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Vampiros de verdad: 'Jóvenes ocultos' de Joel Schumacher

Vampiros de verdad: 'Jóvenes ocultos' de Joel Schumacher
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Hace nada hablábamos de ‘Noche de miedo’, la primera película en el cine moderno, si es que tal acepción existe en realidad, en introducir el mito vampírico en un contexto juvenil estudiantil virginal. Y una de las primeras hijas bastardas, por así llamarlas, que originó fue precisamente este ‘Jóvenes ocultos’ (‘The Lost Boys’, Joel Schumacher, 1987) con el artesano Richard Donner en labores de producción. De hecho, el director de ‘Lady halcón’ (‘Lady Hawke, 1985) iba a tomar las riendas del proyecto, pero el realizador se vio inmerso en el rodaje de ‘Arma letal’ (‘Lethal Weapon’, 1987) y delegó funciones en Joel Schumacher, que venía de obtener cierto éxito con ‘St. Elmo´s Fire’, una comedia dramático romántica, protagonizada por un montón de jovencitos, entonces de moda, y que el paso de los años casi han enterrado en el olvido, con la excepción de Emilio Estévez, y no precisamente por actor.

Si hay un precedente directo de esa saga vampírica actual que tantos dólares está recaudando en medio universo, sin duda es el film que hoy nos ocupa, y que juguetea con los elementos planteados en la anteriormente comentada ‘Noche de miedo’, en la que Tom Holland escapaba con toda lucidez de su pasado televisivo —comentario éste dedicado con el corazón en la mano a nuestro lector eluyeni—. Ambiente enteramente adolescente, y más adulto de lo que pueda parecer si tenemos en cuenta la idea original del proyecto, en la que el guión describía un grupo de vampiros en plan Goonies.

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Tal idea asqueaba a Joel Schumacher, quien sólo aceptaba dirigir la película si aceptaban realizar un sustancioso cambio: convertir al grupo de vampiros en una pandilla de jovencitos algo más crecidos para recargar su fuerza sexual. A tenor de lo visto, se aceptó la demanda del director, pero aún así, esa idea inicial de recordar de forma alguna a una de las películas más famosas de aquellos años, ‘Los Goonies’ (‘The Goonies,’ Richard Donner, 1985), sigue vigente en el film en las figuras de dos de los más originales y divertidos matavampiros que ha dado el cine en toda su historia. Precisamente, el entrañable Corey Feldman, excelente actor de comedia que no tuvo la suerte que merecía, repite en un personaje que posee ecos del que hizo para Donner en el citado film. Así pues, la presencia de Donner como productor no parece algo casual.

La premisa de la películas nos lleva a Santa Carla, California. Hasta allí se mudan por problemas económicos, Lucy (Dianne Wiest) con sus dos hijos, Sam (Corey Haim) y Michael (Jason Patric), a casa del abuelo —papel a cargo de Barnard Hugues, sustituyendo a los incialmente previstos, Keenan Wynn, que murió antes de empezar el rodaje, y John Carradine, veterano de los films de vampiros, que estaba demasiado enfermo— a intentar reponerse. Detalle éste que probablemente tuvo que ver con la crisis yanqui del 87, y que hoy día no desentona ni lo más mínimo gracias a nuestra querida situación. Mientras Lucy intenta buscar un trabajo, sus hijos se mezclan con los jóvenes del pueblo. Michael con un pandilla de motoristas, gamberros y rebeldes, Sam lo hace conn los dos encargados de una tienda de cómics y que resultan ser dos cazavampiros.

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Schumacher juega en un principio a no enseñar ni un sólo colmillo, ni una gota de sangre, como queriendo rehuir de elementos fantásticos. Funciona a medias, porque el guión, esquemático y sencillo, que no malo, no deja vías libres para la sospecha. Pero al mismo tiempo pone sobre la mesa uno de los aspectos más interesantes del relato y que tiene que ver con el american way of life. La familia reunida jamás será vencida, y las malas compañías en los años mozos no es que sean en verdad malas, es que son las peores y el premio puede ser la dolorosa inmortalidad. Los Lost Boys (niños perdidos) del título original son los herederos oscuros de la tribu de Peter Pan. Nunca envejecen, nunca mueren, pero hay que alimentarse. La droga a la que llevan las malas compañías esta vez es la sangre humana, y por si fuera poco, en su guarida hay un gran cartel de Jim Morrison, baluarte de todo aquello que significa rebeldía, o simplemente ser distinto.

Así pues, Schumacher lleva al terreno de las películas adolescentes el vampirismo, siguiendo la estela iniciada por Tom Holland en el filma antes mencionado. Nada que objetar a la operación porque el director sale airoso de la misma, de hecho estamos hablando de una de sus mejores películas en una filmografía más bien mediocre —recordemos que Schumacher le debe la vida a Christopher Nolan, que fue quien hizo que olvidemos la violación salvaje del director de ‘Un día de furia’ (‘Falling Dawn’, 1993) al hombre murciélago—, aunque tengamos que aguantar la presencia de Corey Haim, quien protagoniza los peores momentos del film, sobre todo aquellos en los que pretende ser gracioso. En esta película fue donde conoció a su inseparable amigo y colega Corey Feldman, que se come con patatas fritas al resto del reparto, y con el que mantuvo una relación de amistad hasta el día de su muerte.

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La figura vampírica aquí tiene dos jugosas representaciones. Por un lado David, un Kiefer Sutherland muy convincente aún lejos de su Jack Bauer, como jefe de la pandilla de alborotadores y juerguistas que tienen atemorizada a la población, y por otro Max, (Edward Herrmann) como el vampiro maestro, que realiza una gran aparición final, quizá algo exagerada pero efectiva, para culminar la historia con un comentario en boca del abuelo de los protagonistas, a la par divertido y sagaz. Schumacher no convierte a sus vampiros en animales, ni siquiera en murciélagos, ni éstos duermen en ataúdes, sino colgados boca abajo en su guarida, detalle éste harto original y de una coherencia aplastante. Por otro lado se introducen las secuelas de ser vampirizado, un proceso que no es inmediato como en otras películas, sino que tarda lo suyo. De esta forma es posible plantear la historia de amor entre Michael y Star, interpretada por la muy de moda en aquellos años Jami Gertz, o introducir escenas tan curiosas como aquella en la que un Michael dormido se despierta cuando su cuerpo choca contra el techo al estar flotando.

Durante años se habló de una secuela titulada ‘Lost Girls’, repitiendo fórmula pero con chicas como vampiros. Al final, la idea no cuajó, y tuvimos que soportar dos secuelas bochornosas, tituladas ‘Jóvenes ocultos 2: Vampiros del surf’ (‘Lost Boys: The Tribe’, 2008) a cargo de P.J. Pesce, encargado también de dos secuelas deplorables, ‘Abierto hasta el amanecer 3’ (‘From Dust Till Dawn 3: The Hangman´s Daughter’, 1999), y ‘Ases calientes 2’ (‘Smokin’ Aces 2: Assassins’ Ball’, 2010), y en la que Angus Sutherland, medio hermano de Kiefer, da vida al villano; y ‘Jóvenes ocultos 3: Sed de sangre’ (‘Lost Boys: Thirst’, Dario Piana, 2010), en la que Edgar Frog —Corey Feldman es el único que repite en las tres entregas, convirtiendo su personaje en una mala caricatura— da con el vampiro maestro, origen de todo mal. Me niego a incluir ambas películas en el especial, ya no porque son unos bodrios descomunales, sino porque las figuras vampíricas que aparecen en las mismas, dejan mucho que desear, refrito de refritos.

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