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'El hombre que podía hacer milagros', absolutamente todo
Críticas

'El hombre que podía hacer milagros', absolutamente todo

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Hace nada llegaba a nuestras pantallas cinematográficas el film ‘Absolutamente todo’ (‘Absolutely Anything’, Terry Jones, 2015), que puede ser vista como una versión de ‘Como Dios’ (‘Bruce Almighty’, Tom Shadyac, 2003) por el simple hecho de tener a dos personajes con poder ilimitado. Lo cierto es que el referente auténtico —de ambas películas— es la obra de H.G. Wells ‘El hombre que podía hacer milagros’, de la que se hizo una versión cinematográfica en los años treinta. Terry Jones así lo ha declarado.

El parecido entre la película de Jones y ‘El hombre que podía hacer milagros’ (‘The Man Who Could Work Miracles’, Lothar Mendes, 1936) es tal que podríamos estar hablando de remake, de puesta al día. Se repiten hasta situaciones, variando muy pocas cosas. El clásico film es uno de los dos en los que el propio Wells participó en el guión. El otro fue el popular ‘La vida futura’ (‘Things to Come’, William Cameron Menzies, 1936).

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Poder no absoluto

El eterno característico Roland Young da vida al hombre, normal y corriente, que recibe el regalo divino de poder hacer cumplir cualquier tipo de deseo en una película que va directa al grano. ‘El hombre que podía hacer milagros’ da comienzo con tres dioses del universo —uno de ellos interpretado por George Sanders— discutiendo sobre la vida en nuestro planeta, si somos dignos o no de tenerla, y de qué seríamos capaces de hacer si tuviésemos un ilimitado poder.

Dicho prólogo, completado al final por un lógico epílogo, acierta a la hora de no definirse y las interpretaciones sobre el mismo pueden ser de lo más diversas. Ya con los pies en el suelo Mendes, que tuvo ayuda de Alexander Korda, ofrece una espiral de acontecimientos de lo más loco según se va extendiendo la noticia de que un hombre tiene poderes, algo que pone sobre la mesa uno de los apuntes más interesantes del film, y que casa perfectamente con el estilo de su escritor.

Me refiero a que el hecho de que un hombre cualquiera tenga poderes sobrenaturales —lo único que no puede lograr es influir en los sentimientos de los demás, algo que el film de Jones se pasan por el forro— no sólo es recibido con cierta normalidad y alegría, sino que eso va dando lugar a que se muestre el verdadero carácter de los personajes que rodean a George (Young), y que ven la oportunidad de aprovecharse de la (falsa) amistad.

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Una película reflexiva

Así, y aunque el film es en bastantes momentos una comedia pura y dura —en la que algunos de los gags poseen excelentes efectos visuales para la época—, es precisamente en los conflictos morales donde se encuentran sus mejores instantes. El jefe en la tienda de moda, el psiquiatra que le atiende, altos mandatarios, sólo quieren aprovecharse egoístamente de las nuevas habilidades de George, quien quiere hacerlo todo más sencillo repartiendo dinero a todo aquel que lo necesite.

Que en una película de 1936 uno de los personajes, un banquero, afirme escandalosamente que la humanidad no puede disponer de dinero ya que sería un caos, parece algo totalmente actual, con la imagen avariciosa del banquero incluida. Un toque crítico por parte de Wells, que deja para el potente clímax las mejores cartas. Un hombre con un poder tan inmenso sólo provocaría el apresuramiento del fin de la humanidad. Con historia de amor frustrada y todo.

En una época en la que los superhéroes están hasta en la sopa, la típica reflexión sobre la responsabilidad de tener un gran poder se evidencia aún más con el revisado de este simpático film, al que habría que achacarle únicamente algún problema de ritmo. Su amargo final que sigue la sucesión caos en el planeta-arrepentimiento-rechazo de la responsabilidad supone una de las propuestas más efectivas, y escandalosamente entretenidas, a la hora de hacer pensar al espectador. Puro Wells.

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