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'Good Omens': cómo adaptó la serie de Amazon el libro de Gaiman y Pratchett (e impidió el Apocalipsis)
Críticas

'Good Omens': cómo adaptó la serie de Amazon el libro de Gaiman y Pratchett (e impidió el Apocalipsis)

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Nuestras impresiones sobre el arranque de 'Good Omens' fueron muy positivas. Nos pareció que la serie de Amazon hacía bien al apoyarse por completo en las interpretaciones de David Tennant y Michael Sheen. Sus encarnaciones del demonio Crowley y el ángel Azirafel, dos amigos improbables desde tiempos antiguos que se ven inmersos en una carrera contrarreloj para impedir el Apocalipsis, dotan de -paradójicamente- una humanidad y empatía a una historia que, debido a sus múltiples personajes, corría el riesgo de dispersarse en tono y ritmo.

Una vez acabada la serie, sin duda hay que añadir que la decisión de Amazon de que 'Good Omens' dure exactamente lo que tiene que durar -seis episodios- para contar la historia sin dispersión es la otra clave de su éxito. 'Good Omens' se permite disgresiones continuas sobre la narrativa principal (lo que facilita esa estructura ocasional de programa de sketches de humor británico tan tradicional y reconocible), pero sin perder nunca de vista a los héroes de la historia: Crowley y Azirafel por un lado, y Anatema, Adán y el resto de humanos por otro.

El resultado es uno de los hallazgos audiovisuales del año: una producción concisa y directa, con un humor muy inteligente pero muy accesible, que confía tanto en la cita culterana y la parodia oscura como en el gag visual y el viejo trompazo de toda la vida. Una serie tan consciente de sus propias virtudes que se puede permitir riesgos tan notables como la apertura del episodio tercero, uno de los cold openings más largos de la historia, y que repasa la historia común de Crowley y Azirafel con el paso de los siglos. Un perfecto ejemplo de la habilidad con la que está escrita la serie, solventando el problema de explicar por qué dos seres opuestos se llevan tan bien... y lo hace a base de chistes y disfraces decimonónicos.

Es cierto que la serie sufre de los inevitables altibajos. Igual que pasaba con el libro, la intensidad del humor decae parcialmente cuando se centra en los humanos, pero lo compensa a base de continuas bromas acerca del funcionamiento interno de la parte sobrenatural de la historia. Burocracias, leyes, reglas, jefes y subordinados en una maraña de relaciones entrecruzadas que nunca se explicitan pero que siempre están ahí, dando consistencia a un mundo ficticio fascinante y que jueguetea con la idea, tan Terry Pratchett, de que decenas de personas, hace tiempo, invirtieron mucho tiempo y esfuerzo en dotar de sentido racional a algo que no tiene ni pies ni cabeza: las jerarquías de lo sobrenatural.

Esa idea ya es graciosísima de por sí, y la serie la explota a la perfección: de Crowley usando la Palabra de Dios (o lo que sea) para que sus plantas sean las más saludables y aterrorizadas de la ciudad a la hilarante conversación de Azirafel con Metatron, pasando por todo lo relativo a la puesta en marcha de los Cuatro Jinetes del Apocalipsis o los juicios a los protagonistas. La aplicación de códigos mundanos a fenómenos mitológicos puede parecer un pony que solo se sabe un truco, pero desde luego, se explota a conciencia en seis episodios y no llega a cansar.

Y aunque las intervenciones terrenales no estén del todo a la altura de sus contrapartidas sobrenaturales, es cierto que hay unos cuantos momentos de antología protagonizados por humanos, concentrados en el arranque de la historia: las monjas satánicas del primer episodio o el magnífico interludio protagonizado por Agnes la Chalada son muy notables. Curiosamente, algunas de las intervenciones humanas más graciosas del libro se han quedado sin adaptar, como veremos algo más abajo, pero refuerza la impresión de que Gaiman tenía intención de hablar, sobre todo, de Azirafel y Crowley.

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Sin duda la clave para que la adaptación sea tan buena es que Neil Gaiman, cabeza visible de la facción de fantasía de Amazon Prime Video, ha escrito personalmente los guiones basándose en su propio libro, coescrito con Terry Pratchett. Los diálogos han sido recortados o ampliados con mucho gusto y los personajes, sencillamente, son idénticos a su contrapartida literaria. La fidelidad no implica siempre necesariamente un producto audiovisual de calidad, pero es que la novela, con su ritmo frenético y su protagonismo colectivo, tenía ya cierta naturaleza de serie de televisión o película. Gaiman ha sabido aprovecharse de ello y llevarla a su terreno.

'Good Omens' es, sin duda, una de las series imprescindibles del momento. Su exquisito sentido del humor, las demoledoras interpretaciones, el ritmo frenético, en continuo sentido ascendente, y el buen gusto y sentido común con el que se ha adaptado el casi intocable material original hacen de ella una producción modélica. Solo queda preguntarse: sí, pero... ¿en qué se diferencia del libro?

'Buenos presagios': Las diferencias con el material original

Una de las principales novedades es el recurso de la voz en off, que aquí es, Dios, encarnado por Frances McDormand. Hay que acudir a los créditos para saber que su narración pertenece a la voz divina, pero es un buen recurso para acometer las abundantes rodeos que da el libro, algunos tan divertidos cómo la pregunta sobre si los ángeles bailan, desarrollada en la serie con hilarante flashback incluido. Se trata de un truco quizás algo obvio, pero está resuelto con chispa y, además, es inevitable si se quiere hacer referencia a los múltiples desvíos de la narración principal. Algunos, por supuesto, quedan en la cuneta, como los muchos y gloriosos pies de página.

Libro

Sin duda el mayor acierto es matizar la relación entre Azirafel y Crowley. La inclusión de una historia común que se remonta al Antiguo Testamento es estupenda (empezando por el Jardín del Edén, donde se nos revela que Crowley fue quizás el que desencadenó el Pecado Original, lo que elimina la idea del libro de que es un diablo menor, pero sin duda estrecha la relación de antagonismo amistoso entre ambas criaturas). Del mismo modo, también hace bien Gaiman en dar mayor protagonismo al Arcángel Gabriel (una mera mención en el libro), interpretado aquí por Jon Hamm, y que sin duda obedece a una hipotética secuela del libro que nunca existió, que Gaiman planificó con Pratchett, y en la que Gabriel habría adquirido protagonismo.

Más allá de eso hay algún otro cambio. El más singular posiblemente hace referencia a los juicios a Azirafel y Crowley en sus respectivos entornos, lo que tiene sentido, porque en la serie se pone un mayor acento en el Cielo e Infierno de donde proceden. El libro concluye de otro modo, pero en la serie se aprovecha para subrayar la estupenda idea, muy visual, de que el Cielo sea un edificio de oficinas y el Infierno un sótano mugriento. Y también redondea la idea de los estratos de poder dentro de lo sobrenatural, tan potente en la sátira literaria original.

Finalmente, no podemos dejar de hacer referencia a uno de los ingredientes más graciosos del libro, y que se pierde en la serie: los acompañantes de los Jinetes del Apocalipsis, auténticos (y tarados) Ángeles del Infierno que reciben nombres acordes a su condición de escuderos con cosas que están mal en la vida, como Cerveza Sin Alcohol y Malos Tratos A Los Animales. Según Gaiman, los eliminó del primer borrador del guión por razones presupuestarias, lo que suena absolutamente lógico. Un detalle menor en una adaptación modélica.

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