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No, ministro

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Se ha levantado hoy Cristóbal Montoro muy contento él, muy juez, y el ministro de Hacienda ha decidido, además, ser un poco ministro de industria y ministro de cultura, que es un poco lo que pasa cuando un ministro se bebe la prudencia y se aficiona en público a lanzar ataques contra la industria del país para el cual gobierna. Hacienda es, en esta España actual, un lugar en el cual las donaciones ilegales, por cierto, desgravan.

Y como Montoro estaba muy crítico él, y sin periódico alguno, ha visto claro un problema y ha dicho que la cosa con el cine español es que es de mala calidad. En las páginas del Guardian, un periódico londinense difícilmente relacionado con esa gran conspiración patria y paleta de "los de la ceja", lo tenían bastante claro y dictaban que "el gobierno español está conduciendo una vendetta contra la industria nacional del cine". Con cuatro películas patrias entre las más taquilleras esta semana, tocaba, supongo, reivindicar la excelencia, dado que esta vez el argumento de la rentabilidad ni acompañaba.

Así que, respondiendo a la pregunta de este Montoro bravo, yo digo que no.

No, ministro. Como espectador del cine reciente hecho aquí, nunca antes habíamos tenido una explosión tan variada de talentos, ya sean de cine de autor más radical como de películas de vocación comercial que funcionan. Nunca antes había sido un placer sentarse a descubrir nuevos relatos con esta potencia.

No, ministro. El problema es encubrir con discursos de subvenciones sí o subvenciones no. Las llamadas ventajas fiscales son otra forma de subvención, solamente indirecta. Si los discursos fueran más pedagógicos y menos estúpidos y simplificadores, se sabría que el cine goza de dos tipos de subvenciones: las directas, que pueden generar beneficios y empleo ciertamente, y las indirectas, que se basan en ahorrar costes de producción, de seguridad social y etcétera, pero siempre hay subvención. El cine nunca se autofinancia sin ayuda de los gobiernos: ¿cómo se hizo la industria cultural francesa sino con un modelo variado y, sí, muy proteccionista con todos los actores de la industria?

No, ministro. El problema no es la calidad. No voy a citar a la ristra de nombres que han llevado nada menos que cuatro, repito cuatro, películas a las más vistas de la semana en un período prácticamente desértico en rodajes y con medios cada vez más bajos y sin que haya una solución que una a productores, distribuidores y exhibidores por tal de fomentar la ruptura de los monopolios y la escasez de salas para disfrutar de experiencias variadas. Lo que haré es hablar de algunas de las mejores películas que he visto este año.

Estoy hablando de la impresionante 'La Herida' (id, 2013) de Fernando Franco, un poderoso e íntimo drama que sostenido con la interpretación de una actriz absorbente se permite lanzar un comentario bastante hondo sobre el modo en el que gestionamos nuestros dolores internos y sobre la representación de las enfermedades mentales, proponiendo un retrato humanista pero nada complaciente. Marian Álvarez está impresionante y cualquier país cívico y democrático celebraría la película como la espectacular entrada de un talento de primer nivel a un terreno que parecía abonado a muy pocos cineastas (el del retrato psicológico sin excesivas dependencias en modelos anteriores). No dudaba mi compañera Lucía en celebrar la propuesta.

¿Y qué decir de 'Ilusión' (id, 2013) de Daniel Castro? Un autorretrato cómico de esperanzas vanas, una pequeña comedia romántica sobre un entrañable y algo narcisista creador cuyo instinto para musicales (en especial uno basado en la Transición Española) no acaba de convencer a un productor al tiempo que aplaza su llegada a la madurez.

Son solamente dos. Hay más. Pensad en 'La casa de Emak Bakia' (id, 2012) de Óscar Alegría. 'Cabás' (id, 2013) de Pablo Hernando tiene bastante más talento en un debut irregular que la gran mayor parte de cine contemporáneo y está rodada con un gusto lumínico, compositivo y temático que puede encontrar con pocas disputas. La soberbia 'Diamond Flash' (id, 2012) de Carlos Vermut es tan arriesgada y desconcertante que cuesta imaginar como puede uno llamar "malo" a un cine tan imaginativo y con resoluciones tan infrecuentes.

Quedan bastantes propuestas por examinar (los nuevos trabajos de Manuel Martín Cuenca y Juan Cavestany han merecido bastante reconocimiento internacional) y todo ello, repito, en el peor contexto industrial-económico posible. Y por cierto, espero que Montoro sepa decirme que otra filmografía ha dado talentos tan absolutamente variados (e incluso antagónicos en los mejores casos) Como los de Mar Coll, Nacho Vigalondo, Alberto Rodríguez, Enrique Urbizu, Borja Cobeaga o Jaime Rosales. Y todo ello sin mencionar, precisamente, a cineastas con vocación comercial ya bastante consagrados como Álex de la Iglesia o Daniel Sánchez Arévalo, que han ido conectando con el público con sus últimas propuestas sin pretensiones demasiado distintas a las de sus homólogos en otros países. ¿Entonces?

¿Falta de calidad de quien?

Ya va siendo hora de abandonar los trajines de la demagogia. En un país pequeñito, sin la prosperidad o la densidad de producciones o habitantes como los Estados Unidos, se está dando un momento creativo exuberante y bastante interesante. No se trata de aplausos unánimes, ni de un tipo de producción, como las que abundan en otros países: precisamente, lo interesante es que están dándose, al mismo tiempo, muchos tipos de películas.

Si eso no es riqueza, qué puede serlo. La pobreza nunca fue una opción, al menos para quienes pensamos que, por encima de todo, la cultura sirve para problematizar, para discutir, para dar a nuestro espíritu posibilidades de crecimiento.

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