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Gladiator', Desde Roma con sudor

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Dirigida en el año 2000 por Ridley Scott, ‘Gladiator’ (id, 2000) es, básicamente, una sonora reivindicación del peplum con una rimbombante banda sonora de Hans Zimmer y un excelente trabajo de puesta en escena – mezclando con gusto retoques digitales y escenas tenuemente iluminadas, cortesía del excelente operador John Mathieson – como nota al margen, el trabajo de Mathieson en la irregular ‘Plunkett & McLeane’ (id, 1999) es muy estimable. Debo destacar a Arhtur Max, también colaborador frecuente del Scott tardío, cuyo diseño de producción es poco menos que apabullante, hiperrealista y absolutamente inspirado.

La trama, una amplificación de los Macistes mezclada con ‘La caída del Imperio Romano’ (The Fall of Roman Empire, 1964), persigue a un general convertido en gladiador y siendo improbable discípulo de un emperador y adquiere verdadero relieve cuando entra en escena el villano encarnado por un convicente Joaquin Phoenix. Los devenires amorosos de la película, así como el improbable paraíso cristiano al que accede el gladiador tras un forzado combate final, descuidan la verosimilitud de la propuesta en pos de una épica sin demasiado calado simbólico. La película fue un éxito y devolvió, junto a la posterior franquicia de hobbits y elfos de Peter Jackson, al género una nueva y extraña vida en el Hollywood digital.

El peplum, el género de espadas y sandalias, solía ser mucho menos romo, también bastante más primario en su juego esencial de duelos. Sergio Leone se estrenó en el género con uno excelente y bastante significativo; el revival de Ridley Scott responde a demasiados factores (la necesidad de generar una película histórica, un peplum espectacular y de alto presupuesto y también una tragedia más o menos clásica con su disputa de poderes incluida) como para resultar satisfactorio en alguno.

Aunque la interpretación más recordada es la de Russell Crowe, no creo que sea la más estimable, asumo que los mejores aciertos del reparto son Connie Nielsen y el maravilloso Oliver Reed. Nielsen interpretan a una suerte de mujer en una encrucijada, un poco por debajo de las expectativas dramáticas de sus hacedores, con tal gama de recursos expresivos que su sola presencia es a la vez frágil, seductora y manipuladora. ¿A quien sirve su personaje? No lo sabemos nunca, pero su amenaza es uno de los mejores hallazgos interpretativos de la carrera de Scott.

Otro personaje magnífico es Próximo, el traficante de esclavos que encarna el ya mentado Oliver Reed. Próximo es el jefe de la escuela de gladiadores y, en mi opinión, resuelve con sutileza admirable al único personaje al que se le conceden capas ambiguas a la película junto al de Nielsen. Mientras que Máximo es el héroe, con una idea bastante monógama y aceptable de la família, Marco Aurelio es el emperador y la figura paternal perdida y Joaquin Phoenix el hermano celoso – en un terreno simbólico dado que es el único descendiente del emperador – y el hijo con ansias de venganza y avaricia por ocupar el trono, el espectador más avispado puede encontrar en el Próximo de Reed y en la Lucila de Nielsen dos placeres inusuales y dos personajes que ponen al espectador en un terreno un poco más espeso.

Las virtudes de la película hay que buscarlas en el cuidado narrativo de Ridley Scott, muy poco común en el cine contemporáneo marcado por las grandes escenas de acción y por escenas de transición bastante mal escritas, aunque el guión, firmado por David Franzoni, John Logan y William Nicholson, no concede ideas demasiado profundas a ninguno de sus personajes. Otro hallazgo está en la infrecuente intensidad de los duelos, alejadas de cualquier exceso digital, mostrando a un hombre que libra batalla cuando está verdaderamente acorralado por un espectáculo cruel y fascinante al mismo tiempo.

Juzgo pues los logros de esta película como artesanales, de dirección y narración, antes que de algún otro tipo y considero que la pieza más canónica de los peplum la siguió firmando, muy a su pesar, Stanley Kubrick.

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