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'Furia', el estreno americano de Fritz Lang

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Nunca me cansaré de decir que Fritz Lang me parece uno de los cinco mejores directores de todos los tiempos, un título que se merece con todos los honores, pues después de una etapa muda absolutamente deslumbrante llena de films importantísimos en la historia del cine, se marcó una etapa sonora, sobre todo en los USA, que complementada con los silentes conforman una de las filmografías más perfectas que se hayan visto jamás. Un film con la firma de Lang merece ser visionado sobre todas las cosas, ya sea un monumento como 'Las Tres Luces' (¿para cuándo una edición en dvd, leñe?), o un título menor como 'El Ministerio del Miedo', que siendo de lo menos inspirado del director austriaco, tiene muchos puntos de interés.

'Furia' es la primera película americana de Lang, un proyecto del que tuvo que hacerse cargo porque estaba terminando su contrato en los USA, aún no había dirigido nada y ya no podía retrasarse más; de lo contrario hubiera tenido que volverse a Europa, algo que por aquel entonces no le hacía ninguna gracia. La productora impuso algunas cosas, como un forzado final, pero Lang resolvió la papeleta componiendo un estudio extaordinario sobre el odio humano y la venganza lleno de matices y verdades como puños. El resultado fue una de las mejores películas de su autor, y también una de las más famosas.

Un hombre es confundido con un criminal y encerrado en la cárcel a la espera de alguna prueba que demuestre su inocencia o su culpabilidad. Pero las gentes del pueblo donde se ha cometido el crimen no están dispuestas a esperar a la lenta mano de la Justicia, asi que deciden tomársela ellos mismos, intentado entrar en la prisión para linchar al detenido. Como el acceso es imposible deciden quemar el edificio con el preso dentro.

Fritz Lang nos habla, como otras muchas veces en su cine, sobre las miserias del ser humano, sobre nuestra peor parte, la más oculta, la oscura, diciéndonos cosas que no queremos oir. Y lo hace con una dureza pocas veces vista en el séptimo arte, por eso esta película tiene la peculiaridad de transmitir una gran incomodidad durante su visionado, sin lugar a dudas uno de sus máximos aciertos. Lo que en principio parece un film sobre lo incontrolables que pueden llegar a ser las masas enfurecidas, va tornando en un angustioso retrato de la venganza más allá de lo incialmente expuesto, dándole una vuelta de tuerca al argumento que Lang apoya con una puesta en escena absolutamente deslumbrante.

La inteligencia del director llega hasta el punto de mostrarnos todos los hechos, evidentemente ficticios, pero de un terrible realismo, en el que nos induce a tomar parte en lo que estamos viendo, haciéndonos pensar y juzgar por nosotros mismos sobre nuestro lado más perverso e incontrolable. Los personajes, en algunos momentos de la función miran a la cámara, le hablan al espectador, sobre todo en la parte final del film, en el que hay un juicio y varios personajes hacen su testimonio mirando al objetivo. Lang no puede ser más claro en sus intenciones, quiere que nos mojemos, pero antes nos ha apuñalado el corazón y nos ha retorcido el puñal por dentro. Escenas como las del intento del linchamiento, que culmina con un incendio, o la del juicio, donde nosotros tenemos todos los datos y la mayoría de los personajes no, son de un impacto impresionante y difíciles de olvidar.

El reparto está encabezado por un inmenso Spencer Tracy, sin discusión uno de los mejores actores que se han puesto delante de una cámara desde que se inventó el cine. Con un personaje casi inocente en el inicio, y con una extraordinaria evolución que el espectador va siguiendo muy de cerca, y que llega a convertirse en alguien fácilmente odioso. Ni que decir tiene que Tracy lo borda. A su lado, una de las estrellas del momento, Sylvia Sidney, como la novia del protagonista, el contrapunto perfecto al descontrol que emanan los hechos narrados, el toque de serenidad que la historia necesita, planteando además alguna duda moral realmente interesante. Ambos actores se compenetran a la perfección. En el plantel de secundarios, es imposible no fijarse en Walter Brennan, el actor que más Oscars ha ganado junto con Jack Nicholson, como uno de los ayudantes del sheriff, un poco fanfarrón, y que poco a poco se va dando cuenta de las dimensiones trágicas que todo va a tomar.

Una obra maestra capital, a pesar de que Lang no tenía el control absoluto. Y es que su final fue impuesto, y ciertamente puede ser visto como algo con cierta incoherencia, pero que Lang resuelve de forma magistral, cambiando una vez más el tema y sumándose aquí una clarísima denuncia al sistema judicial americano. Algo que marcaría la mayor parte de la obra posterior de Lang, quien se encargó de estudiar a fondo la cultura americana que tanto le fascinaba.

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