En junio de 1893, Lizzie Borden fue juzgada y absuelta del asesinato de su padre y su madrastra. Más de 130 años después, el caso sigue siendo uno de los grandes misterios criminales de Estados Unidos y sigue alimentando novelas, películas, series y todo tipo de teorías sobre lo que ocurrió realmente aquella mañana de agosto de 1892.
Y ahora, Ryan Murphy e Ian Brennan recuperan la historia para la cuarta temporada de 'Monstruo', la antología de Netflix que ya ha convertido en protagonistas a figuras como Jeffrey Dahmer, Lyle y Erik Menéndez o Ed Gein. Si las anteriores temporadas partían de asesinos cuya culpabilidad estaba clarísima, el caso de Borden plantea un escenario mucho más ambiguo, porque fue acusada de matar a hachazos a su padre y a su madrastra, pero un jurado la declaró inocente y nadie más llegó a ser juzgado por los crímenes.
La historia nunca dejó de señalarla
El crimen que puso a Lizzie Borden en el centro de la historia ocurrió en una calurosa mañana de agosto de 1892 en Fall River, Massachusetts. La primera víctima fue Abby Borden, de 64 años, segunda esposa de Andrew Borden y madrastra de sus dos hijas solteras, Emma, de 41 años, y Lizzie, de 32. Más de una hora después, Andrew regresó a casa después de hacer unos recados y también fue asesinado. La policía, alertada por Lizzie, encontró a su padre en el sofá del salón, prácticamente irreconocible después de haber recibido once hachazos.
En un primer momento, las autoridades ni siquiera sospecharon de Lizzie. Era una mujer aparentemente tranquila que daba clases en la Iglesia Congregacional Central de Fall River, pero durante la investigación cambió varias veces su versión sobre lo ocurrido aquella mañana. En la casa solo estaban ella y Bridget Sullivan, la empleada doméstica irlandesa de la familia, ya que Emma estaba de vacaciones y otro invitado había salido.
Además, aunque Lizzie y su hermana lo negaban, amigos y vecinos conocían las tensiones que existían dentro de la familia. Andrew era un hombre rico pero muy tacaño, que obligaba a sus hijas a vivir en un barrio modesto y a ahorrar en los gastos de la casa mientras entregaba dinero a la familia de su nueva esposa.
Las sospechas aumentaron cuando un farmacéutico local aseguró que Lizzie había intentado comprar ácido prúsico, un veneno, el día anterior a los asesinatos. Un juez ordenó entonces su arresto y encarcelamiento y, meses después, una amiga declaró ante un gran jurado que Lizzie había quemado un vestido que supuestamente era suyo pocos días después de los crímenes.
Se presentaron cargos formales por asesinato y se fijó el juicio para junio de 1893. Lizzie utilizó el dinero de su padre fallecido para contratar a un prestigioso abogado de Boston y se enfrentó a un jurado compuesto exclusivamente por hombres, ya que en aquella época las mujeres no podían formar parte de los jurados.
El problema para la fiscalía era que buena parte de las pruebas contra Borden eran circunstanciales. Nunca apareció el arma del crimen y la sospechosa visita a la farmacia fue considerada inadmisible durante el juicio. El jurado tampoco quedó muy convencido de que Lizzie tuviera la fuerza física o la personalidad que la acusación le atribuía para cometer semejante crimen y, después de una breve deliberación, la declaró inocente. Nadie más fue juzgado por los asesinatos de Andrew y Abby Borden y la absolución puso fin al proceso judicial, aunque no a las sospechas: Lizzie siguió viviendo bajo la sombra de la desconfianza.
Precisamente esa ausencia de una respuesta definitiva es lo que ha convertido el caso en un filón para escritores y cineastas. El cine y la televisión han vuelto una y otra vez sobre la figura de Borden y la nueva temporada de 'Monstruo: La historia de Lizzie Borden' hace lo propio, aunque cambiando el tono de las anteriores entregas.
Ver 0 comentarios