No veo 'La isla de las tentaciones'. Bueno, durante una temporada por trabajo y, como mucha gente, de manera tangencial: alguien lo tiene puesto y no te queda otra que escuchar los gritos, los lloros, los insultos y el reggaeton a todo trapo en las fiestas de los chavales. Hay quien dice que nueve años después sigue sorprendiendo, pero personalmente creo que ya dio todo lo que podía dar en su primera edición (la del eterno y popular "¡Estefanía!"), y a partir de ahí ha sido un remake continuo con mayor o menor acierto. Y su éxito se me escapa por completo.
La isla de los cuernones
Quizá sea por puro cinismo, o por haber visto, disfrutado y aprendido todo lo que la fantástica serie 'UnReal' nos quiso enseñar, pero me cuesta creer la mayoría de las situaciones de 'La isla de las tentaciones'. Es más: se me hace imposible creer que no tienen un guion predefinido donde se les indica lo que tienen que hacer para dar espectáculo. Tira la tablet al fuego, corre hacia la playa, desgárrate la camisa, tírale un coco a la presentadora, dile "Lo tuyo es guarreo, yo tengo conexión"... Siempre lo mismo, durante nueve ediciones en los últimos cinco años.
No creo que todo sea fingido, ojo: hay caras y dolores que son imposibles de actuar, y ahí, en esos pequeños momentos de humanidad, es donde el programa de Telecinco encuentra su verdadera (acaso su única) virtud. Entiendo que el público viva enganchado a esos instantes de dolor ajeno, entre el cringe y el drama romántico contemporáneo, donde la autenticidad se abre paso entre la ficción de las villas, los espejos, las hogueras y los desgarros de camisa gritando "¡Me has destrozado por dentro!". También os digo que visto un destrozo emocional, vistos todos.
Todos los realitys del mundo, sin excepción, tienen alguna nueva regla en cada edición, para remover un poco el avispero y que los concursantes no se lo vean venir. En 'La isla de las tentaciones' siempre son las mismas. No necesitan más, entre otras cosas porque no compiten por ningún premio: la mera participación ya es un galardón que les dará fama en redes sociales, bolos por España y, quizá, una futura participación en realities de la casa. ¿Les merece la pena participar en una cadena decadente vendiendo sus intimidades al mundo por cinco minutos de fama en la prensa rosa? Parece que sí. Desde luego, si a estas alturas te apuntas a exponerte de esa manera, no vale jugar la carta de la ingenuidad.
Venimos a probarnos
Cada nueva edición, los concursantes dicen las mismas cinco frases hechas que no significan nada: "Hemos venido a ponernos a prueba"; "Eres mi prototipo de persona"; "Lo tuyo es conexión, él es un guarro"; "Lo hace por venganza, no le gusta realmente" y "Ya no es mi pareja, Sandra". Puestas en orden y dichas por distintas personas dan un resultado de éxito continuo. Entiendo a Telecinco: si superan el millón de espectadores en una cadena condenada a la muerte, ¿por qué cambiar lo más mínimo? Lo que no entiendo tan bien es por qué sigue recibiendo tanto apoyo popular.
La primera edición de 'La isla de las tentaciones', como versión actualizada de 'Confianza ciega' (que visto hoy es un programa casi tímido), funcionaba muy bien. Nunca, ni en los mayores sueños de los amantes del reality basura, se había hecho nada parecido a esto: los concursantes se abrían en canal y engañaban a sus parejas, conscientes de que iban a verlo. El morbo es el morbo, y movió a una media de 3 millones de espectadores cada semana. Sin embargo, a partir de ahí, cuando la dinámica se vuelve a repetir, casi como una fotocopia eterna, ¿cuál es el aliciente para comerse 25 episodios que podrían resumirse en uno? ¿Cuántas fiestas clónicas somos capaces de comernos antes de decir "Bueno, hasta aquí"? ¿Realmente mueve tanto el sufrimiento humano, incluso aunque esté guionizado?
No pretendo, ojo, que esto se vea como una burla o reprimenda a sus espectadores: el mundo está como está, y bastante premio es encontrar descanso mental en algo, aunque sea un reality de poner los cuernos. Sin embargo, reconozco que me cuesta entender su triunfo, sobre todo cuando el formato está más que quemado a estas alturas. Comprendo la calma (e incluso la alegría) que da ver cómo otros lo pasan mal, el schadenfreude que acuñaron los alemanes, pero hipotecar más de 40 horas -o más si incluímos los debates- en ver a parejas engañándose, más allá de la curiosidad y el morbillo inicial, se me hace incognoscible.
No hablo de la decadencia moral, la hipersexualización o su uso como absurda rebeldía contra unos tiempos mojigatos (que también), sino del mero aburrimiento de un formato interminable que no parece cansarse de dar vueltas sobre sí mismo. Al final, lo único que tienen que hacer los guionistas del programa para mantener al público es ir más fuerte, más alto, más ruidoso, más difícil de creer: este año, 'La isla de las tentaciones' ha tenido incluso a una embarazada. Dentro de cinco años, parirá dentro de la isla. Todo por una audiencia enganchada a la humillación.
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