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Algunas imágenes de la catástrofe (1)

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Como la otra, la historia del Arte está llena de imágenes de catástrofe. No es de extrañar, ni tampoco que el cine, arte penúltimo e industrial, use todo su poderío, su importante pirotecnia, para imaginar y recrear la destrucción masiva. No sorprende decir, ni escribir, que podemos encontrar centenares de imágenes de destrucción en muchas películas porque la espectacularización del apocalipsis es una constante de un imaginario, ni hay mayor novedad en el hecho de que habrá entre diez y treinta películas que imaginen una urbe explotando lentamente. Pero merece la pena considerar las películas que han intentado erigirse, intencionadamente, como alegorías, aquellas cuyas resonancias no son mera coyuntura.

Habrá visto ya el lector uno de los muchos planos secuencias de ‘Hijos de los Hombres’ (‘Children of Men, 2006) de Alfonso Cuarón, una película ya clásica dentro y fuera de la ciencia ficción, ya sea por su brutal, inteligentísima y rabiosamente viva puesta en escena, que entronca varios planos secuencia imposible y sitúa de lleno al espectador en una distopía en la que ya no es posible tener hijos. La decisión de Cuarón no puede ser más consecuente porque su catástrofe nos sitúa no ya en la perspectiva del personaje sino en la del mundo que debemos mirar. Es el llanto del niño el que apaga, de manera efímera, una guerra sin sentido, es un barco en la neblina llamado Esperanza el que anuncia algo mejor. Pero son los planos secuencias los que constatan el espacio opresivo, en ruinas y en llamas, en el que se mueven los protagonistas: las imágenes de esta película contienen alegoría porque no pretenden sino que crean.

Un mediocre crítico norteamericano escribió que ‘Soy Leyenda’ (‘I am legend’, 2007) era digna de celebración porque tenía lo mejor de la cinta de Cuarón sin sus peores elementos, como la alegoría política. La ignorancia de tal reseñista era brutal porque la película de Cuarón es, esencialmente, una alegoría y cuando digo esencialmente me estoy refiriendo a toda su forma. Podría argumentarse que el relato es de aventuras, pero todo está subyugado (o elevado) por el sentido de la puesta en escena de su director: la imagen del Picasso decorando la casa de un político, las vallas, que como dice George Steiner son para el ganado, para los barrios de la inmigración, etcétera. No pretendo decir que sea una película llena de símbolos, pretendo decir que son los símbolos y su forma los que hacen toda la película.

En ese sentido, hay poca duda respecto a Cuarón. En su película anterior, ‘Y tu mamá también’ (id, 2001) narraba el despertar sexual de dos jóvenes como forma de eclipse político. Las imágenes no estallaban explícitamente hasta el final de la película, en una osadía interesantísima. La historia de Cuarón no era una alegoría sino algo más interesante, un relato íntimo en el que podían explotar algunos subtextos, unos personajes vivos, excesivos, a veces incluso incomprensibles, con los que el espectador podía aceptar viajar. Tal acierto me parece que no se valora lo suficiente, al menos diez años después del logro.


La última de las secuencias la da Christopher Nolan con ‘El caballero oscuro’ (The Dark Knight, 2008). Ha comentado Chris Fujiwara que tras una primera mitad basada en el cine negro, llega una torpe y más bien poco interesante alegoría-intento de justificación. Y tiene razón. No es un problema nuevo en Nolan, ya estaba visto en ‘Batman Begins’ (id, 2005) pero entonces pensé que era fruto del escaso potencial de David S. Goyer, bastante ingenuo al equiparar a R’As Al Ghoul con un terrorista de Al Qaeda mediante diálogos apresurados. Los problemas de la secuela son más interesantes respecto a la alegoría: al menos Nolan pretende que sean las imágenes las que evoquen al terrorismo islámico, con esos vídeos del Joker o el extenso plano secuencia de la ruptura.

El Joker es un villano memorable, quede dicho, pero uno vacío, si acaso un interesante concepto filosófico y un gran personaje de ficción, pero no un símbolo. Su ascenso al poder es, efectivamente, lo más interesante de la película, pero el discurso de los barcos y su búsqueda para convertir a Dos Caras en un aliado en la lucha provocan el fracaso (alegórico) de la película, ocupada en menesteres épicos para atender con poesía o con cierto cuidado a sus significados. El problema de Nolan es acaso el mismo que reprochó, tiempo atrás, a la alegoría un inspirado Croce, citado por Borges en su impresionante ensayo sobre Hawthorne, y es el de hacer de la alegoría algo que “vendría a ser una adivinanza, más extensa, más lenta y mucho más incómoda que las otras”.

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