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John Carpenter: 'La niebla', terrores ancestrales

John Carpenter: 'La niebla', terrores ancestrales
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Con el grandioso éxito de ‘Halloween’ (id, 1978), que recaudó, sólo en el mercado doméstico, casi ciento cincuenta veces lo que había costado, convirtiéndose en una de las películas más rentables de todos los tiempos, John Carpenter había conquistado, a base de talento, un lugar de privilegio en el seno del cine de género de los años setenta, y afrontaba los ochenta con garantías y libertad. A aquella película de terror le siguieron dos proyectos para la pantalla pequeña que no vamos a comentar aquí por su marcado carácter televisivo, a pesar de que el segundo, ‘Elvis’ (id, 1979), es probablemente el mejor biopic que yo he visto sobre la legendaria estrella de la música, y significó el primer trabajo de Carpenter con el que sería su actor fetiche y gran amigo Kurt Russell, futuro protagonista de tres de sus mejores películas, y que por su papel de Elvis Presley se ganaría una más que merecida nominación a los premios Emmy.

Pero sería en 1980 cuando Carpenter volvería realmente al cine, con una de sus películas hoy en día menos recordadas. Fue parte de un acuerdo por dos películas con la compañía AVCO-Embassy, la primera de las cuales sería ‘La niebla’ (‘The Fog’), una historia que a Carpenter se le ocurrió, en cierta forma, cuando hizo una visita al monumento megalítico Stonehenge, durante el viaje a Inglaterra con motivo de la gira de promoción de ‘Asalto en la comisaría del distrito 13’ (‘Assault on Precinct 13’, 1976), observando el lento y ominoso avance de la niebla sobre el mar. Pero también tuvo inspiración en la película ‘The Trollenberg Terror’ (id, Quentin Lawrence, 1958). No es ‘La niebla’, quizás, una de sus mejores películas, y en un principio ni siquiera Carpenter la tenía en mucha estima, pero no se trata, en modo alguno, de un filme menor. Es posible que tras los grandes triunfos de su segunda y tercera películas, ésta cuarta parezca poca cosa en comparación, pero ‘La niebla’ logra indagar con singular destreza en algunos terrores ancestrales que ya hace siglos, por no decir milenios, perturbaban al ser humano, y aún lo siguen haciendo.

El rodaje tuvo lugar durante dos meses de 1979 (en las fechas en que el escritor de estas líneas vino al mundo, por cierto), pero Carpenter, una vez visto el material montado, quedó profundamente insatisfecho con el resultado final. Sentía que tenía en sus manos una película que no funcionaba, y volvió a rehacer gran parte del metraje. Llegó al punto de que de alrededor de un tercio del metraje que vemos en pantalla, tuvo lugar en las retomas que hizo Carpenter. No sabemos cómo era la película originaria, pero la que ha quedado es ejemplar por su sereno pero implacable crescendo dramático, y por su valentía a la hora de presentar los hechos pausadamente, sin prisas. La película fue otro tremendo éxito, aunque sin llegar a las cotas de su anterior título, costando un millón de dólares, una cantidad bastante humilde para un proyecto de estas características, y recaudando veinte veces esa cantidad sólo en el mercado doméstico, lo que confirmaba que Carpenter era un valor seguro a la hora de reclamar atención y terror de un público masivo. A la vez, era muy capaz de provocar miedo con los mínimos elementos en pantalla, sabiamente utilizados, confiando en la voluntad del espectador por dejarse llevar a un universo de desasosiego.

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La venganza de los marineros

Con un vistazo superficial, lo cierto es que ‘La niebla’ asemeja un cuento pequeñito de terror sin demasiada sustancia dentro. Un ‘horror tale’ para pasar el rato, aunque en mi opinión es bastante más. La historia se centra en la venganza de un grupo de marineros espectrales que en una determinada fecha del año, resguardados por la subida de la niebla, vagan por el pueblo californiano de Anthony Bay. Todo tiene que ver con una traición ocurrida cien años atrás, perpetrada, precisamente, por los fundadores del pueblo, y que exigirá de un gran derramamiento de sangre por parte de ciertos habitantes del pueblo, antes de que la maldición desaparezca de una vez. Lo cierto es que la historia, tal cual, no presenta nada nuevo, pero hay algo en la puesta en escena, en la dirección de Carpenter, que aunque no quieras se te va metiendo en los huesos mientras la ves, y hace presa de tí, hasta inquietarte y alterarte según le viene en gana. Quizá tenga que ver con la ancestral desconfianza hacia la niebla que el ser humano sufrió durante tantos siglos, o quizá con el magistral sentido de la atmósfera de un Carpenter en su plenitud. O a ambas cosas a la vez.

De tal modo que una vez más nos encontramos, y no será la última, con un grupo de personas aislado y rodeado por una masa de enemigos despiadada, a la que será imposible enfrentarse con éxito, y que exigirá jugar según sus reglas si se quiere salir vivo del lance. Algunos comparaban a esta película con ‘Los pájaros’ (‘The Birds’, Alfred Hitchcock, 1963), por ser un relato en el que un grupo de personas se refugia en un edificio (en este caso, la crucial iglesia) ante el ataque exterior. Pero la película de Hithcock no fue en modo alguno la primera historia con una estructura que se remonta al poema épico Beowulf, y que aún muchos grandes directores continúan empleando para contar la eterna lucha del hombre contra lo sobrenatural o simplemente contra sus miedos. Los marineros asemejan zombis implacables e invulnerables ante los que sólo caben dos opciones: correr y refugiarse o morir. Pero también, con esta historia, Carpenter reincide en su habitualmente sutil crítica a la sociedad “civilizada”, sugiriendo que muchos asentamientos, sobre todo pesqueros, fueron fundados por criminales o asesinos, por mucho que ahora sean un ejemplo de paz y progreso. Es una idea muy interesante que aquí está llevada al límite.

Sorprende la perfección de los efectos especiales, sobre todo teniendo en cuenta lo ajustado del presupuesto. Es cierto que hoy día no impresionan en absoluto, con lo que avanza la técnica, pero si somos capaces de situarnos en 1979 nos damos cuenta de la complejidad de muchos planos, sobre todo los planos generales con la niebla avanzando (en realidad, gran parte de la niebla está presente pero a oscuras, y se va iluminando progresivamente…). Me parece admirable, sobre todo, la pericia narrativa de Carpenter, que con su amigo operador Dean Cundey, y de nuevo en un aspect ratio 2.35:1 fenomenalmente empleado, va mostrando el avance imperturbable de la niebla, con algunos planos magistrales del pueblo nocturno, y con la música compuesta por el propio Carpenter, de tal modo que se te hiela la sangre en las venas: no puedes apartar la mirada de la pantalla. Sin trucos ni alardes de ninguna clase, Carpenter convoca una gran tensión psíquica y te pone en la piel de los infortunados habitantes del pueblo.

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Habitantes interpretados por un grupo de actores que, sin grandes ostentaciones, cumplen sobradamente con las exigencias del director, creyéndose en todo momento estar viviendo la peripecia que nos cuenta la película, algo más difícil de hacer de lo que parece con el género de terror. La por entonces mujer de Carpenter, Adrienne Barbeau, es sólo uno de los rostros de un reparto coral bastante bien ensamblado, con Jamie Lee Curtis repitiendo tras el gran éxito de ‘Halloween’, y otros actores como la madre de Curtis, Janet Leigh, John Houseman, Tom Atkins, y apariciones de amigos como Rob Bottin (que se convertiría en un cotizado experto en efectos especiales de maquillaje) y del propio Carpenter no acreditado. Pero todos los actores sabían que la verdadera protagonista de la película era la niebla, que sería la que más emociones provocaría en el espectador. De hecho, los personajes no son más que espectadores impotentes ante el horror atávico que se les viene encima.

Conclusión e imagen favorita

Estimable película de Carpenter, que aunque palidece frente a mayores logros suyos, no se trata en modo alguno de una película menor. No he visto a casi ningún cineasta actual de género dominar la atmósfera y perturbar tanto como lo hace Carpenter con tres o cuatro planos. Mi imagen favorita es una de las finales, con el cura enfrentándose a los espectros, entregando la cruz de oro. ¿Por qué iconos tan manidos como espectros, niebla, ojos rojos, cruces enormes, siempre funcionan (cuando el director tiene cine dentro, claro) con la misma fuerza?

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