La historia de 'El hombre menguante' vuelve a la gran pantalla con una nueva adaptación francesa que recupera la célebre novela de Richard Matheson desde una óptica distinta, digamos que más introspectiva y sensorial. Dirigida por Jan Kounen y protagonizada por Jean Dujardin, la película se aproxima a un material literario que lleva casi siete décadas interrogando al espectador sobre la fragilidad del cuerpo, el paso del tiempo y la lucha del individuo frente a lo desconocido.
A diferencia del clásico de 1957 de Jack Arnold -que se considera como una pieza de culto del cine fantástico-, esta versión ralentiza el ritmo, ensancha la mirada y se concentra en el mundo interior del protagonista, que ve cómo su existencia se reduce literalmente mientras su entorno se expande hasta volverse una amenaza.
Una historia siempre vigente
La película parte del libro de Matheson, autor vinculado al terror, la ciencia ficción y el género fantástico -responsable también de obras tan influyentes como 'La caída de la casa Usher'-, cuyo personaje central se reduce físicamente a causa de un fenómeno inexplicable. En el relato original, el origen estaba asociado a pesticidas y radiación, lo que convertía a la historia en un alegato antibélico y ecologista, pero la versión de Jan Kounen mantiene el desconcierto sobre las causas, desplazando el foco hacia cuestiones atemporales: la pérdida, la decadencia, el miedo a la diferencia y la capacidad de trascenderla.
Este proyecto nace del interés personal de Jean Dujardin, a quien después se sumó el productor Alain Goldman y, finalmente, Kounen, que imprimen a la historia una sensibilidad y espiritualidad propias. La película adopta el punto de vista del protagonista desde el primer síntoma, haciendo que la cámara se contraiga junto a él y que los espacios cotidianos se transformen en territorios hostiles. El efecto que genera es tan psicológico como físico, y permite que experimentemos la angustia y la extrañeza desde dentro.
Además, en el terreno visual, la puesta en escena es muy eficaz y el mundo de escala variable nos sorprende por su detalle y coherencia. Dujardin sostiene buena parte del filme prácticamente él solo, enfrentándose a escenarios que exigen una interpretación contenida pero a la vez expresiva. Y como resultado tenemos una película sobria, más reflexiva que espectacular, que culmina con un mensaje humanista y una nota de esperanza.
La banda sonora juega a su favor
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Uno de los elementos que más destacaría de 'El hombre menguante' es su banda sonora, compuesta por Alexandre Desplat, uno de los nombres más influyentes del cine francés contemporáneo. El compositor consigue huir de la fanfarria típica del género y opta por algo más íntimo, casi minimalista, contenido, con texturas acústicas y electrónicas que evocan discretamente a la ciencia ficción más clásica.
A lo largo de la banda sonora hay motivos misteriosos, solos breves de flauta o piano y pasajes que incluso nos recuerdan por momentos al Desplat que colabora con Wes Anderson. Aquí, la tensión aparece de forma dosificada, con dinamismo, incursiones puntuales en el thriller psicológico, alguna escena de acción y un cierre emocional que subraya el viaje interior del protagonista.
Aunque algunos podrían esperar más contundencia en términos de género, la película consigue ser hipnótica, elegante y precisa. Parte de ello se debe al modo en que Jan Kounen articula el encogimiento como una experiencia emocional antes que como un espectáculo. La evolución de Paul no es solo física, sino psicológica, y el director explora su desconcierto sin caer en el melodrama.
El ritmo pausado permite que cada cambio de escala tenga consecuencias perceptibles, reforzando esa sensación de extrañeza que se adhiere a todo. Los espacios se vuelven laberintos, los objetos amenazantes y lo cotidiano roza lo absurdo. La propuesta es sólida y, aunque no inventa nada en el género, sí lo reinterpreta a través de una sensibilidad más íntima y contemporánea. En conjunto, 'El hombre menguante' no aspira a ser la gran película de ciencia ficción del año, pero ofrece una mirada singular y coherente a un clásico que sigue dialogando con nuestro presente.
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