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Sam Peckinpah y la poesía de la violencia

Sam Peckinpah y la poesía de la violencia
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Soy una puta, pero una puta muy buena

Con esa contundente frase se definía a sí mismo Sam Peckinpah, de quien un servidor conoció su existencia precisamente el día que anunciaron su muerte, un 28 de diciembre de 1984, cual cruel broma del destino. Con la emisión de ‘La balada de Cable Hogue’ (‘The Ballad of Cable Hogue’, 1970), uno de los westerns más líricos y tristes que se han hecho, me encontré con un director que dotaba a sus secuencias de una fuerza inusual, con un tratamiento de la violencia único, mil veces imitado, otras tantas homenajeado, y nunca superado.

En Blogdecine os ofreceremos dentro de poco un repaso a la filmografía de Peckinpah, paralelamente al que un servidor está haciendo sobre Clint Eastwood en su doble faceta de actor y director. Nos centraremos en sus trabajos para la pantalla grande, desde el primero, ‘Compañeros mortales’ (‘The Deadly Companions, 1961), hasta el último, ‘Clave: Omega’ (‘The Osterman Weekend’, 1983), tocando algunos factores de su vida personal que indudablemente influenciaron en su forma de hacer cine, de lo ligado que estaba a México (lugar en el que siempre se sintió como en su casa), de su relación con las mujeres (jamás ninguna, de cualquier condición social o edad, se le resistió sexualmente hablando), del valor de la amistad (Kris Kristofferson lo definió como el mayor hijo de puta que había conocido en su vida), y de sus problemas con el alcohol.

Pero sobre todo, hablaremos de la capacidad de Peckinpah (que hacía westerns, incluso cuando no los hacía) para convertir la violencia en pura poesía, y de cómo el tiempo parece detenerse cada vez que esa violencia aparece en sus películas, para convertirse en un espacio íntimo en el que la vida es algo fugaz que está a punto de irse.

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