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'El desafío: Frost contra Nixon', vibrante juicio televisivo

'El desafío: Frost contra Nixon', vibrante juicio televisivo
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Conocer que el cineasta Ron Howard está detrás de ‘El desafío: Frost contra Nixon’ causaba en quien esto suscribe poco menos que un alto grado de escepticismo sobre su capacidad para sorprender. Y es que el director norteamericano tiene bien ganada a pulso su fama de realizador con escasa imaginación y personalidad, sin un estilo definido, sin menoscabar su enorme capacidad como artesano para hacer frente a cualquier superproducción que se le encargue y no caer en el desastre. Aunque viendo su filmografía, salpicada de títulos academicamente correctos, se encuentra esa falta de talento testada, que resta posibilidades de sorpresa.

Con su anterior trabajo, la horrible ‘El código da Vinci’, constataba lo expuesto anteriormente. Así que poco podía esperarse de esta nueva película. Pero la sorpresa ha llegado y ha sido mayúscula, por lo que la subestima hacia Ron Howard se torna reverencia y aplauso por su enorme capacidad para entretener y fascinar con una película sencilla, pero brillante en la narración y sublime en la interpretación.

Howard lleva a las pantallas la espléndida obra teatral de Peter Morgan y repite con sus dos protagonistas principales. Una historia que a los que nos pilla algo lejos los Estados Unidos podría no apetecer en demasía, por aquello de ahondar en capítulos políticos del pasado y que parece una nueva vuelta de tuerca sobre la figura del polémico Richard Nixon y su sonada renuncia al frente del gobierno americano. Sin embargo, el relato de ‘El desafío: Frost contra Nixon’ resulta especialmente interesante y suficientemente bien contado como para que hasta el más despistado sobre los acontecimientos sobre los que se sitúa consiga entender los hechos planteados y disfrutar enormemente con esta especie de thriller.

La trama nos sitúa en el personaje de David Frost, un presentador de televisión británico nada convencional y todo un dominador de los medios, más bien un artista que periodista, además de ejercer de playboy, seductor y gran optimista, en su intención de llevar a cabo una difícil y complicada entrevista. Nada menos que sentar ante las cámaras a Richard Nixon para entrevistarle tres años después de su renuncia y cuando se encontraba de retiro pero con las enormes sombras sobre su mandato todavía asomando sobre su vida y sobre las dudas de muchos de los ciudadanos. En la primera parte del filme vamos conociendo a Frost y sus dificultades notables, su entusiasmo inagotable y ambición, casi sin apoyo (tan sólo por parte de una bellísima Rebecca Hall, que poco aporta como personaje) para llevar a cabo tan complicada tarea. Así como conocemos las intenciones del ex presidente Nixon que encuentra en el presentador a un rival manejable con el que expiar sus culpas y así poder limpiar su currículum político plagado de dudas y acusaciones (sobre todo por el famoso caso del Watergate).

El duelo (que es el desafío insertado en el título español) entre Frost y Nixon se lleva finalmente a cabo y ocupa la segunda parte de la película, donde tras el interesante planteamiento tiene lugar lo mejor de la historia, llena de intensidad, de fuerza y suponen los mejores momentos como cineasta del mencionado Ron Howard. Para ello cuenta con la inestimable y sublime interpretación de ambos protagonistas, dos actores que repiten su papel realizado en la obra teatral y que ofrecen un sorprendente y emocionante cara a cara interpretativo. Al igual que en la ficción, Michael Sheen y Frank Langella exhiben un dominio absoluto sobre sus personajes y suponen motivo suficiente para ver la película.

Ese enfrentamiento entre entrevistador poco preparado pero obstinado hasta el final y el entrevistado, una enorme figura política gran dominadora de las artes dialécticas, nos deparan escenas llenas de ingenio. Varias entrevistas en las que, como si de un combate pugilístico se tratara, vamos encontrando la lucha intelectual entre ambos, uno para expiar sus culpas y otro para intentar que confiese sus pecados. Ambos ayudados de sus respectivos equipos de asesores, donde encontramos también excelentes interpretaciones como la del comedido Kevin Bacon, consiguen poner emoción hasta el final.

Ron Howard consigue que este desafío sirva como verdadero juicio televisivo, en el que se ponen encima de la mesa temas como el poder de los medios, el periodismo de investigación y el manejo (o manipulación) del que son capaces algunas figuras políticas como es el caso de Richard Nixon. Y lo hace con astucia, manejando con maestría el tempo del relato, el sentido del espectáculo y usando los primeros planos para mostrar las estrategias y el estado psicológico, que va oscilando notablemente, de sus protagonistas.

No se puede obviar que, al margen del buen trabajo del realizador, gran parte del peso de la cinta recae, y es algo que engrandece más si cabe la historia (recordemos de base teatral), sobre sus actores. Están inmensos, buen ejemplo de fusión de actor con personaje (sin guardar ambos especial parecido físico) y titánica se antoja la interpretación de Frank Langella como Richard Nixon. Capaz de expresar sus pensamientos con apenas una mirada, un simple gesto, algo complicado de lograr y más cuando un actor se pone en la piel de un personaje público tan conocido. Resulta emocionante cómo encontramos a un Nixon que se nos presenta como un tipo astuto, a veces despiadado, pero también fascinante y atractivo.

Ojalá que Ron Howard mantuviera por siempre este brío y saber hacer, y no nos castigue con más de su habitual, hasta ahora, insulsa dirección. Aunque conociendo que su siguiente trabajo será ‘Ángeles y demonios’, el valor de esta ‘Frost/Nixon’ se antoja mucho mayor si cabe.

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