El cine tiene el poder de hacer medianamente tangible con lo visual y lo sonoro todas las abstracciones más enrevesadas que podemos imaginar. Para algunos, el cielo es el límite, lo cuál no quiere decir que siempre vaya a resultar cautivador en su intento de ser estimulante. No son pocas las veces que la ambición se convierte en algo impenetrable.
Hay ciertas alas de espectadores que son incapaces de interpretar películas concebidas precisamente para ser leídas desde un prisma emocional más complejo y elusivo, casi trascendental. Luego hay desafíos verdaderos a la hora de construir algo inabarcable pero profundo, como es el caso de ‘El amigo silencioso’ (’Silent Friend’).
Quien tiene una planta, tiene un tesoro
Dirigida y escrita por Ildikó Enyedi, la cineasta húngara previamente nominada al Oscar por ‘En cuerpo y alma’ (’Teströl és lélekröl’), esta ambiciosa película naturalista y existencial trata de abordar la existencia humana desde lo botánico y con varias historias cruzadas. Un viaje por el tiempo y por el verdor que ya se puede ver en streaming a través de Filmin.
Tres personas distanciadas en el tiempo han pasado por delante del mismo árbol ginkgo situado en el jardín botánico de una universidad alemana. La primera estudiante universitaria que conecta los patrones de plantas antiguas con la fotografía en el año 1908, un joven estudiante que se transforma por cultivar y conectar con geranios en 1972 y un neurocientífico hongkongnés que experimenta con bebés y este árbol en el año 2020.
Varios de los mejores actores vivos, como son Tony Leung y Léa Seydoux, aparecen en las diferentes historias cuyas raíces se cruzan a lo largo de casi dos horas y media. Todas desarrolladas con una paciencia absoluta, casi imperturbable a cualquier estímulo externo, y densas como ellas solas en su abstracción visual y su contemplación emocional.
‘El amigo silencioso’: raíces que masticar
Es una manera bastante elaborada de decir que ‘El amigo silencioso’ tiene atractivo en ver actores superlativos defender personajes deliberadamente enigmáticos, aunque el resultado general se parezca a masticar un bocata de cemento. La mentalidad que pone uno a la hora de entrar en la película de Enyedi es fundamental para no quedar abrumado más allá de lo concebible.
Hay méritos en su exploración, como esa joven actriz revelación que es Luna Wedler, pero el ensimismamiento extremo en lo conceptual de su dramatismo acaba expulsando más que estimulando. Tiene su valor si uno realmente quiere algo que sea diferente y salido de lo convencional, pero es conveniente entrar avisado.
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