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'Acorralado', una excelente película de aventuras

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El cine de acción y aventuras, que en la actualidad no creo que pase por su mejor momento, siempre ha sido considerado de segunda clase, de nulo prestigio, de una importancia inferior a la de otras formas de cine, por razones incomprensibles para quien esto escribe. Así, algunos hitos de este cine fueron despachados, durante años, por los especialistas, como mero cine comercial sin la menor relevancia estética. Y si tal cosa ocurrió nada menos que con ‘Terminator’ o ‘Mad Max’, mucho más con otro famoso título de los 80, situado entre ambos, la fenomenal ‘Rambo: Acorralado’.

Viéndola de nuevo, casi tres décadas después de su aparición, resulta que no ha envejecido en absoluto, más bien es sorprendentemente moderna y su discurso y trasfondo aún están vivos hoy día, quizá más aún que en el momento de su estreno. Su vértigo y su trepidación permanecen intactos, y su drama, el de un hombre demolido por la guerra, merece situarse como uno de los relatos de acción más importantes de los ochenta, y, por tanto, una importantísima muestra de cine de aventuras, única forma de entretenimiento capaz de aunar divertimento y tragedia.

Adaptación bastante libre de la más que decente novela de David Morrell, algunos famosos actores fueron considerados para el papel de John Rambo, entre ellos Clint Eastwood, Steve McQueen, John Travolta o Dustin Hoffman. La llegada de Sylvester Stallone, que ya estaba un poco cansado de su Rocky Balboa, al parecer propició algunos cambios en el personaje que a mi modo de ver son muy interesantes, porque añaden un nivel de crítica social que no se encontraba en el original literario y que es uno de los elementos que hacen a este filme tan emocionante.

La soledad del guerrero

El comienzo es magnífico, con John Rambo, veterano de la Guerra de Vietnam, miembro de una unidad de las fuerzas especiales, y galardonado con la Medalla de Honor, averiguando que un viejo amigo y compañero de su unidad ha muerto de cáncer (luego sabremos que era el último de sus compañeros que aún vivía), y vagando después sin rumbo hasta encontrarse con el pueblo de Hope (un irónico nombre, “Esperanza”...), lugar en el que no podrá ni descansar ni comer algo porque el sheriff local (estupendo Brian Dennehy) primero le echa por considerarle un vagabundo y luego le arresta cuando Rambo ejerce su derecho de caminar o dirigirse a donde le apetezca.

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Sin el menor esfuerzo, sin trampas, nos sentimos completamente identificados con Rambo. Los que crean que el personaje del sheriff es un truco de guión o una exageración, quizá deberían pasarse por ciertos pueblos de Estados Unidos o incluso de España, lugares en los que los extranjeros son menos que nada, y cualquier sospecha conlleva un enfrentamiento directo con las fuerzas de la autoridad locales. La brutalidad policial de la que es objeto y su posterior fuga, son momentos de gran violencia, pero no una violencia elaborada por motivos bajos o comerciales, sino para mostrarnos la desesperada existencia de un hombre abandonado. Por eso cuando escapa veloz en su moto sentimos una inyección de adrenalina, porque nos gustaría ser capaces de enfrentarnos a la opresión policial con semejante destreza.

John Rambo es un monstruo, un animal de guerra producido por la implacable maquinaria belicista de Estados Unidos, que al regresar al lugar que en teoría ha contribuido a hacer más libre (en realidad, a enriquecerse y a fortalecerse en sus privilegios de bienestar y comodidad) es tratado como escoria, como basura prescindible, un ser sin sentimientos, por policías que son como matones, hombres acomplejados que así se sienten más hombres, más duros. Poco después, descubren que el piojo que ellos creían blanco legítimo de su violencia, es en verdad un lobo mucho más peligroso que todos ellos juntos, un hombre que no ha hecho absolutamente nada y cuya venganza será terrible.

Sentimos compasión por él, y una vez que los policías deciden salir a cazarle, deseamos que sea él quien los cace a ellos, deseamos que su reacción sea lo más violenta posible. Pero cuando el ayudante del sheriff, el más brutal, cae por accidente del helicóptero y muere, nuestra euforia se nos atraganta y se nos mezcla con ácido en el estómago. Sentimos, como pocas veces, las consecuencias de la violencia y la brutalidad, a través de muertes terribles, por mucho que mueran los más abyectos. Así, ‘Acorralado’ nos golpea con fuerza en la conciencia mientras nos proporciona un subidón de energía poco habitual en el cine.

Un filme eléctrico

El artesano Ted Kotcheff dirige con inusitada habilidad un drama tan propenso a caer en los lugares comunes y en la exageración, hasta el punto de que logra mucha elegancia y sobriedad en un su puesta en escena. Sacando el máximo partido a los excelentes escenarios naturales de Canadá, la fotografía de Andrew Lazslo y el montaje de Joan Chapman son soberbios, como soberbia es la música de un Jerry Goldsmith muy inspirado, pues mezcla con sencillez la intensidad con el lirismo, en uno de sus scores más recordados.

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‘Acorralado’ consigue todo lo que intenta conseguir. La distancia entre lo que busca y lo que encuentra es ínfima, casi inexistente. Hay violencia y tensión en sus imágenes, dinamismo y verdad, dolor y desesperación. No fue un grandioso éxito como algunos piensan, aunque propició una saga bastante lamentable (cuyo segundo título está escrito, en colaboración con Stallone, por James Cameron, en el que probablemente sea el trabajo de guión más deleznable que haya firmado el realizador canadiense). Stallone, del que siempre he pensado que es un buen actor desaprovechado, borda un papel muy físico, muy exigente, provoca miedo y pena al mismo tiempo, algo más difícil de hacer de lo que parece.

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