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'Cuento de invierno', matar la magia

'Cuento de invierno', matar la magia
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No es que acudiera al cine con muchas expectativas, más que nada porque el trailer no me había dicho mucho y el interés de la propuesta se basaba simple y llanamente en mi particular inclinación por las películas romanticonas y, por qué no, algo ñoñas. Y menos mal, porque con tan sólo cinco minutos de proyección ya se podía detectar que esta puesta de largo de Akiva Goldsman como cineasta iba a provocar en servidor bufidos de exasperación, incomodidad en el asiento del cine y, por supuesto, unas irrefrenables ganas de salir escopetado de la sala en la que se proyectaba que fueron aplacadas por la santa paciencia de mi esposa con comentarios como "ya que estamos aquí, terminemos de verla, ¿no?".

Ante tal argumentación tan simple pero contundente no tuve más remedio que hacer acopio de aguante y soportar estoico los 118 minutos de nadería constante que conforman este 'Cuento de invierno' ('Winter's Tale', Akiva Goldsman, 2014), una cinta aburrida hasta el dolo, con una dirección pésima, un guión que haría llorar hasta al estudiante menos avezado del primer curso de cualquier escuela de cine —y no precisamente de emoción—, unas interpretaciones poco inspiradas y menos creíbles y un ritmo narrativo capaz de pasar cual apisonadora por la paciencia del espectador una, otra y otra vez.

Cuento de invierno 1

Y es que 'Cuento de invierno' es una cinta de molestias constantes. Molestias como las que se derivan, en primera instancia, de la realización de Akiva Goldsman, un cineasta que confunde de un extremo a otro recursos estilísticos con creatividad y que, ya en los primeros minutos de metraje demuestra con creces una ineptitud a la hora de ponerse tras la cámara que resulta sorprendente: moviendo la imagen con pulso inquieto y alternando la cámara en mano con soluciones del "Manual del buen director novato", lo que la dirección del guionista instila en el respetable es sólo el primero de los muchos incómodos estadios por los que éste tiene que pasar para intentar finalizar indemne el visionado del filme.

Molestias también son las que, y de qué manera, conforman los miembros de un reparto a los que no hay quien se crea. Con unos estilismos de peinado sacados no se sabe muy bien de dónde —y creedme cuando os digo que, lejos de ser una frivolidad, los cortes de pelo de ciertos personajes son para colgar de los pulgares a los encargados de peluquería de la producción— lo que Colin Farrell y Russell Crowe ponen en juego aquí sólo puede ser calificado como equivocado. Y si bien el segundo se lo pasa bomba encarnando al villano de la función—cosa muy diferente es el que público también lo haga, pasárselo bomba, quiero decir—, lo del primero es de juzgado de guardia: incapaz de desprenderse de esa pinta del macarrilla irlandés que siempre será, que alguien haya pensado que era buena idea colocar al actor en este personaje que no es más que una suerte de "príncipe azul" es un indicativo preciso de lo desorientadas que han sido las decisiones ligadas a la presente producción.

Cuento de invierno 2

Unido a la sempiterna molestia que supone la presencia de Farrell, a la alarmante carencia de química entre el actor y la contenida belleza de Jessica Brown Findlay o a la inane presencia de William Hurt, Jennifer Connelly o Eva Marie Saint, llegamos al que es, sin duda alguna, el escollo insalvable de la cinta, aquél que no encuentra justificación alguna por mucho que uno le ponga voluntad y que, a la postre, hunde irremisiblemente cualquier voluntariosa aproximación que quiera hacerse a la valoración de una película que no hay quien la salve de la quema. Estamos hablando, como no, de su guión.

Por ahí —entendiendo por ahí, en un rincón de la red al que ahora mismo no pongo nombre— he leído que lo que Akiva Goldsman consigue con el libreto de 'Cuento de invierno' logra que lo que el guionista puso en pie para 'Batman & Robin' (id, Joel Schumacher, 1997) ya no sea el momento más vergonzoso de su carrera. Hombre, quizás no me atrevería a tanto considerando el bodrio maltrecho e infumable que era el esperpéntico trabajo que el artista se sacó de Dios sabe qué chistera para la segunda cinta de Batman firmada por Schumacher, pero lo cierto es que, se haga por donde se haga, y con la intensidad que se quiera hacer, un análisis de lo que aquí se maneja pone de relieve tantas vergüenzas que no sabría por cuál de ellas comenzar.

Es tal el rosario de sinsentidos, de decisiones erróneas, de "porque sí", de Deus ex machina, de diálogos absurdos —este punto es especialmente doloroso— y de situaciones más absurdas aún que acumula la acción que el auténtico milagro de 'Cuento de invierno' no es ese de corte pseudo-religioso que nos intenta vender la cháchara de saldo de la que hace gala el filme, sino el hecho de que alguien con un mínimo sentido del decoro cinematográfico aguante dos horas sentado en la sala de cine sin que las ganas de abandonar la misma lleguen hasta tal punto que poco importe el precio de la entrada pagada o el tiempo que haya transcurrido de metraje. Háganme pues caso si así lo desean y no se dejen engatusar por una propuesta que, sinceramente, me cuesta calificar como cine...aunque sea en letras minúsculas.

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