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‘Millennium: Los hombres que no amaban a las mujeres’, entreacto

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La última película de David Fincher empieza con un pequeño desafío a nuestras expectativas: esos títulos de crédito que reescriben la parafernalia bondiana para placer de los amantes de Daniel Craig, un actor versátil a veces encasillado en su bondiana impavidez, en su gesto invencible. Lo que viene a continuación es una adaptación del libro de Stieg Larsson que, supongo, logrará satisfacer a sus lectores, pero que se revela una de las piezas de cámara menores de la filmografía de su cineasta. La reseña contiene revelaciones argumentales, aunque viendo la relativa fama del antecedente sueco (tanto fílmico como libresco) dudo que resulte sorprendente.

¿Cómo entender la película sino como un entreacto? Leí hace un año con notable interés el best seller, sorprendido por la tosquedad de su prosa y por el magnetismo de Lisbeth Salander, ángel vengador de aires goth-punk, hacker invencible, un Holmes para la era del maltrato. En manos de Fincher, desde el primer minuto, Salander es otra perfecta criatura de su universo autoral (y eso que él no ha firmado todavía ningún guión): un Zuckerberg avant la lettre, de ojos altamente expresivos y de andares introspectivos, confortable con su ira.

¡Incluso la historia parece perfecta para Fincher! Tenemos un pasado extraño, nazis, extraños signos bíblicos, asesinos en serie de mujeres, crímenes que se postergan a través del tiempo y también la narrativa de una hacker empeñada en reescribir el aspecto de una sociedad actual con un reconocible aire antiautoritario. Y sin embargo, la película esquiva samplear cualquier hallazgo anterior de Fincher: no hay una atmósfera turbia y envolvente y deliberadamente barroca como en ‘Se7en’ (id, 1995) y desde luego estamos en otro nivel distinto al de ‘Zodiac’ (id, 2007).


La premisa es bastante sencilla: Mikael Blomkvist, un periodista íntegro, está acorralado por un mal movimiento para capturar a un empresario corrupto y acepta el singular encargo del anciano millonario Henrik Vanger, encontrar a su desaparecida sobrina Harriet. Sospechando de los secretos de su familia, entre cuyos miembros hay reconocidos antisemitas, Blomkvist empieza una investigación que requerirá la ayuda de Lisbeth Salander, una investigadora informática, deliberadamente antisocial y brillante, que ya ha trazado su perfil para Vanger y su abogado, Frode.

Los inconvenientes de la novela han sido glosados ya. En la novela el clímax ocurre mucho antes del final de la película, decisión que el guionista Steven Zaillian respeta tranquilamente. Sin embargo, dudo que ahí esté un gran reparo: el clímax final de la película se lee en tiempo real. La información, ahora bancaria, es nuestro gran diamante, ha venido sosteniendo Fincher en sus dos últimas películas. Sin la rotundidad de su anterior obra maestra, Salander sabe todo lo que necesita a través de un portátil.

De hecho, la tensión de la película nace a través de las fotografías. Haciendo un espectacular uso del montaje, Fincher no quiere que sigamos las pistas de los detectives sino que seamos los propios detectives, por eso el guión de Zaillian esquiva en la medida de lo posible diálogos que expliquen el proceso de los susodichos investigadores. Las fotografías, los montajes paralelos, las pistas son microscópicas: la consecución lógica de toda la memoria que puede haber sido destruida, incluso la memoria de un incidente del todo irrelevante, lleva a la solución.

Fincher debe rodar, claro, los problemas de Salander con su guardián legal y su posterior venganza. Dos escenas brutales, pero no demasiado truculentas: la cámara se aparta cuando debe y solamente vuelve para recordarnos que de alguna manera la justicia siempre prevalece. El mundo descrito por la película se ve interrumpido por la lealtad entre Blomkvist y Salander, pero acaso la facilidad impulsiva con la que ella se acuesta con él lastra la relación. Como también lo hace que todo lo que cuente la historia es que la justicia, de alguna manera, prevalece. Sin matices, sin otra catarsis que la espera lógica a que la justicia prevalezca: el relato no atiende a las posibilidades devastadoras de la verdad sino a que su consecución es algo más o menos esperable e inevitable. La historia es bastante más simple, más sensacionalista que sus dos personajes protagonistas: más interesante resulta su epílogo, tras la desaparición del villano, en el que el espíritu 15M/Occupy Wall Street puede verse agradablemente referenciado.: el pequeño hurto y derribo de un empresario corrupto a través de una perversión de ese sistema que le convierte en relevante.


Rooney Mara da una interpretación espectacular, como he dicho ya, de una sutileza asombrosa y matizando siempre los sentimientos de fragilidad y rencor de su personaje. Su frialdad automática, ejemplificada en la manera que recita sus diálogos, contrasta con su mirada: es un recurso que ya Fincher y Eisenberg matizaron con brillantez para construir su Zuckerberg. Daniel Craig da mucha fragilidad y humanidad a Blomkvist: todo lo que ha hecho es ser, curiosamente, el hombre sitiado y opuesto a cualquier superhéroe de toda la película. El final es parecido al de la novela, pero de alguna manera insatisfactorio. Es una insatisfacción, por cierto, que comparte con mayor contundencia mi compañero Mikel Zorrilla.

Hay, de hecho, una escena en la que vemos su traslado emocional solamente a través de dos planos (uno horizontal de su rostro y otro en el que Fincher rueda a ambos, frente a frente, en la cama). Es una muestra del talento inmenso de Fincher como cineasta, talento que no ha encontrado aquí una historia lo suficientemente compleja pero sí un interesante entreacto a su trilogía histórica. La tristeza de Salander, una decepción pequeña, provoca una sensación extraña: entendemos que la soledad, algo que siempre rodea a las criaturas de Fincher (y que especialmente sacude a Robert Graysmith, Benjamin Button y Mark Zuckerberg), es inevitable y de alguna manera, incluso en su relato menos complejo, es un sinsabor obligado.

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