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Christopher Nolan, un director temerariamente encumbrado

Christopher Nolan, un director temerariamente encumbrado
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En el desierto del cine actual, un desierto sobre todo provocado por la imposibilidad de ver muchas interesantes películas gracias a las estupendas distribuidoras y por la dependencia de un cine narrativo y comercial (principalmente estadounidense), más que por la falta real de talento, tengo la sensación de que hay directores encumbrados de manera temeraria por muchos espectadores y cinéfilos, quizá demasiado ávidos de un faro creativo o de una garantía de calidad, mientras la industria de Hollywood les mima porque necesita grandes figuras a las que amarrarse. En cuanto un realizador comienza a dar muestras de talento, autoexigencia e ingenio, y si además goza de éxito taquillero, enseguida se le coloca la etiqueta de genial, se le presta demasiada atención, se pone en sus manos exorbitantes cantidades de dinero, y se comienza a distorsionar y exagerar su trabajo. Todo esto, las más de las veces, como dijo hace unos años Scorsese, lo que suele provocar es que ese talento se apague demasiado pronto y no llegue hasta donde hubiera podido llegar.

Tal cosa ha sucedido en los últimos años con el cineasta norteamericano, de origen británico, Christopher Nolan (Londres, 1970), un inteligente y habilidoso cineasta que en poco más de diez años ha pasado de ser un completo desconocido filmador de pequeñas y brillantes ficciones, a una superestrella de carácter mundial con descomunales presupuestos a su servicio, bestiales campañas de promoción y una veneración (totalmente respetable, por supuesto) por parte de grandes sectores de la crítica y público que yo no comparto en absoluto, aún pareciéndome muy interesantes algunas de sus siete películas, pues a sus evidentes y no pocas virtudes como director de cine, se le suman bastantes defectos o autocomplacencias, limitaciones no asumidas y una ambición desmesurada que no siempre encuentra una coherencia. Como dijo alguien una vez, hay que ser un genio para ser simplemente mediocre en el despiadado mundo del arte, y para ser genial en el arte hay que ser algo verdaderamente impresionante, y bajo mi punto de vista Nolan no lo es.

Luces y sombras de un cineasta

En la mayoría de los directores, no solamente sus temas y constantes, también sus limitaciones y sus posibilidades, ya se intuyen en la primera y segunda películas, y Nolan no es una excepción. Tanto ‘Following’ (id, 1998), que es casi un mediometraje, como ‘Memento’ (id, 2000) llamaron la atención no tanto por una mirada original e innovadora, como por la complejidad y la audacia de sus construcciones, su gusto por el juego narrativo, y su ingenio estructural, dejando de lado la comprensión hacia sus personajes, revelando una puesta en escena bastante mecánica, una dirección de actores sólida pero sin demasiada brillantez y una búsqueda de esa forma menor de vanguardia artística llamada experimentación. En sus imágenes hay clasicismo formal, pero también cierta retórica postmodernista, en un arriesgado y poco cabal revoltijo estético. Nadie le puede negar, pese a todo, el mérito de contar una película con la mitad de sus secuencias montadas en orden cronológico invertido, en un estimable ensayo sobre el ejercicio y necesidad de la memoria, dentro de un intrincado relato criminal. Con algunas salvedades, y una incontestable mejora en la dirección de actores y en la realización, Nolan continúa siendo el director gélido, de mente brillante, de esas dos propuestas.

Con el prestigio de ‘Memento’, al realizador se le ofreció la dirección de un remake. Era su tercera película, y en ella ya se notaban sus limitaciones: una cierta impersonalidad, una gran solvencia técnica que camuflaba un ritmo no siempre constante y a menudo conseguido a base de impacto fácil, un glacial tratamiento de los personajes. La película noruega, ‘Insomnia’ (id, Erik Skjoldbjærg, 1997), era muy superior. Nolan engrosaba de pronto la lista de realizadores independientes y prometedores que, una vez se metían en proyectos con estrellas y empaque, pierden mucho interés. Sin embargo, nadie le podrá quitar a Nolan haber hecho ‘Batman Begins’ tres años después de aquel error, aunque muchos no confiaban en un reinicio del hombre murciélago después de las películas de Joel Schumacher. Pero ahí quedó esa notable película de aventuras, mucho más notable por la decadencia terrible de la aventura en nuestros días. Nolan se dejó la piel y escribió una hermosa historia al alimón con David S. Goyer, con un reparto formidable (Oldman y Caine de antología), y así de un director de culto pasó a ser un mercenario sin personalidad, y de ahí a un creador de cine de aventuras realmente bueno.

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En el éxito de este Batman, en su apropiación de la peripecia anímica del héroe, se escondían también una dirección de actores algo plana en algunas escenas y una tendencia al gigantismo narrativo que, por una vez, le funcionó, pero que se ha ido agudizando en posteriores proyectos, hasta convertirse en dependencia por lo escenográfico antes que por lo rítmico y espacial. En otras palabras: en otorgar primacía a lo meramente plástico, antes que a la construcción de un tiempo y un espacio propios, signos de todo gran cineasta que se precie. En ‘El prestigio’ (‘The Prestige’, 2006), una película que parece que no empieza nunca, se concede mucha más importancia a lo externamente bonito (un estupendo diseño de producción de Nathan Crowley) y a golpes de efecto realmente ingeniosos, que a la verdad anímica de unos personajes cuya aventura nos resbala. Es un juego trivial, casi lúdico, disfrazado de cine exquisito, sin vida dentro, sin personalidad artística real, sin nada nuevo que contar. Nolan empezaba a creerse lo de ser uno de esos raros cineastas capaces de aunar autoría y comercialidad, algo que muy pocos han logrado, en lugar de preocuparse por mejorar su dirección de actores, por presionar sobre sus limitaciones en la puesta en escena, sobre la captura de verdad y emoción de toda gran película.

Rebosante de confianza en sí mismo, acometió la esperada secuela de su primer Batman, y ‘El caballero oscuro’ (‘The Dark Knight’, 2008) fue un grandioso éxito mundial (hubiera sido menor sin el impacto de la terrible muerte de Heath Ledger). Y aunque sin lugar a dudas es una buena película de aventuras, adolece de facilidades en su alambicado guión, de trucos cogidos con pinzas (la evasión del Joker de la prisión, la huida del robo al banco, la victoria final contra el Joker), de una autocomplacencia que impidió a esa película ser aún más grande, sometido como está ya Nolan, mal que les pese a algunos, por las normas y las necesidades del cine más comercial. La antológica interpretación de Ledger se ve parcialmente malograda cuando su personaje no puede llegar todo lo lejos que era necesario, y la moralina de toda película de aventuras norteamericana hace acto de presencia, aguando gran parte de la oscuridad conceptual de un filme apasionante. Pero poco importa, porque Nolan ya se había convertido en uno de los directores más famosos, y más poderosos, de la industria del cine mundial, que es cuando la tierra desaparece bajo los pies, como así ha sucedido.

De entre mis compañeros que han comentado ‘Origen’ (‘Inception’, 2010), entre los que falta Beatriz y el recién llegado Javier, soy el único al que la última película de Nolan le ha parecido, además de aburrida y sin interés ninguno, la peor de toda su filmografía. El mastodóntico proyecto es en el que Nolan menos se ha preocupado de sus criaturas y más de los efectos especiales y de la escenografía, de lo impactante y superficial, antes que de lo emocionante y verdadero. Cada cual es muy libre, por supuesto, pero esta revolución cinematográfica, este cine de lujo, pagado de sí mismo, epidérmico y con escenas de acción grandilocuentes y muy mal filmadas, si coloca a Nolan entre los grandes del cine moderno, será que en el cine moderno no hay absolutamente nadie, lo cual no es cierto. Al final todo funciona por comparación, queramos o no, o al menos por proximidad. Si afirmamos que Nolan es un grande, necesariamente lo sería por observar a otros directores vivos, de su generación o no, de menor importancia, o igual importancia que él. ¿Ha cambiado Nolan el cine como lo hicieron los Scorsese o Coppola de los años setenta? Rotundamente no. ¿Lo han cambiado, sin embargo, eminentes artistas como Paul Thomas Anderson, Jacques Audiard o Zhang Yimou? Me parece incontestable que sí.

Su sentido de la acción, ¿puede competir con un James Cameron o con un John McTiernan? Me parece bastante cuestionable, por decir poco. Su escritura de guiones, de diálogos o personajes, ¿está a la altura de un Tarantino o un un James Gray? En absoluto. El sentido visual de un Cuarón o un Malick, ¿es tan grande, tan hermoso, emocionante y único en su caso? Ni por asomo. Entonces, creo yo ¿no será que Nolan no es más que un artesano astuto, avezado, rutilante, pertrechado con estupendas herramientas para su oficio, pero un cineasta mercenario y descaradamente comercial, que nos da gato por liebre, y que en su intento de ser un autor, deja relucir sus carencias con mayor nitidez? Ya veremos a donde le lleva su creatividad. De momento prepara la tercera parte de su Batman, cuya preproducción está siendo seguida por millones de aficionados como si fuera la segunda venida de Cristo, o casi. Nada que objetar, pero ojalá se le prestara idéntica atención a importantes películas ya estrenadas.

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