuencia bastante bien escrita, le saca de su hibernación, por así llamarla, y le explica la cruda realidad. Con la famosa frase “bienvenido al mundo de lo real”, concluye la primera parte, que pese a sus defectos, es bastante interesante. Los W establecen un tono y una atmósfera (con sus luces y sus sombras) y se disponen, una vez establecidos los cimientos, a culminar la historia.

Un desarrollo de autocomplacientes aficionados

El problema es que, a partir de aquí, lo (poco) que se había conseguido se echa a perder. Creo, sinceramente, que este mundo es en verdad una suave apariencia, que puede desmoronarse con un poco de esfuerzo y mucho coraje. Por eso me gustan las historias que indagan acerca de la mentira del mundo en que vivimos, sea en clave metafórica o directamente gráfica. Pero para cuando Neo acude a visitar al Oráculo, se han abandonado de forma incomprensible los rasgos científicos, para abrazar sin pudor los fantásticos.

Existen renombrados filósofos que han encontrado ideas de incontestable resonancia en el pequeño bloque que tiene al Oráculo (interpretado por la fallecida Gloria Foster) como protagonista. Yo debo ser lelo, o de necesitar una lobotomía, porque no encuentro nada de especial en él. La robusta mujer negra examina los ojos y la boca de Neo, llega a la conclusión de que no es el Elegido (luego sabremos que es un truco suyo para demostrarle que sí lo es…) y, finalmente, deja caer una advertencia: “vas a tener que elegir”. Y coloca a Morfeo en una mano y su propia vida en la otra. Sólo uno se salvará. Podría ser emocionante si Neo fuera ese héroe compasivo que nunca es, entre otras cosas por la incapacidad, ya citada, de Reeves para otorgar a su personaje algo más que un peinado molón.

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Efectivamente, llegan los agentes, capitaneados por el brutal Smith, cogen a Morfeo (que se sacrifica porque cree en Neo) y se lo llevan. El último bloque de la película consiste en el inevitable intento de rescatar a Morfeo por parte de Trinity y Neo, un intento de crescendo más basado en el despilfarro de balas y destrucción que en auténtica capacidad de tensión y frenesí narrativos. Como no podía ser de otra manera, rescatan a Morfeo, y como no podía ser de otra manera, Neo se enfrenta a su destino y descubre su verdadera naturaleza.

No voy a profundizar, una vez más, en que Neo es un personaje que me parece falto de todo interés. Podríamos hablar, llegados a este punto, del punto de vista inherente a dos personalidades artísticas tan cuestionables como los Wachoswki. A fin de cuentas, en el arte, lo bueno es que puedes (y debes) ponerte en el lugar del artista. Me voy a permitir la licencia de hacerlo con algo de sorna, pidiendo perdón por adelantado: “somos Andy y Larry Wachowski, queremos forrarnos de pasta y hacer alucinar al espectador, de modo que vamos a plagiar esa idea de que las máquinas toman el control de la Tierra (que vimos en ‘The Terminator’), mezclada con una fusión de teorías mesiánicas y cultura cyber-punk, y vamos a triunfar”.

Puede parecer exagerado lo que digo, pero si estamos hablando de la destrucción de la humanidad, parece un tono descaradamente frívolo coger a tus personajes, unos luchadores que se sacrifican para que la raza siga adelante, y ponerles una ropa y un aspecto super cool, y unos movimientos de combate tan chulos, y unas frases tan forzadamente poéticas (algunas ridículas: “lo que te ha dicho es para tí...y sólo para tí”). Sobre todo, finalmente, queda un desarrollo de aficionado, que alimenta la idea de improvisación en la escritura y de soluciones incoherentes en la puesta en escena. Fijémonos bien en su endeble andamiaje: presentación, liberación de Neo, entrenamiento de Neo, encuentro con el Oráculo, salvación de Morfeo y revelación de Neo. No hay más. Y de todo ello, lo mejor la liberación de Neo.

Conclusión: floja acción, tristes continuaciones

¿Es este la gran acción que tantos defienden? A mí me parece una planificación digna de un videojuego de Play Station 2. Además, si el espectador se fija, resulta que Reeves es el intérprete menos adecuado para hacer acción. Quizá por sus múltiples accidentes de moto (porque en ‘Point Break’ no le pasa lo mismo), el caso es que Reeves es incapaz de mover el cuello. No bromeo. Presten atención. Corra, salte o se gire, su cuello permanece en la misma posición. Este lamentable actor no puede ni hacer creíble una patada. Sin comentarios.

En cuanto a las dos partes que siguieron a este éxito de taquilla, he de reconocer, no sin vergüenza, que jamás he podido verlas completas sin caer dormido, aunque esto fuera a las dos de la tarde. Prometo volver a intentarlo, para completar mi apreciación sobre la “obra magna” de los ínclitos hermanos W.

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