Compartir
Publicidad

57º Festival de San Sebastián: insustanciales Trueba, Ozon y Rasoulof

57º Festival de San Sebastián: insustanciales Trueba, Ozon y Rasoulof
13 Comentarios
Publicidad
Publicidad

La sección oficial ha comenzado a toda mecha, con seis películas que se verán en dos días, lo cual es un poco extraño, pues en los dos últimos días de competición, no se presentará nada más que una película de esta sección, y no está a concurso (la de Rodrigo García). Cosas de San Sebastián, que al parecer ha reducido ligeramente su presupuesto, y que con un día menos de programación de películas a concurso, descompensa notablemente la presentación de películas entre el primer y el segundo fin de semana.

Hoy, sábado, se han presentado la española ‘El baile de la victoria’, de Fernando Trueba, que está fuera de concurso, la iraní ‘Keshtzar haye sepid’ (‘The White Meadows’), de Mohammad Rasoulof, y la francesa ‘Le Refuge’, de François Ozon. Ninguna de las tres llega a la mitad de complejidad, turbiedad y emoción de la película de la primera jornada, ‘Chloe’, de Atom Egoyan. Ayer nos preguntábamos si el festival mantendría el listón, lo rebajaría o lo superaría, después del primer día. La respuesta es obvia: no lo ha mantenido.

Fernando Trueba es un director cuyas aportaciones más importantes al cine parece que hace bastantes lustros que tuvieron lugar. Ahora mismo, al menos para quien esto firma, se trata de un cineasta sin rumbo, desubicado, fuera de la realidad e incapaz de decir algo con voz propia. Sin duda, es un hombre de talento, un cineasta de gran cultura, y un melómano irredento (cuyos documentales sobre música son lo mejor que ha firmado). Pero su carrera como director de cine de ficción se ha visto interrumpida, o mejor dicho, tocada de muerte, por dos fracasos estéticos (y de público) como ‘Two Much’ y ‘El embrujo de Shanghai’.

En ellas intentaba, respectivamente, un trasnochado intento por redimir la comedia loca estadounidense y un estrepitoso batacazo a la hora de aunar cine de autor y de gran presupuesto. Así las cosas, llevaba siete años, nada menos, sin presentar nada de ficción. Y ahora regresa a ella, a sus 54 años, y no parece que nadie esté dispuesto a afirmar que debería haberlo hecho antes. Su ‘El baile de la victoria’ no ha convencido a casi nadie. Él y Jonás Trueba adaptan la novela de Skármeta, y Fernando se encarga de las labores de puesa en escena: el resultado no puede ser más anodino. Pretendiendo una película de aventuras de la vieja escuela, padre e hijo se enredan en una trama mil veces vista que a nadie sorprende y que a nadie cautiva, porque se basa en los modelos más rancios y anticuados del cine de aventuras. En pocas palabras: cine oxidado.

François Ozon es uno de los mimados del nuevo cine francés. Aunque más valdría decir que es uno de los eternos aspirantes a ese nivel de “gran director” al que tantos quieren acceder y muy pocos logran. Desde que presentó en Berlín, este prolífico realizador, la pomposa y superficial ‘8 femmes’, con la peor Catherine Deneuve que recuerdo, ha logrado una cierta fama y ha visto su obra frecuentemente invitada a formar parte de importantes certámenes internacionales como el que nos ocupa.

Hoy presentaba ‘Le Refuge’, en la que incide en su habitual tono pastoso e insustancial, eso sí, engolado y autocomplaciente hasta la médula. La reacción de los profesionales (los que cuentan, los que se tragan todas las películas de la sección oficial) ha sido gélida, y la del resto de acreditados tres cuartas partes de lo mismo. No se merece mucho más este director.

‘The White Meadows’, de Rasoulof, podría haber dado más de sí, en caso de no estar presidida por una voluntad tan descaradamente onanista que desactiva cualquier tipo de piedad que uno pieda sentir por los habitantes de una de las regiones, Irán, más dignas de compasión (y de una necesaria revolución interna), quizá de todo este desgraciado planeta. Pero el director se muestra conservador y poco incisivo en el tratamiento de esta historia de itinerario. Una pena.

20090919elpepucul_6.jpg

Maribel Verdú, Premio Nacional de Cinematografía

Hace como diez años, Maribel Verdú era una actriz muy poco respetada por gran parte de la crítica y el público de nuestro país. Particularmente, la admiro desde que la vi en ‘El año de las luces’ (precisamente, de Fernando Trueba), hace ya la friolera de 23 años, cuando ella contaba con 26. Su belleza y su talento no sólo siguen incólumes, sino que han ido creciendo con el tiempo. Lástima que hasta la llegada de la simplemente interesante ‘El laberinto del fauno’ no ha sido cuando ha empezado a recibir el reconocimiento que merece.

Hoy, rodeada de compañeros de profesión, ha recibido el más que justo Premio Nacional de Cinematografía en Donosti, de manos de la ministra de cultura Angeles González-Sinde, de cuyas palabras, siempre extrañamente erráticas, prefiero no hacerme eco. Su alegría recogiendo el premio ha sido el acto más sincero de un día de cine ciertamente desangelado. Seguro que mañana, a poco que los cineastas sepan aportar algo de sinceridad y emoción, tendrá lugar un día más interesante en este certamen.

Temas
Publicidad
Comentarios cerrados
Publicidad
Publicidad
Inicio