'Snowpiercer': la fe y el destino suben al rompenieves en la temporada 3, la más equilibrada de toda la serie
Críticas

'Snowpiercer': la fe y el destino suben al rompenieves en la temporada 3, la más equilibrada de toda la serie

Si creías que hay un número muy finito de historias que se puedan hacer a bordo de un tren en perpetuo movimiento alrededor del mundo, piénsalo otra vez, porque ‘Snowpiercer’ regresa con una tercera temporada que, pese a mirar y apoyarse en las dos anteriores, sabe dar aventuras distintas mientras explota los conflictos sociales.

Por supuesto, si te interesa la serie (disponible en Netflix) no quiero que pierdas interés, por lo que procuraré no hacer destripes importantes, pero cuenta con que algún peaje hay que pagar. En el Rompenieves de mil y pico vagones, nada es gratis.

Aquí no se pierde nada

Cuando conocimos al Rompenieves, el tren no tenía un destino prefijado, sino que se dedicaba a recorrer el mundo gracias a un motor de movimiento perpetuo y una creencia religiosa en que las leyes de la física no afectarían al trazado de las vías. Es más, el tren necesita seguir en movimiento para que sus sistemas funcionen de manera óptima. Lo que plantea esta temporada es, ¿hasta qué punto lucharías por permanecer en el tren… o por tener la oportunidad de bajarte y empezar de nuevo?

Como se vio al final de la segunda temporada, resulta que hay una esperanza de que, o bien se van a atemperar las temperaturas, o hay algún punto en la Tierra donde el hielo que cubre el planeta ha dado paso a un clima habitable. Por supuesto, Layton (Daveed Diggs) ve en esto la oportunidad perfecta para romper la baraja: ¿por qué luchar por los derechos y recursos de un tren que no tenía pensado alojar a tanta gente en la cola… si puede hacerlo por su derecho a escapar con vida?

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El primer escollo al que tendrá que hacer frente es Wilford (Sean Bean, que vuelve a divertirse al Hormigu, digo al Rompenieves), que ha tomado el control del Rompenieves, mientras la facción de Layton consigue refugiarse a su vez en el Gran Alice, el tren de mantenimiento que usara el villano para desembarcar.

Quizá es la posición de Wilford, la de impedir que Layton y los suyos descubran si hay un punto habitable en la Tierra y que se vayan, lo que hace un poco de aguas sobre el discurso que hay bajo la narración de la serie, que no es otra que la lucha de clases. Nunca queda muy claro que los colistas sean mano de obra barata y desechable, sino una suerte de vagón de la mendicidad. Y visto así, aparte de la pérdida de control o de unos cuantos vagones, ¿por qué debería enfrentarse Wilford a sus oponentes ideológicos y de clase, a unos derrochadores de recursos, en vez de dejarlos marchar?

Una experiencia religiosa

Cuando Layton al fin confirma que pudiera haber un sitio habitable, tiene una epifanía al rescatar al ingeniero Bennett (Iddo Goldberg) en el interior de una central nuclear. Sale con la visión de un paraíso en el Cuerno de África y una nueva superviviente, Asha (Archie Panjabi).

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Asha y Layton discuten sobre lo que se debe contar al pasaje y lo que no

Aunque no soy fan de las visiones religiosas y “sobrenaturales” para justificar argumentos en narraciones claramente seculares, la experiencia de Layton da un impulso tremendo a toda la serie. Hasta ahora, espectadores y pasajeros del tren pensábamos que la gente sólo podría vivir o morir por el Rompenieves, pero… ¿escapar de él? Se trata de una nueva perspectiva que, como te comentaré más adelante, tiene un reverso negativo.

Sea como sea, la determinación de Layton a llevar a los pasajeros hasta el Cuerno de África da un nuevo sentido a todo y también sube las apuestas. Antes, tomar el control del tren suponía ser capitán de un barco de papel en un mar de hielo, con la capacidad limitada a evitar una tragedia y escoger, de vez en cuando, la ruta; ahora, llevar la dirección es también escoger si el viaje tendrá un final o no. Antes, guiaba la conciencia; ahora, guía también la fe en un sitio mejor.

Y, en el fondo, incide en uno de los temas principales de toda la serie: la confianza. Lo que hacen los líderes para mantenerla y hasta qué punto están dispuestos a traicionarla y protegerse de que se descubra la verdad. Porque Layton ha estado en el lado de los oprimidos y ha intentado ejercer como gobernante igualitario, pero… ¿y si se ve obligado a actuar como Melanie (Jennifer Connelly)?

Una tripulación de lujo

Una temporada más, no obstante, lo que sorprende es el riquísimo plantel de secundarios que tiene ‘Snowpiercer’, y lo cuidados que están la mayoría. En realidad son tantos, más de veinte con nombre y agencia propios (en una serie de diez capítulos por temporada donde no hay sitio para respirar, ni en los vagones, ni narrativamente), que es normal que alguno se deslice entre los engranajes de la narración, como Martin Colvin (Stephen Lobo).

Vuelve a brillar Ruth (Alison Wright) en su imparable camino a ser mejor persona, convirtiéndose incluso en la improbable líder de la Resistencia contra Wilford. La guardafrenos Till (Mickey Sumner) recibe, demasiado tarde, una subtrama de la que consigue sacar oro, al igual que Miss Audrey (Lena Hall), desorientada ante los vaivenes de su personaje hasta que encuentra un ancla en la recta final.

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El nivel interpretativo es tal que, muchas veces, son más interesantes estos corrillos que las escenas de acción

Sorprende, en los primeros capítulos, la insistencia de la serie en redimir a gente despreciable como Folger (Annalise Baso, recordemos, la asesina de la primera temporada e involuntario motor de la revolución de Layton) y Osweiller (Sam Otto, cuyo personaje intercambiaba sexo oral por favores), pero te alegrará saber que el karma tiene humor y alcanza a todo el mundo. También a las bestias de esta temporada, Kevin (Tom Lipinski) y un Pike (Steven Ogg) traumatizado este último por lo que Layton le obligó a hacer en la guerra con Melanie.

Y si te lo preguntas, sí, Sean Bean vuelve a hacer un gran papel como Wilford, con un rango más amplio que el de supervillano que mastica el escenario. Jordi Boixaderas, en su versión española, se lo pasa igual de bien. El ingeniero y arquitecto del Rompenieves sube y baja en el escalafón como merece, hasta un final que quizá no es el que esperabas, pero que no podía ser otro dada la naturaleza de los héroes de la serie.

Falta de vagones

Por primera vez, no he tenido la impresión de que los capítulos estaban estirados, sino más bien apresurados por todo lo que querían contar. Ha sido una temporada movida, con múltiples cambios de liderazgo, traiciones, selección de bandos. Cuando tienes un final a la vista, no necesitas status quo, sino las acciones que llevarán a éste, y los guionistas y Graeme Manson, el showrunner de ‘Snowpiercer’ hasta aquí, lo han aprovechado al máximo.

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Quizá por ello desentona tanto la salida de tiesto que es ‘Uroboros’, el peor capítulo de toda la serie y, me atrevería a decir, uno de los peores capítulos que he visto en una serie actual. Lo tiene todo (mal): la alucinación, fruto del coma de un personaje, digna de los capítulos de relleno de cualquier serie sindicada de los 80 y 90, con una narración farragosa y todo para resolver un misterio que no necesitábamos saber, más si habían tomado la fe como combustible narrativo hasta ese momento. Es una forma de hacer terrenal la motivación de cierto personaje y obligarle a ser racional de nuevo, pero había mejores formas de hacerlo.

Esta temporada es el ejemplo de que muchas series piden a gritos más capítulos para evitar, por ejemplo, que los colistas sean algo más que atrezo ahora que las decisiones se toman en la cabina del Rompenieves. Necesitan aire para desarrollar nuevas tramas y, a veces, desviarse de la narración principal. Presentar personajes de un único episodio. ‘Snowpiercer’ puede ser una novela, pero escoge ser una película troceada que, al menos en esta temporada, han sabido cortar en el pulso narrativo correcto.

Conclusión (o las ventajas de viajar en tren)

El último capítulo de la tercera temporada de ‘Snowpiercer’ sabe a capítulo final de la serie o debería serlo para algunos de los mejores personajes. Te repito que no voy a entrar en destripes, pero la serie se llama como el tren, después de todo, y se toman decisiones importantísimas que fuerza a todo el pasaje a escoger bando.

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Al final, ‘Snowpiercer’ ha encontrado el equilibrio… a costa de soltar lastre. La maquinaria ha ido gripada y pasada de revoluciones y, con ese capítulo de ‘Uroboros’, ha estado a punto de salir en llamas, pero el viaje ha merecido la pena. No dudo de que haya un buen puñado de espectadores que se bajen aquí.

¿Y ahora? Los últimos minutos anuncian una nueva amenaza que, esta vez, la sociedad del Rompenieves debería poder afrontar unida. Parece otra aventura interesante, pero es curioso que, en este punto, esta serie sea como el tren y yo me sienta como un pasajero más: me gusta lo bastante como para, simplemente, dejarme llevar aunque el destino no sea un lugar, sino recorrer las vías hasta que el cuerpo aguante.

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