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'Funny Games', los psicópatas y el absurdo

'Funny Games', los psicópatas y el absurdo
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La corriente gafapasta, que adora todo lo que hagan los directores Wong Kar-Wai, Lars von Trier, Peter Greenaway, Michelangelo Antonioni o Andrei Tarkovski (por citar algunos), y que no pueden vivir sin decir que 'Oldboy' es una de las mejores películas de la historia, seguramente ya le ha echado el ojo a un cineasta austriaco que a base de provocaciones, escenas duras y un surrealismo que perpetra el esnobismo más irreverente, ya ha salido sobradamente del anonimato. Se trata de Michael Haneke, un hombre que hace lo que hace intentando ser el trangresor por excelencia dentro del cine mundial, y que con varias pinceladas tan bizarras como desagradables fundamenta sus películas en el mayor desconcierto y, para muchos, indignación. En lo que llevamos de década hemos podido ver tres películas suyas, 'El La Pianista', 'Caché' y 'El Tiempo del Lobo', a cual más desgarradora y lenta, que han puesto a Haneke en el ojo del huracán.

Yéndonos ya a 'Funny Games', película de 1997 que dio muchísimo que hablar a pesar de su limitada distribución, lo primero que hay que decir es que es una película que implica al espectador hasta límites insospechados. Primeramente, porque uno de los personajes, del que ahora hablaremos, llega a dirigirnos la palabra a través de la pantalla. Nos pregunta, nos intimida, intenta dialogar con nosotros para saber nuestro punto de vista. Teniendo en cuenta el tono general de la película, este detalle, que algunos catalogarán de genial, posmoderno, lúcido y blablabla, es como mínimo insultante, ya que en todo momento sabemos que estamos ante una función, un incómodo teatro donde las cosas ocurren y uno no sabe cómo ni por qué. Pero, por supuesto, y como era de esperar, ésta no es ni mucho menos la única excentricidad que se permite Haneke. Cuando a un director se le ríen las gracias continuamente, cuando todo lo que uno hace es aplaudido incondicionalmente, se va por los cerros de Úbeda y se toma la libertad de hacer cosas extrañísimas, carentes de sentido, que sólo sirven como ejercicio masturbatorio subidor de ego de forma automática. Como si nada. Ejemplos importantes los tenemos en 'Inland Empire' de David Lynch o 'Tideland' de Terry Gilliam.

La familia compuesta por Georg (Ulrich Muhe), Anna (Susanne Lothar) y su pequeño hijo es de una burguesía realmente evocadora. Juegan a adivinar piezas de música clásica mientras viajan en su flamante todoterreno a su residencia de verano. Enseguida la tensión se va adivinando en medio de un clima excesivamente plácido, excesivamente calmado. Cuando llegan a la lujosa urbanización donde van a pasar los días, se encuentran con Fred, vecino suyo y hermano de Georg, junto a dos jóvenes huéspedes practicando golf. Mientras se instalan, uno de los jóvenes llama a la puerta de su casa a pedir varios huevos. Al joven, de nombre Peter (Frank Giering) se le caen los huevos en la misma puerta de la casa y reclama otros para atender el recado, se va gestando progresivamente un entorno de presión psicológica, hasta el punto de que la situación desemboca en un secuestro, por parte de los dos jóvenes, de la familia al completo en su propia casa.

Al principio uno cree que está viendo el gran thriller del siglo XX. Es impresionante el pulso narrativo que sabe dar Haneke a algo tan simple como que un joven perturbado atente contra la integridad de una familia en su propia casa, sin que ésta pueda hacer nada, ni comunicarse con el exterior (el joven "casualmente" tira el móvil al fregadero, lleno de agua). Por tanto, los primeros veinticinco minutos son de una innegable maestría, a pesar del excesivo uso de los planos fijos, que tanto gustan a Haneke, hasta emplearlos de un modo continuo y desesperante. Pero a partir de ahí, cuando el secuestro y la personalidad malvada de los jóvenes se hace obvia, la película se estanca en un sinfín de situaciones desagradables.

Hay varios detalles que hacen que pensemos que 'Funny Games' no sea más que una reflexión sobre la violencia en los medios de de comunicación, sobre el morbo de ver un acto violento y el sufrimiento directo por desagradable que sea (aunque con menos fascinación que la que se mostraba en 'Videodrome' de David Cronenberg). En concreto, entre los diálogos tan minuciosamente revelados entre los psicópatas y los padres de familia, encontramos que el padre pregunta por qué lo hacen, y Paul (Arno Frisch), el otro joven, que lleva la batuta de tan macabra situación, explica en tono burlón que Peter es gay, sufrió abusos de pequeños, y todos aquellos aspectos que suelen ser típicos en un psicópata de las películas. Además, Georg pide que los maten sin más, a lo que Paul contesta que entonces se acabaría el entretenimiento. Toda una declaración de intenciones que sin embargo se ahoga en su propia pretenciosidad. Haneke nos insiste una y otra vez en que estamos viendo una obra maestra cuando no es así, más aun cuando la película se torna paulatinamente en un espectáculo puramente sádico aunque repleto de aburrimiento.

Mientras que Paul es un tipo seguro de sí mismo, Peter parece su aprendiz, su discípulo, un ser acomplejado y atormentado. Conforman dos psicópatas menos inteligentes y audaces de lo que la película nos intenta hacer ver. Hay cosas que no pueden explicarse por mucha reflexión que se haga, como por ejemplo el por qué los secuestrados tienen esa actitud tan pasiva ante lo que les sucede, como si estuvieran implorando que les matasen de una vez en lugar de andarse con tonterías y juegos psicológicos que sólo sirven, como se aclara tan explícitamente, para que el espectador pueda verles sufrir. Es una pena que los personajes se vean envueltos en esa apatía, sobretodo porque eso acaba con las posibilidades de que Ulrich Muhe (luego conocido por su inmejorable interpretación en 'La Vida de los Otros') pueda lucirse actoralmente aunque sea de forma aislada.

Cuando llegamos al final, tras largos minutos de relajado sadismo y violencia intermitente, SPOILER la película mejora una pizca porque, además de mostrar cómo los malos "ganan" de forma impune y sin concesiones, los jóvenes se dirigen a otra casa y el puzzle encaja un poco sobre el verdadero juego (en forma de bucle) de estos jóvenes psicópatas. De todas formas, para entonces el propósito de la película se ha perdido por lo menos en el terreno de complicidad con el espectador, ya que hay dos detalles deplorables que resultan insoportables, bien por su pedantería o por su incoherencia. El primero es la escena en la que matan a Peter, y Paul coge un mando a distancia, la escena se rebobina hacia atrás, y evita que maten a su compañero. El segundo es que Georg y Anna apenas lamentan la violenta muerte de su hijo, de una forma harto inverosímil. Para colmo, esa mirada final de Paul hacia la cámara, como esperando nuestra respuesta, es de lo más forzado y antinatural. FIN SPOILER.

'Funny Games' es un espectáculo extremadamente desagradable, no sólo por su contenido, sino por su carácter de obra cinematográfica, que hasta cierto punto mantiene en vilo al espectador, pero que luego le evoca una extraña combinación entre la repulsión y la indiferencia. Haneke mete mano de una historia sencilla, de corte realista, para rizar el rizo en medio de un clima mórbido y sombrío, que no constituye un entretenimiento pero sí una experiencia que se supone que tendría que golpear anímicamente al espectador y hacerle reflexionar. La película está hecha para producir debate, para hablar de ella durante horas e interpretar sentidos, detalles, significados. Por desgracia, la capa de pedantería en la que está envuelta 'Funny Games' le impide obtener el interés general, por no hablar de su denigrante ritmo narrativo y su gama de forzadas situaciones que deambulan por la película. Insultante, obscena y desaconsejable. Aunque habrán los que digan que es una obra necesaria, intocable e incomprendida (dígase con voz repipi). Allá ellos.

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